TEMA 1:
INTRODUCCIÓN
Antes de
que empecemos con el tema en cuestión, tenemos que tener en cuenta algo muy
importante, y es que la ciencia, del modo en que la conocemos y concebimos hoy
en día, no surgió de manera repentina, sino que fue todo un proceso que se
desarrolló en un momento en que, a la par, progresaba el ser humano en tanto en
cuanto a ser civilizado.
De este
modo, la ciencia, como tal, tuvo su origen a partir de dos fuentes principales:
la tradición técnica y la tradición espiritual. El primer caso se caracteriza
por la existencia de una serie de habilidades y experiencias que se iban
desarrollando y pasando de una generación a otra, mientras que la tradición
espiritual, estaba marcada por las ideas y designios de los hombres, que
aumentaban y se transmitían. Ambas fuentes ya existían tiempo antes de la
creación de las primeras civilizaciones, notable, por ejemplo, por la
existencia del arte rupestre y arte los artilugios desarrollados ya en la edad
de piedra, así como por las prácticas de enterramiento que se llevaban a cabo.
Así pues, a medida que la historia iba avanzando, las dos tradiciones de las
que hablamos se fueron aunando cada vez más hasta dar paso a lo que en nuestros
días denominamos ciencia.
En la edad
de bronce y en las civilizaciones siguientes, lo técnico y lo espiritual se
situaba en dos puntos muy alejados, estableciéndose una clara diferenciación
entre un grupo artesano y otro formado por los escribas sacerdotales. No fue
hasta la época de la antigua Grecia cuando los dos bandos empezaban a juntarse,
aunque, sin duda, lo hicieron aún más y de manera definitiva entre el final de
la Edad Media y principios de la Edad Moderna. A partir de este momento, la
ciencia combinaba tanto elementos prácticos como teóricos y, con esto, no solo
obtenía resultados de tipo técnico, sino también aquellos que tienen que ver
con el ámbito filosófico.
A lo largo
de este tema ahondaremos un poco más en las civilizaciones que precedieron a
Roma, aquellas que fueron célebres por sus prácticas y que, a pesar de estar
lejos en cuanto a tiempo se refiere, no se alejan en tan gran medida a lo que
concebimos por ciencia en la actualidad.
Babilonia y Egipto: dos civilizaciones
antiguas.
Tal y como hemos
señalado líneas más arriba, mucho antes de que surgieran las primeras
civilizaciones, ya los hombres tenían instrumentos y capacidades técnicas para
llevar a cabo muy diversas tareas. Por ejemplo, los que vivieron en el
Paleolítico utilizaban algunas herramientas para la caza; los del Neolítico
emprendieron una agricultura sedentaria, lo que desencadenó que las tierras
perdieran su fertilidad en la edad de piedra. No obstante, en lugares como el
valle del Indo, del Tigris, del Éufrates o del Nilo, no se dio tal fenómeno en
las tierras, puesto que las periódicas inundaciones que producían los ríos eran
propicias para una buena agricultura. Por eso, las comunidades circundantes a
estas zonas fluviales crecieron, pasando de ser meras aldeas a convertirse en
pueblos e, incluso, en verdaderas ciudades. A su vez, estos núcleos
poblacionales estuvieron bajo el mando de un gobernador sacerdotal que
administraba todas las actividades que se gestaban, con el fin de llevar una
mejor organización del territorio. Así, alrededor del año 3000 a. C. surgieron
las primeras civilizaciones en torno a los ríos que hemos mencionado.
Por el cuarto milenio a.
C., los sumerios innovaron en el campo de la agricultura en tanto en cuanto
establecieron parejas de animales domésticos para trabajar los campos mediante
un mecanismo que se había descubierto hacía poco: el arado. Además, fueron los
que idearon los vehículos con ruedas que eran tirados también por animales,
construyeron barcos y se ayudaron de la rueda de alfarero para la cerámica. Ya
en el 3000 a. C. este pueblo había llegado al punto más alto del ámbito
metalúrgico dentro de la edad de bronce.
Por otra parte, debemos
tener en cuenta que los beneficios que se obtenían a partir de todas estas
técnicas innovadoras eran gestionados por los escribas sacerdotales. Los
productos eran muchos y muy variados, tanto que la memoria no era suficiente
para llevar un control favorable. Por este mismo motivo, empezaron a hacer
marcas sobre una tabla de arcilla, marcas que representaban números y
abreviaturas de los productos que se plasmaban sobre el soporte. Las primeras
tablillas datan del año 3000 a. C. y son las primeras manifestaciones de
escritura numérica y pictográfica de las que tenemos conocimiento. A partir de
aquí, ambos tipos de escritura pasaron a ser un tanto más convencionales, hasta
el punto de desarrollarse una tradición escrita que se ajustaba a diversas
materias, tales como las matemáticas, la astronomía, la medicina, la historia,
la mitología y la religión.
Entrando un poco más en
lo que a la escritura se refiere, vemos cómo se empleaban unos dos mil signos
en las primeros registros sumerios antes del año 2500 a. C., aunque, a partir
de este momento, esta cifra descendió a unos seiscientos signos que, cada vez
más, aparecían de un modo más simplificado, incluso hasta convertirse en una
combinación de signos con forma de cuña. Esto trae consigo la creación de la
escritura cuneiforme, la misma que adoptaron e imitaron todos los pueblos que
se establecieron en Mesopotamia hasta la época en la que surgieron los pueblos
griegos.
