TEMA 3
Introducción
El
concepto de Edad Media surgió, en un primer momento, entre los humanistas
italianos durante los siglos XIV y XV, debido a que había un período oscuro
entre lo que se correspondía con la antigüedad y su época propia. No obstante,
según David Lindberg (Los inicios de la ciencia occidental, p. 235), muchos
historiadores han desechado la denominación de edad oscura, tomando en su lugar
la idea de Edad Media como un período de la historia de Occidente en el que se
contribuyó muchísimo en lo que respecta a la cultura occidental.
Por otra
parte, a la hora de establecer una cronología firme para referirnos a la etapa
medieval, resulta bastante borroso, pues los acontecimientos van y vienen,
surgen y desaparecen en diferentes lugares y en diversos momentos. La idea
generalizada es que transcurre desde el fin del Imperio Romano de Occidente, es
decir, en el 476 d. C. hasta 1450, época en la que revive el arte y la
literatura clásica, esto es lo conocemos como Renacimiento.
Asimismo,
dentro del ámbito medieval, es necesario que hagamos una división temporal, de
modo que los primeros quinientos años (del 476 al 1000) se corresponderían con
el período inicial; una etapa de transición del año 1000 al 1200, y de este
último al 1450, el bajo medievo o tardío. Cabe destacar que es frecuente
encontrar una doble división: alta y baja Edad Media.
Las reformas de Carlomagno
Para
adentrarnos en este punto, es necesario que tengamos en cuenta que, tras los
acontecimientos que tuvieron lugar con la caída del Imperio Romano de
Occidente, aparecieron nuevas estructuras sociales y religiosas que fueron muy
importantes y en gran manera características de la Edad Media. Se trata, por
ejemplo, del monacato. Además, Europa se vio sumida en un proceso de
desurbanización, si bien las escuelas propiamente clásicas se fueron
menoscabando y todas las labores de alfarería y lo relacionado con las ramas
del saber pasaron a los monasterios. Gracias a estos, pudo conservarse y
preservarse una pequeñísima parte de la tradición clásica que estaba al
servició de la teología y de la religión en general.
No
obstante, a pesar del decaimiento de las escuelas clásicas, hubo excepciones,
por ejemplo, en Italia, y es que las escuelas de palacio y episcopales en ningún
momento desaparecieron por completo, teniendo en cuenta que incluso las clases
nobles siempre iban en busca de profesores particulares. Lo que si es cierto,
en definitiva, es que los monasterios pasaron a tener el dominio educativo por
encima de cualquier otra entidad.
En cuanto
a la labor investigadora, Lindberg (p. 236) al contrario que muchos estudiosos,
opina que cayó en decadencia y en calidad, pero esto no significa que haya
desaparecido, sino que cambió tanto de forma como de enfoque. Este nuevo punto
de vista se basó en la religión y en todo lo que giraba en torno a la Iglesia,
de ahí que de la Edad Media procedan muy buenas interpretaciones bíblicas,
además de trabajos relacionados con la historia, el gobierno y el desarrollo de
la doctrina eclesiástica.
En lo que
autores destacables se refiere, tenemos, en primer lugar a Boecio, de los
siglos V-VI, que realizó traducciones a determinadas obras de lógica de
Aristóteles, compuso tratados sobre las artes liberales y otros de dimensiones
más bien breves que tenían que ver con las controversias religiosas de su
tiempo. Por otro lado tenemos a Isidoro de Sevilla (ss. VI-VII). De él son las Etimologías
y De la naturaleza de las cosas, así como otras obras de carácter
enciclopédico que abordan temas de filosofía natural. Además, escribió
composiciones dirigidas a la instrucción del clero en terrenos como la
historia, la teología, la interpretación bíblica y la liturgia. Por su parte,
gracias a Gregorio de Tours, contemporáneo de Isidoro de Sevilla, y a su Historia
de los francos tenemos datos acerca de la expansión del cristianismo en lo
que se correspondía con el territorio franco. Del papa Gregorio el Grande son
los libros dedicados a los sermones, disertaciones, diálogos y comentarios
bíblicos. Finalmente, como ejemplo de autores que se dedicaron a esta nueva
labor investigadora, tenemos a Beda, del siglo VIII, que se encargó de la
cronometría y del calendario, además de dejar tras de sí un legado de comentarios
bíblicos, sermones y vidas de santos, denominadas hagiografías.