Los sumerios, por su
parte, adoptaron un sistema numérico decimal que se representaba con la ayuda
de una caña, pero hacia el año 2500 a. C. se abandonó este sistema y, en lugar
de cañas, se empleó la escritura cuneiforme, tal y como hemos indicado en el
párrafo anterior. Además, antes de aquel mismo año, este pueblo había
establecido unas tablas de multiplicar para calcular cuál era el área de los
campos, e incluso le dieron un valor a π de 3, cifra no muy alejada del valor
actual.
Hacia el año 2000 a. C.,
del pueblo de Sumeria solamente quedaron los vestigios de su escritura y su
lenguaje como vehículos del saber y de los ritos religiosos, algo que se puede
comparar, según Stephen F. Mason (Historia de las Ciencias, 1984, p.
16), con el latín medieval. A partir de aquí, la hegemonía en Mesopotamia
estaba en manos de Babilonia, concretamente en la dinastía de Hammurabi. Se
establecieron escuelas en los templos para la educación de los administradores
sacerdotales y, si ya los sumerios habían ahondado en el terreno de las
matemáticas, los babilonios no se quedaron atrás, y avanzaron mucho más en este
ámbito. Empezaron a representar fracciones, crearon unas tablas de cuadrados y
de raíces cuadradas y cúbicas con el objetivo de dar solución a diversos
problemas de ecuaciones. Así, vemos que las matemáticas babilonias tenían un
carácter algebraico, visible tanto en su geometría, como en su aritmética, por
lo que esto apunta a que tenían conocimientos previos de ello. Tenían
conciencia, por ejemplo, de que todos los triángulos que se encontraban
inscritos en una circunferencia, eran rectángulos, lo que había establecido
Pitágoras. Por su parte, los egipcios no aportaron nada nuevo que hiciese
sombra a Babilonia en relación a las matemáticas, a excepción de algunos
ejemplos, como el hecho de que le otorgasen un valor al número π mucho más
exacto que las otras dos civilizaciones. Sabemos también que, a partir del 3000
a. C., empezaron a utilizar un sistema de números que se basaba en el diez.
Por otro lado, los
babilonios destacaron más que los egipcios en el campo de la astronomía, si
bien se han encontrado inscripciones y pinturas del cielo sobre las tapas de
los sarcófagos que nos muestran que los egipcios dividían las estrellas en
treinta y seis grupos. A partir del 2000 a. C. seguían un calendario regido por
el nacimiento de una estrella denominada Sotkis, para nosotros, Sirio, que se
plasmaba en el firmamento poco antes de la crecida y consecuente inundación del
Nilo. Por su parte, los babilonios, no poseían un año de carácter oficial, sino
que medían el tiempo a partir del mes lunar y añadiendo una serie de meses
cuando les convenía, para que hubiera un equilibrio entre el calendario y sus
fiestas agrícolas. De esta manera, los babilonios, no solamente nos dieron el
mes, sino incluso la semana como unidad de tiempo, y es que hasta el 2000 a. C.
un año en Babilonia constaba de trescientos sesenta días, repartidos en doce
meses de treinta días cada uno. Asimismo, fueron los primeros en dividir el día
y la noche en doce horas cada uno, la hora en minutos y segundos sexagesimales
y en establecer un nombre para cada una de las constelaciones, los mismos que
tenemos en nuestros días.
Sin duda alguna, los
mayores descubrimientos astronómicos estuvieron en manos de la civilización
mesopotámica y se referían a los movimientos de los planetas. Sus observaciones
se fueron precisando gradualmente hasta el año 700 a. C y cada una de ellas se
registraban. Así, fueron capaces de calcular los valores de los fenómenos que
se daban en el cielo, los períodos de las revoluciones de los planetas e
incluso podían predecir acontecimientos astronómicos. Ejemplo de ello son los
eclipses lunares, para los que los mesopotámicos establecieron un ciclo de
dieciocho años entre uno y otro, ciclo denominado sarónico. En el siglo IV a.
C. desarrollaron un método que, más adelante, los griegos, plasmándolo de
manera geométrica, usaron para analizar los movimientos de los cuerpos
celestes, y un método que, en definitiva, tuvo mucha trascendencia hasta los
tiempos modernos.
Al principio, los
babilonios concebían al cielo y la tierra como dos cuerpos planos que se
apoyaban en el agua, aunque más adelante se tenía al cielo como una bóveda que
descansaba sobre el agua que rodeaba a la tierra plana. Sobre la bóveda celeste
habría más agua, y por encima se encontraría el lugar donde habitaban los
dioses. Éstos eran el Sol y los demás cuerpos celestes, los cuales, según la
civilización de la que nos estamos ocupando en este caso, salían de sus
moradas, trazando órbitas finitas sobre la bóveda, que permanecía inmóvil. Así,
los dioses controlaban lo que ocurría en la tierra en tanto en cuanto los
movimientos de los astros determinarían el destino de los hombres.
En el caso de los
egipcios, la estructura del universo no difería demasiado. El mundo lo
presentaban como una caja rectangular en donde la tierra se situaba al fondo,
cóncava, y encima de ella se encontraría el cielo, también cóncavo,
apoyado en los picos de cuatro montañas que se hallaban en las esquinas de la
tierra. El Nilo fluía por el centro de la tierra y derivaba de un río
universal por donde navegaba la barca del dios Sol, en un viaje que llevaba a
cabo cada día por el cielo. Para dar explicación a la inundación del Nilo, los
egipcios señalaban que, como la barca se mantenía siempre muy cercana a la
orilla del río universal, cuando crecía el Nilo, se podía acercar más que en la
época del invierno.
Dentro de los mitos del
origen del mundo, se pensaba que éste había surgido a partir de un caos
acuático. Un dios femenino y otro masculino habrían engendrado cielo, tierra y
todo cuanto éstos contenían. En Mesopotamia era la lucha entre los dioses
jóvenes y los viejos lo que daba lugar al caos causante de la creación del
mundo. Stephen F. Mason (Historia de las Ciencias, 1984, p. 21) señala
que estos mitos son recuerdos epopéyicos de la creación de antiguas
civilizaciones. Por otro lado, los egipcios no concebían el principio del
universo en la fuerza física, y es que sus dioses se caracterizaban por tener
un poder ajeno a cualquier tipo de violencia. De hecho, el gobierno de Egipto y
las fuerzas de la naturaleza se podían controlar más fácilmente que en Mesopotamia,
dado que se podían predecir las crecidas anuales del Nilo, frente al Tigris y
el Éufrates, cuyas inundaciones eran inciertas. Paralelo a esto, las dinastías
egipcias seguían unas leyes establecidas y duraban mucho más que las
mesopotámicas, que seguían un régimen arbitrario. En definitiva, el futuro de
Egipto era seguro y predecible, mientras que Mesopotamia se basaba en el arte
de la adivinación, la astrología y la observación de los hígados de las
víctimas ofrecidas en los sacrificios para prever su destino.
Así pues, hemos visto
que los mesopotámicos eran superiores en el campo de la astronomía, pero los
egipcios no tenían nada que envidiar a Mesopotamia cuando se trataba de
medicina. No se han encontrados escrituras cuneiformes que atañan a este campo
de la ciencia anteriores al siglo VII a. C, pero los papiros egipcios son
anteriores al 2000 a. C. La tradición sostiene que Imhotep fue el fundador de
la medicina en Egipto, llegando a ser considerado el dios de esta arte. Sin
embargo, a pesar de los diferentes niveles de medicina entre las dos civilizaciones,
había algo en común en cuanto al origen que concebían los egipcios y los
mesopotámicos cuando se trataba de las enfermedades. Estaban de acuerdo en una
causa demoníaca de la patología, un espíritu maligno al que el médico debía
expulsar del cuerpo del enfermo a partir de medicamentos purgantes. Así, los
papiros egipcios más primitivos se dedican a hacer una lista de recetas sin
aludir en profundidad a las enfermedades. Los textos posteriores tenían un
carácter más inclinado a lo mágico, en donde se explicaba cómo se buscaba la
causa de la dolencia del paciente y la manera en la que se expulsaba al demonio
del cuerpo hasta encerrarlo en una estatuilla de miga de pan, animal, ungüento
o amuleto que se quemaría después.
De lo que no hay
manifestación escrita es de fisiología o anatomía, a excepción del papiro
quirúrgico Edwin Smith, del 1700 a. C. aproximadamente, en el que se describen
algunas heridas desde la cabeza hasta los pies. Del mismo modo, no hallamos
textos químicos hasta una época relativamente tardía, esto es los siglos III y
IV d. C., cuando la alquimia aparece en la ciudad de Alejandría. No obstante,
ya en el VII a. C., los mesopotámicos llevaban a cabo pequeños experimentos
como el que consta en una tablilla cuneiforme del mismo siglo: la fabricación
de un vidriado de plomo coloreado con cobre.
Por tanto, podemos
llegar a la conclusión de que los escribas sacerdotales, tanto de Mesopotamia
como los de Egipto, solamente plasmaban por escrito las disciplinas que ellos
mismos ejecutaban según sus obligaciones, bien las matemáticas para la
contabilidad y la medición de los campos; la astronomía para las predicciones
astrológicas y para confeccionar sus calendarios; o la medicina para la cura de
las enfermedades y la expulsión de los demonios. Pocos registros encontramos de
química, metalurgia, teñido, entre otros ámbitos, pertenecientes a la tradición
artesanal, transmitida oralmente. Por lo tanto, es evidente la separación que
había en esa época entre las dos tradiciones.
No debemos cerrar este bloque sin antes hablar de las innovaciones que
datan de la alta edad del bronce, alrededor del 1600 a. C., como el descubrimiento
de la fundición del hierro o la evolución de la escritura alfabética procedente
de los pueblos que entraron en contacto con las grandes civilizaciones. En
concreto, tenemos que referirnos a Fenicia como pueblo que desarrolló dos
alfabetos, uno derivado de la escritura cuneiforme y otro a partir de la
escritura jeroglífica de Egipto. De esta manera, con el alfabeto se podía leer,
con el hierro, mucho más abundante que el bronce, se podían construir armas
para poder conquistar territorios y defenderse. Gracias a esto, nuevas culturas
lograron hacerse con el territorio de las antiguas civilizaciones, como el caso
de las tribus griegas, de las que hablaremos en el siguiente punto.
Los griegos: la filosofía y los
presocráticos.
El hierro y
la introducción del alfabeto favorecieron a aquellos lugares que emprendieron
un comercio marítimo, o bien a los pueblos que salían a flote tras su
devastación. Del primer grupo destacamos a los fenicios y a los etruscos, que
provenían de Asia Menor y Oriente Medio y se establecieron en el norte de
África y en Italia respectivamente. No obstante, seguían poniendo en práctica
costumbres que se remontaban a la edad de bronce, como la observación de los
hígados. Otros pueblos fueron los hebreos y los propios romanos, de los que
hablaremos más adelante. Sin embargo, no eran pueblos marinos, sino que
explotaban en mayor medida la agricultura, y no contribuyeron de manera
destacada a la ciencia.
Por otro
lado, fueron los griegos los que, cual ave fénix, resurgieron de sus cenizas a
la edad de hierro, y fue el único que llevó a cabo unas relaciones comerciales
marítimas desde un primer momento. Esta civilización difería mucho de las
anteriores, y es que tuvieron la oportunidad de entablar relaciones con otras
tradiciones y culturas que les permitían tomar y desechar lo que les convenía
de cada una. Había no sólo un intercambio de productos a través del mercado
marítimo, sino, más allá, un intercambio de ideas.