Sin duda,
con la corte de Carlomagno, a finales del siglo VIII, sobrevino una gran
actividad investigadora. Concretamente, en el año 786, este rey heredó los
territorios que se corresponden con partes de la actual Alemania y una gran
área de Francia, Bélgica y Holanda. De este modo, al morir en el 814, dejó
consigo un gran imperio, conocido como carolingio, al que debemos incluir a
Suiza, parte de Austria y la mitad de Italia, es decir, algo comparable a la
situación del Imperio romano. A continuación observaremos una imagen de lo que
se correspondería con el Imperio carolingio en el año 814:
Durante su
reinado, con el objetivo de afianzar su poder, Carlomagno reformó la educación
trayendo a palacio a sabios extranjeros de la talla de Alcuino de York y
fundando escuelas en los monasterios y en los obispados de todo el territorio
que estaba bajo su mando.
De Alcuino
sabemos que era un beneficiario de la ciencia proveniente de Irlanda y que se
encargó de la educación de la familia real y formó a personas del reino como
funcionarios religiosos y políticos, todos ellos con un gran nivel de cultura.
Las materias en las que eran instruidos eran las que se encontraban dentro de
las artes liberales, así como la astronomía. Los discípulos de Alcuino llegaron
a ser obispos y abades de monasterios, por lo que nivel cultural del clero se
elevó sobremanera. Gracias a él se volvieron a retomar libros que fueron
copiados y corregidos por él y por un círculo de eruditos que giraba en torno a
él. Por supuesto, los autores de estas obras solían ser los Padres de la
Iglesia, aunque alguna vez escritor clásico. Sin embargo, el gran fruto
alcanzado por Alcuino y el rey fue un edicto que estableció oficialmente las
escuelas episcopales y monásticas, por lo que la educación se difundió por todo
el Occidente a un nivel mayor de lo que los romanos habían conseguido.
A partir
de aquí se establecieron unas nuevas bases para un nuevo estilo de
investigación. Ello se ve claramente en dos estudiosos, Juan Escoto Erigena, del
siglo IX, y, del X, Gerberto:
El primero
estaba relacionado con la corte de Carlos el Calvo, el nieto de Carlomagno, procedía
de Irlanda y tenía unas grandes dotes lingüísticas, pues dominaba el griego de
tal manera que fue capaz de traducir al latín desde esa misma lengua diversos
tratados de teología. Seguramente, como sugiere Lindberg (p. 238), lo habría
aprendido en una primera instancia en los monasterios, luego gracias a conocer
de primera mano la lengua en Grecia. De este modo, las traducciones que llevó a
cabo, a petición del rey, fueron algunas obras de un neoplatónico cristiano del
siglo VI, pseudo-Dionisio, y posteriormente otras de Padres griegos de la
Iglesia. Sin embargo, también se dedicó a la composición de libros cuya
temática se sumergía en una síntesis de la filosofía neoplatonista de aquel
pseudo-Dionisio con la teología cristiana. Destacable es su Acerca de la
naturaleza, en la que trata de dar una explicación sobre las cosas creadas
a partir de una buena filosofía natural, claramente sumida en un cariz
cristiano. Por último, no debemos dejar de lado un comentario que hizo a Las
nupcias de Filología y Mercurio, un libro de Marciano Capella sobre las
artes liberales que causó una gran influencia en ese momento. En definitiva,
Erigena y, posteriormente, sus discípulos tuvieron un influjo enorme en el
pensamiento occidental.
El siglo
posterior también se vio igualmente beneficiado por las reformas carolingias,
de ahí que Gerberto, procedente de la escuela monástica de Aurillac en Francia,
tuviera la suerte de poseer una brillante carrera, no solo debido a su
intelecto, sino también a las oportunidades políticas que se pusieron en su
camino. A pesar de nacer en un entorno más bien humilde, recibió una educación
en su ciudad natal y luego se trasladó a España. Posteriormente pudo continuar
su instrucción en la escuela episcopal de Reims en Francia hasta llegar a
ostentar el cargo de director. Sin embargo, eso no acabó ahí, sino que, una vez
que fue nombrado abad del monasterio de Bobbio en Italia, regresó a tierras
francesas en calidad de arzobispo, volviendo a la península itálica más
adelante. Finalmente llegó a ser papa, con el sobrenombre de Silvestre II.
La figura
de Gerberto es muy importante, pues propició el contacto entre el Islam y el
cristianismo, pero del mismo modo contribuyó a la recuperación y difusión de la
tradición de ñas artes liberales clásicas, sobre todo la lógica aristotélica
que ya había sido transmitida por Boecio y otros autores latinos, tal y como
vimos líneas más arriba. Durante su estancia en Reims, impartió clases de
lógica de Aristóteles, Porfino, Cicerón y Boecio, además de que escribió un
tratado propio sobre ese mismo ámbito.
No
obstante, lo que hizo sobresalir a Gerberto fue su aportación al quadrivium
matemático, para lo cual tuvo que mantener un contacto obligatorio con la
religión islámica. Tenía la intención de dominar por completo las matemáticas,
razón por la cual acudió a España, donde se suponía que había un mayor nivel en
ese terreno debido a la influencia islámica.