El primero
de los filósofos naturales de los que vamos a hablar era, precisamente, un
comerciante, Tales de Mileto. Pudo viajar y conocer Egipto y sus conocimientos
de geometría, así como Mesopotamia, donde adquirió conocimientos de astronomía.
También entró en contacto con las teorías del origen del universo que habían
surgido en estas dos civilizaciones. Para él, la tierra era una especie de
cilindro o disco que flotaba sobre unas agujas y bajo otras agujas de donde
procedía la lluvia.
Podremos
observar, a medida que vayamos presentando diferentes filósofos de este
momento, la mayoría jonios como Tales, que no eran propensos a identificar a
los dioses con las fuerzas de la naturaleza. Lo mismo hacían, de manera
paralela, un pensador hebreo, Amós; uno persa, Zoroastro; y uno de la India,
Buda. Para ellos, el papel de los dioses quedaba relegado a ocuparse
simplemente del bienestar de los hombres. De este modo, según el mundo que
concebían los griegos se volvía más impersonal y material, los dioses, por su
parte, adquirían un carácter más abstracto y espiritual, tal y como señala
Stephen F. Mason (loc. cit. p. 29).
En esta
misma línea, recordemos que la cosmología egipcia y babilónica había
establecido el agua, el aire y la tierra como los tres elementos a partir de
los que se conformó el mundo. No obstante, un segundo filósofo de Mileto,
Anaximandro, sumó el fuego a esos tres. Defendía que, tras haber sido creados
por la sustancia primigenia, los cuatro elementos se separaron en diferentes
estratos. El fuego evaporaba el agua y, con ello, producía tierra seca,
elevándose los vapores del agua hacia unos tubos de humedad que encerraban al
fuego. De este modo, los tubos se correspondían con los cuerpos celestes,
siendo el diámetro del sol más grande que los del resto. La tierra con respecto
al cielo era concéntrica como ocurre con la corteza de los árboles. Por ello,
Anaximandro pensaba que la vida se había originado a partir del agua elemental
y que los llamados animales superiores se desarrollaron a partir de los
inferiores.
Por otra
parte, tenemos a Anaxímenes, otro milesio. Éste defendía que el elemento
primordial era el aire, del cual surgían los tres restantes.
Esta
manera que tienen los filósofos jonios de explicar la estructura y
funcionamiento del mundo no tienen nada que ver con lo que hemos visto antes.
Esto sucede porque, a diferencia de los babilonios y egipcios, los griegos
concebían el principio del mundo a partir de técnicas artesanales. Anaximandro
comparaba el surgimiento del mundo con un proceso culinario en el que el fuego
adquiere el protagonismo. Esto demuestra nuevamente lo cercanos que estaban los
griegos a la tradición artesanal, puesto que el fuego era empleado en la
metalurgia, la cocina, la alfarería, entre otras artes.
De todos
modos, no todo eran divergencias entre los mesopotámicos y los griegos, y es
que utilizaban una analogía en común, la del pecado y la penitencia. De esta
forma, los elementos y los beneficios obtenidos a partir de su tratamiento
guardaban una relación de pecado y penitencia. Es lo que sucede, por ejemplo,
con el invierno y el frío, convertido en calor en verano, a modo de penitencia.
En definitiva, el autor defiende que todas las cosas son efímeras, dado que una
vez que “un objeto se genera, comete una injusticia contra las cosas que ya
existían, lo cual requiere una reparación” (Stephen F. Mason, Historia de la
ciencia, 1982, p. 30).
El
siguiente filósofo del que hablaremos será Heráclito de Éfeso, quien afirmaba
que la idea de retribución, es decir, un proceso de cambio, era la que
controlaba el movimiento de los cuerpos celestes, la transformación de los
elementos cuando se mezclaban y, en general, la naturaleza. Además sostenía que
el fuego era el elemento que daba origen a todas las cosas y que era la esencia
común de todo.
Por su
parte, Pitágoras, otro filósofo del siglo VI a. C. es muy importante por el
hecho de que fundó una hermandad que se dedicaba a la especulación matemática y
a la contemplación religiosa. Sus descubrimientos en el terreno de las
matemáticas hicieron a esta hermandad muy importante, y se guardaban en
secreto. En lo que concierne al círculo pitagórico, hemos de decir que ya en el
siglo V a. C. se dividió en dos ramas: una científica y otra religiosa. Para
los que conformaban esta secta, los números tenían un tamaño cuantitativo y una
figura geométrica, si bien hay que tener en cuenta que los seguidores de
Pitágoras concebían a los números como
formas e imágenes de los objetos naturales.
En
relación a la astronomía, los pitagóricos llevaron a cabo una división
tripartita del universo: el Uranos o la tierra junto a su esfera sublunar, el
Cosmos, es decir, los cielos móviles que limitados por la esfera de las
estrellas fijas, y el Olimpo, la morada de los dioses. Sostenían que la tierra,
los cuerpos celestes y el universo eran esféricos, dado que era el sólido
geométrico perfecto, y que llevaban a cabo un movimiento circular uniforme,
pues el círculo, en geometría, era la figura perfecta. Así, cuanto más noble
fuera la condición de los elementos que conformaban el universo, más lentos
eran sus movimientos. Estos principios estuvieron presentes en el ámbito
astronómico hasta la época moderna.
Más
concretamente, Filolao de Tarento, representante de la hermandad pitagórica,
sugirió que la tierra se movía una sola vez durante el día de oeste a este por
una órbita alrededor de un fuego que se encontraba en el centro del universo.
Esto explicaba la rotación diurna aparente de los cielos en torno a la tierra,
e indicaba además que todos los cuerpos móviles del universo circulaban en
derredor de este fuego central en la misma dirección: de oeste a este. Por otro
lado, las distancias de los cuerpos celestes en relación al fuego eran la misma
relación numérica correspondiente con los intervalos de una escala musical, es
decir, una relación que situaba a las estrellas a una distancia finita de la
tierra. En este mismo punto, los pitagóricos Hicetas y Ecfanto, ambos
siracusanos, supusieron que la tierra se hallaba en el centro del universo y
que llevaba a cabo un movimiento de rotación diario en torno a su eje. Esta
tesis concuerda, pues, con la ausencia del paraje estelar.
En lo que
respecta a los pitagóricos en relación con otros ámbitos de la ciencia, hemos
de destacar, dentro del campo de la biología y de la anatomía, a las escuelas
de la Italia meridional. Alcmeón de Crotona fue el que descubrió, gracias a la
disección, os nervios ópticos y las trompas de Eustaquio.
Un
filósofo influido sobremanera por la secta pitagórica fue Empédocles de
Agrigento, quien sostenía que el amor y el odio eran las fuerzas que combinaban
los cuatro elementos y los separaban de sus compuestos, siendo ambas fuerzas
inherentes a la naturaleza misma del agua, la tierra el aire y el fuego.
Asimismo, acerca de la evolución orgánica, Empédocles estableció que en un
principio había diversas unidades de animales y hombres: ojos, piernas, brazos,
cabezas, etc., que andaban errantes cada uno por su lado. A causa de la
atracción del amor, las partes se combinaron de manera aleatoria, por lo que se
produjo toda clase de criaturas monstruosas, quedándose únicamente aquellas que
poseían los atributos necesarios para su supervivencia.
También
debemos hacer referencia a los atomistas, cuyos primeros representantes fueron
Leucipo de Mileto y Demócrito de Abdera, ambos del siglo V a. C. Afirmaban que
el universo estaba compuesto por átomos físicamente indivisibles. Estos átomos,
eran eternos, existían desde siempre, no habían sido creados ni se podían
destruir, aunque podían ser diferentes en tamaño, peso y forma. Debido a sus
movimientos, habían establecido un remolino que arrastraba a los más grandes
hacia el centro, en donde formaron la tierra. Tenemos que tener en cuenta
además que, al haber un número infinito de átomos y de espacios en los que
estos se movían, habría varios mundos, algunos de los cuales se creaban
mientras otros se corrompían. Por su parte, Demócrito, al igual que la mayor
parte de los filósofos jonios, consideraba que la tierra no era de forma
esférica, sino cilíndrica, a diferencia de los pitagóricos.
A la hora
de establecer una cosmología, los atomistas no recurrían a las analogías de los
propósitos humanos, es decir, las fuerzas del amor y del odio, ni siquiera al
principio de la penitencia para explicar cómo funcionaba el mundo. Más bien,
seguían un método mecanicista, en el que todas las cosas estaban
predeterminadas.
Finalmente,
en lo que a la Grecia presocrática se refiere, hemos de hacer mención a la
medicina. Había tres escuelas principales: la que, probablemente, era la más
antigua, era la medicina que estaba presente en los templos dedicados a
Esculapio, el dios de este campo científico. Seguidamente, la escuela de
filosofía pitagórica del sur de Italia, y, finalmente, la más práctica, la
escuela jonia de Hipócrates. En referencia a este último, hemos de saber que
los textos hipocráticos son las primeras obras de temática médica que
conservamos de los antiguos griegos, fechadas en el siglo IV a. C. Este y su
escuela instituyeron la doctrina según la cual el cuerpo humano contiene cuatro
humores: el melancólico, el sanguíneo, el colérico y el flemático, que debían
mantener entre sí una proporción para evitar las enfermedades.
Atenas: cuna de la filosofía natural
Atenas no
floreció tan rápido como Jonia y la Italia meridional, pero su cultura mucho
más estable y duradera. Cuando Persia sometió a las ciudades jonias, Atenas se
vio muy favorecida, pues en sus manos cayó el comercio con las colonias griegas
de la costa del Mar Negro. Sin duda, el momento en que las artes florecieron en
esta ciudad fue en la época de Solón. Fue una etapa de grandiosos inventores de
la talla de Anarcasis el Escita, de quien surgió el fuelle y las mejoras tanto
del ancla como de la rueda de alfarero; o de Teodoro de Samos, a quien se le
atribuye la invención del nivel, el cartabón, el torno, la regla y la llave.
No
obstante, Atenas vio su momento de máximo esplendor tras la derrota de los
persas. En este punto entra en juego la figura de Pericles, quien trajo a la
ciudad a Anaxágoras, discípulo de Anaxímenes, con el objetivo de enriquecer
culturalmente la polis. En el terreno astronómico, fue el primero en afirmar
que la luna brillaba a causa de que reflejaba la luz y que los eclipses no eran
más que la proyección de la sombra lunar sobre la tierra o viceversa. Esto
quiere decir que el filósofo milesio negaba el origen divino de los cuerpos
celestes, por lo que fue perseguido, aunque se salvó gracias a la intervención
de Pericles.
La figura
de Metón también es muy importante para la astronomía, y es que fue el quien,
anciano ya, se paró a contemplar el cielo ateniense, descubriendo un ciclo
denominado metónico, compuesto por diecinueve años, todo un período que
contenía un número entero de mese lunares, por lo que podía utilizarse para
regular convenientemente el calendario. En la época de Metón, el desarrollo de
la sociedad ateniense era tal que se había forzado la separación de las
tradiciones artesanal y filosófica. Jenofonte, en su Apología de Sócrates,
nos señala que este no le daba importancia a la astronomía. Sin embargo, su
tarea primordial era la de ordenar al hombre y la sociedad humana, labor ajena
a todo tipo de comprensión o control sobre la naturaleza. Así pues, rechazaba
la filosofía natural, optando por problemas de carácter ético y político.
Más
adelante, su discípulo Platón continuó la labor socrática. No obstante, este se
percató de que una filosofía que tuviera la pretensión de ser general debía
incorporar una teoría acerca de la naturaleza del universo, subordinada a la
ética, la política y la teología, a fin de posibilitar la veracidad de la
misma. Platón abandonó todo tipo de ateísmo y sostenía que las leyes de la
naturaleza estaban subordinadas a la autoridad de los dioses. De este modo, tal
y como sugerían sus precedentes babilonios, egipcios y griegos, el filósofo que
nos ocupa defendía que, en su origen, el universo era un caos. A partir de
aquí, sin actuación alguna de proceso mecánico alguno, como indicaban los
jonios, la ordenación del caos estuvo en manos de un ser sobrenatural.
En
definitiva, la concepción platónica del universo estaba basada en las
matemáticas. Al principio habría dos tipos de triángulos rectángulos: medio
cuadrado y medio triángulo equilátero. De estos, derivaban cuatro de los
sólidos regulares que componían las partículas de los cuatro elementos. En
última instancia, el quinto sólido regular, formado por pentágonos regulares,
es decir, el dodecaedro, formaba la quintaesencia, el quinto elemento del que estaban
compuestos los cielos. El universo en su conjunto era una esfera, pues es una
figura perfecta y simétrica, igual en toda su superficie. El universo poseía un
alma dispersa, por lo tanto, estaba vivo y por ende se movía siguiendo una
rotación circular perfecto. Además, los cuatro elementos estaban presentes en
todo el universo, todos ellos en una misma proporción.
Por otro
lado, Platón insiste en que el hombre, de entre todos los animales, surgió el
primero, y en ellos, la cabeza fue lo que apareció en primer lugar, pues en
ella se encontraba el alma, además de tener una forma aparentemente esférica.
Los deseos animales del hombre los contenían el resto de órganos, que evitaban
que la cabeza girase en torno a sí misma.
En
resumen, el pensamiento platónico causó un gran influjo en la filosofía
posterior, aunque discípulos suyos como Eudoxo de Cnido, más bien se desvió de
las teorías de su maestro en lugar de desarrollarlas. Este se dedicó a explicar
geométricamente los movimientos de los
cuerpos celestes. A cada movimiento periódico simple le asignó un círculo o una
esfera que tenía su centro en la tierra y sus ejes de rotación en sus homólogas
superiores, de modo que la combinación de varias esferas determinaría el movimiento
complejo periódico. Así, cada una se movía de un modo concreto. Por lo tanto,
Eudoxo estableció veintisiete los movimientos de los cuerpos celestes a partir
de veintisiete esferas: una para las estrellas fijas, tres para el sol y otras
tantas para la luna, y cuatro para cada uno de los cinco planetas que se
conocían en ese momento.
También es
destacable la labor de un discípulo de Eudoxo, Calipo, que sumó a las
veintisiete esferas de su maestro una más para cada grupo, obteniendo un total
de treinta y cuatro. No obstante, el astrónomo Sosígenes afirmaba que las
esferas de los partidarios del alumno de Platón no explicaban, ni los fenómenos
que se habían descubierto tras ellos, ni los que se conocían antes. Y es que
las dificultades que presentaba la teoría de Eudoxo giraban en torno a la
velocidad uniforme de unos círculos alrededor de la tierra, el centro. Más
adelante, y con el objetivo de superar dichas dificultades, Heráclides del
Ponto adoptó la postura de Hicetas y Ecfanto, además de que suponía que el
universo era infinito. Sin embargo, no halló tantos partidarios como lo había
hecho Platón y más tarde Aristóteles.
A partir
de aquí hablaremos de este último. En lo que a astronomía se refiere,
Aristóteles fue partidario de que las esferas que transportaban los cuerpos
celestes alrededor de sus trayectorias eran cuerpos físicos reales, lejanas a
cualquier tipo de construcciones geométricas, tal y como había supuesto Eudoxo.
Sostenía además que la esfera externa de las estrellas fijas era movida por el primum
mobile o motor inmóvil de la periferia del universo que regía todas las
esferas que existían en su conjunto. Los motores, por otra parte, poseían un
carácter espiritual, por lo que la relación entre una esfera y su motor es
totalmente comparable a la del alma y el cuerpo.
Así pues,
siguiendo los pasos de su maestro Platón, Aristóteles ordenaba los cuerpos
celestes, desde la tierra hacia afuera, según sus períodos aparentes de
revolución: la Luna, el Sol, Venus, Mercurio, Marte, Júpiter y Saturno.
Por otra
parte, Aristóteles defendía una diferencia entre el material celeste y el
terrestre. En este sentido, todo lo que se encontraba en el mundo sublunar, por
debajo de la esfera de la luna, estaba formado a partir de los cuatro
elementos, mientras que los cielos, el mundo supralunar, estaba hecho de un
elemento mucho más puro: la quintaesencia. De esta manera, los cuerpos
celestes, así como sus movimientos circulares y uniformes, eran inmutables y
eternos. En cambio, la tierra era el lugar de la corrupción y donde se daba
lugar la generación, por lo que su movimiento era rectilíneo, con un principio
y un fin. Asimismo sostenía que todos los cuerpos celestes eran más nobles que
cualquier cosa terrestre, teniendo en cuenta que, cuanto más lejos estuvieran
de nuestro planeta, más perfectos eran. Así, la Luna era el menos noble,
mientras que las estrellas fijas y el primer motor inmóvil eran los que más
perfección poseían.
Por otro
lado, Aristóteles no sólo destacó en el terreno astronómico, sino también en la
física. Sugería que un cuerpo podía mantenerse en movimiento en tanto en cuanto
estuviese en contacto directo con un motor, interno o externo, que actuara de
manera constante, de modo que, si el motor se paraba, también lo hacía el
objeto. Además, afirmaba que no podía existir un vacío, pues el espacio debería
estar lleno de materia para poder transmitir efectos físicos para que se
cumpliera lo que acabamos de explicar.
En
comparación a su maestro Platón, el filósofo que nos ocupa tenía una visión
mucho más rica en lo que a causalidad se refiere, ya que aceptaba algunas
teorías que ya habían sido expuestas con anterioridad. Señalaba, pues, que
había cuatro tipos de causas: la causa material de las cosas, es decir, la
materia prima; las causas formales, los patrones, los planos o las formas
impresas en la materia prima; las eficientes, estas son las que otorgaban el
mecanismo por el cual se llevaban a cabo los planes; y, finalmente, las
finales, es decir, los fines para los que se habían planeado las cosas.
En el
terreno biológico, clasificó unas quinientas cuarenta especies y estudió sus
estructuras atómicas, las mismas que, para el filósofo, eran la expresión de
sus planes, de sus causas formales. Defendía que diversas especies animales
formaban una escala continua de criaturas cuya perfección iba in crescendo,
desde las plantas hasta el mismo hombre. Así, encontramos once grados de perfección,
que podía reconocerse a partir de su forma estructural: las plantas, al
limitarse únicamente a crecer y a reproducirse, tienen une menor y más simple
diversidad de estructuras en comparación a los animales, que además de crecer y
reproducirse, también se mueven y experimentas diferentes sensaciones. Sugería
que las funciones del organismo, además de sus hábitos, estaban regidos por la
calidad de su alma o de sus almas. En este sentido, las plantas solamente
poseen un alma vegetativa que se encargan de las dos acciones que mencionamos
líneas más arriba. Por su parte, los animales, aparte de esta alma, también presentan
la sensitiva. El hombre, es poseedor de alma vegetativa, sensitiva y racional,
aunque Aristóteles, al contrario que los filósofos anteriores, que la situaban
en la cabeza, la ubicaba en el corazón.
Mucho más
allá, sostenía que el macho y la hembra contribuían a la producción de su
descendencia de manera desigual. Ella suministraba la materia, la causa
material; él el plan o la causa formal. En resumen, el macho era el pintor,
mientras que la hembra era la pintura.
Sabemos
que Platón había fundado la Academia, pero, además, su alumno dio lugar, en
oposición a aquel, al Liceo. El sucesor de este, fue su discípulo Teofrasto, el
cual continuó la labor biológica de Aristóteles, si bien describió y clasificó
numerosas especies de plantas. Además defendía que las causas eficientes era lo
único que debía interesar a la ciencia. Por eso mismo, los científicos debían
explicar los fenómenos naturales a partir de lo que se observaba en las artes
mecánicas. Otro sucesor de Aristóteles, Estratón de Lapsaco, tenía la opinión
de que los cuerpos estaban compuestos de partículas que presentaban vacíos
entre ellas, y es que, de no existir estos vacíos, era imposible que la luz
pasara a través del agua o del aire, o que el calor se transmitiera de un
cuerpo a otro. Tal fue la importancia de este último filósofo, que se le
atribuye el libro IV de la Meteorología de Aristóteles, en la que se
encuentra la teoría según la cual todos los minerales surgen a partir de dos
exhalaciones que emanaban del interior de la tierra, una de ellas caliente y la
otra más fría y húmeda.
En Atenas,
después de Estratón, no tuvieron lugar muchos avances importantes en el ámbito
científico. Los centros principales se encontrarían en otros lugares como
Alejandría.
Alejandría: un nuevo período de la
ciencia griega
Con las
conquistas de Alejandro Magno, la labor científica griega se alejó de Atenas,
estableciéndose en Alejandría. Aparecen las figuras de los estoicos y de los
epicúreos. Durante sus campañas, el hijo de Filipo llevaba consigo a geógrafos
y agrimensores, con el fin de elaborar planos de los nuevos lugares que
conquistaban, señalar sus recursos y observar su geografía e historia. Fue en
este momento cuando Teofrasto llevó a cabo su labor botánica, mientras que otro
discípulo de Aristóteles, Dicearco, confeccionó un mapa de todo el mundo
conocido. De este modo, con Alejandro Magno, la ciencia griega pasa de ser
especulativa para convertirse en empírica.
Desde el
momento en que Mesopotamia pasó a formar parte del territorio griego, se pudo
entrar en contacto con las matemáticas y la astronomía babilónicas, adoptando
entonces el sistema numérico sexagesimal. Asimismo, entró en Grecia una nueva
oleada de astrología, que halló su expresión en la filosofía estoica con el
hado impuesto a los hombres por parte de las estrellas. Por esta misma causa,
esta filosofía estaba más próxima a los romanos, ya que estos estaban
familiarizados con la adivinación a través de los hígados, así como con la
astrología babilonia, todo ello gracias a los etruscos, que procedían de Asia
Menor.
En el
ámbito astronómico, los griegos, gracias a la persona de Diógenes de Babilona,
adoptaron el orden babilonio de los planetas a partir de la tierra: tras la
Luna, Venus, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno y las estrellas fijas. Además,
Hiparco utilizó observaciones de este pueblo para medir la precesión de los
equinoccios.
Con la
muerte de Alejandro tuvo lugar el desmembramiento de su imperio, del cual
Egipto cayó en manos de su general Ptolomeo, discípulo de Aristóteles. Fue él
mismo quien fundó el Museo de Alejandría como centro sucesor del Liceo
aristotélico. Fue un lugar de investigación y de enseñanza aún mayor. Dotado de
una biblioteca de casi medio millón de rollos, perduró durante seiscientos
años, siendo los dos primeros siglos, los más relevantes para la ciencia, pues,
a medida que los ptolomeos fueron bebiendo de la cultura egipcia, favorecieron
menos a los estudios científicos. Tanto fue así, que se llegó a erradicar todo
lo que era pertinente al mundo griego en la época de Ptolomeo IV.
Aparte de
Alejandría, debemos destacar otro centro importante: Pérgamo, de donde era
oriundo Galeno. De este lugar procede el pergamino, producto del tratamiento de
la piel de unos determinados animales con el fin de poder escribir libros. Esto
surge debido a que Ptolomeo había prohibido la exportación de papiro. Otro
lugar importante para la ciencia era Siracusa, de donde provenía Arquímedes.
En Alejandría,
concretamente, se demuestra la conversión empírica de la ciencia griega.
Ejemplo de ello es el surgimiento de una escuela de ingenieros. Anteriormente
en Grecia, ya había habido grandes avances en este campo. Sabemos que en la
época de Pitágoras, Eupalino de Mégara había construido un acueducto
subterráneo. No obstante, la escuela de Alejandría, fundada por Ctesibio, cuya
obra conocemos gracias a Filón de Bizancio, dio lugar a la invención de la
bomba impelente, la construcción de un órgano de agua y de una clepsidra que se
accionaba de modo mecánico. Las obras de Filón y de Herón, giraban en torno a
la ingeniería militar, los instrumentos científicos y los juguetes mecánicos.
Por ejemplo, encontramos una clepsidra para marcar el tiempo, un precursor del
teodolito que se utilizaba en agrimensura y el hodómetro, que servía para medir
distancias.
Por otra
parte, un griego que destacó por la ingeniería y por la ciencia fue Arquímedes.
En el campo astronómico, elaboró un planetario que reproducía el movimiento
aparente de los cuerpos celestes e incluso mostraba los eclipses. Además
desarrollo otro instrumento: la ballestilla, y construyó un aparato para medir
el ángulo subtendido por el sol en la tierra. Otro indicio de la naturaleza
práctica de sus investigaciones es su descubrimiento en relación con el
principio de flotación y las densidades relativas. Demostró que el peso de un
cuerpo no era proporcional a su volumen, dando a entender que unos son más
densos que otros, al contrario de lo que se había creído anteriormente. En el
terreno de la geometría, destacó también por desarrollar un método para deducir
π, la razón entre la circunferencia de un círculo y su diámetro. No obstante,
Euclides de Atenas es el matemático más ilustre y conocido de la antigüedad,
que llegó a sistematizar la geometría en Alejandría.
Eratóstenes
de Cirene, por su parte, llegó a ser bibliotecario del Museo, y desarrolló el
estudio de geografía, astronomía y matemáticas. En relación con la segunda
materia, reunió todos los trabajos de todos aquellos que habían establecido que
la tierra era un globo con dos polos y un ecuador. A partir de esto, elaboró un
mapa de la tierra conocida, situando en él las líneas de latitud y longitud,
además de separar cinco zonas, dos de ellas frías, dos templadas y otra cálida.
En la
misma línea, debemos situar a Hiparco de Nicea, el mismo que explicó los
movimientos aparentes del sol a partir de una órbita excéntrica circular fija,
mientras que la de la luna era móvil. Se dedicó a examinar todas las investigaciones
astronómicas de sus antecesores y los confrontó. Gracias a esto, se percató de
que el año trópico, es decir, el tiempo que emplea el sol para volver al mismo
punto del equinoccio, era más corto que el año sideral, el que emplea para
retomar la posición entre las estrellas fijas. Asimismo, fijó las posiciones de
un millar de estrellas y las clasificó en seis grupos según su brillo.
En el
siglo III a. C. se dio una explosión de actividad en biología y en medicina,
bajo el gobierno de los ptolomeos, y no volverá a surgir otra oleada de este
tipo hasta el siglo II d. C. con los romanos. Herófilo fue el primero que
distinguió entre venas y arterias, percatándose además de que las primeras
latían, las segundas no. Más allá, Erisístrato de Quíos fue capaz de trazar el
curso de los vasos sanguíneos con sus correspondientes subdivisiones de todo el
cuerpo humano, al igual que hizo con el sistema nervioso, para el cual
estableció el centro en el cerebro.
En Alejandría la escuela de medicina decayó en
el siglo II a. C., por lo que Asia Menor. Personalidades como Crátevas,
recolectó hierbas útiles para sanaciones y fue la primera persona que, además,
las dibujó y clasificó. Apolonio de Citio realizó esquemas de operaciones
quirúrgicas y de métodos de vendaje. Sin embargo, de todos los médicos de la
antigüedad, Galeno fue el más ilustre. En su ciudad, Pérgamo, se había creado
un importante centro de estudio, tal y como mencionábamos unas líneas más
arriba, y allí estudió medicina él. Más adelante, se establece en Roma, donde
llegó a ser médico personal de emperadores.
BIBLIOGRAFÍA
Lindberg, D. (2002). Los inicios de la ciencia
occidental, Barcelona: Paidós.
Mason, S. (1984). Historia de las ciencias.
1. La ciencia antigua, la ciencia en Oriente y en la Europa medieval,
Madrid: Alianza.
Serres, M. (1991). Historia de las ciencias,
Madrid: Cátedra.
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