En
relación a su producción, no hay mucho detalle, pero una vez analizada sus
cartas, vemos que, junto a los rasgos religiosos y políticos, hay muchísimas
alusiones a las matemáticas, a la astronomía, a manuscritos que había que
copiar o, en algunos casos, hasta corregir (entre los cuales se encuentra la Historia
natural de Plinio el Viejo), a traducciones hechas o a las que estaban por
hacer de autores como Cicerón y Boecio.
Por
último, en relación con el estudioso que nos ocupa, hemos de decir que tuvo
cierta conexión con el monasterio de Santa María de Ripoll, que guardaba una
estrecha relación con el estudio del quadrivium teniendo como fuente a
intelectuales árabes. Es más, algunos de los manuscritos que se han conservado
de ese mismo monasterio muestran traducciones de obras dedicadas a las
matemáticas y, en el ámbito astronómico, al astrolabio.
De todos
modos, hubiera existido relación entre Ripoll y Gerberto, no cabe duda de que,
gracias a su poder en la Iglesia, este tuvo un papel muy importante para la
difusión y desarrollo de las matemáticas en el mundo occidental.
El siglo XII
A la hora
de hablar de la filosofía natural, tenemos que tener claro que no gozó de mucho
protagonismo en las escuelas de este siglo, pero sí que obtuvo beneficios del
desarrollo intelectual del momento. Y es que los estudiosos de esta época se
interesaron en conocer en profundidad a los autores clásicos latinos, así como
los que se dedicaban a la ciencia o filosofía natural. Ejemplo de ello son el
comentario de Calcidio al Timeo de Platón, las ya citadas Nupcias
entre Filología y Mercurio de Marciano Capella, de Macrobio El sueño de
Escipión, las Cuestiones naturales de Séneca, la obra ciceroniana Sobre
la naturaleza de los dioses, aparte de composiciones de Boecio, San Agustín
y Juan Escoto Erigena, al cual le dedicamos unas líneas más arriba.
Podemos
concluir en que todos los textos que hemos mencionados están enfocados hacia
una filosofía platónica, por lo que los estudiosos que las trabajaban estarían
inclinados hacia una concepción del cosmos cercana a la de Platón. Además,
hemos de tener en cuenta que el Timeo es la fuente de donde procedían en
ese período la mayor parte de análisis
acerca de la cosmología y de la física, conteniendo asimismo las palabras del
propio Platón. Por este mismo motivo, fue un diálogo que cobró muchísima
importancia, hasta tal punto que fue el que sentó las bases de la filosofía
natural del siglo XII.
Sin
embargo, el platonismo no fue la única corriente filosófica que se desarrolló
en este momento de la Edad Media. El estoicismo se abrió paso, de ahí que al
final de siglo entraran en juego textos metafísicos y físicos de Aristóteles y,
ya en el siglo XIII, hiciera sombra a la filosofía de Platón.
Retomando
el tema del Timeo, debemos saber que trata la formación del universo por
parte de un divino artesano. Y, he aquí la razón por la cual esta obra causó
una gran simpatía entre los eruditos de ese momento: si lo comparamos con el Génesis,
era totalmente posible establecer una relación entre una y otra. Por ese motivo
fue este diálogo platónico tan importante, pues la física y la cosmología de
Platón se aprovechaban para esclarecer el relato del primer libro de la Biblia
al que hemos aludido. Así pues, esto nos deja claro, según Lindberg (p. 252),
que la ciencia en la Edad Media era una especie de servidora de la religión.
Asimismo,
hubo algunos eruditos que se encargaron de relacionar el Génesis con el Timeo,
tales como Thierry de Chartres, que compuso un comentario de los seis días de
la creación del mundo que se mostraban en la Biblia siguiendo el patrón
de la filosofía platónica, junto con rasgos aristotélicos y estoicos. Así,
explicaba que en un primer momento los cuatro elementos (agua, fuego, agua y
aire) fueron creados por Dios, ocasionando luego todo lo demás. Por su parte,
el fuego, debido a su ligereza, empezó, el primer día, a rotar y a iluminar el
aire, dando lugar al día y la noche. Al día siguiente, el fuego calentó las
aguas, hasta tal punto que subieran desde el inferior a las partes superiores,
de modo que pasaran a ser vapor en el aire. Esto lo que explicaría sería “las
aguas por encima del firmamento” que encontramos en el Génesis
(Lindberg, p. 252). A tercer día surgió la tierra seca, a causa de la
vaporización de las aguas superiores, que se vieron, con ello, reducidas. No
obstante, al cuarto día, el calentamiento del agua que se encontraba en el
firmamento fue tal que dio lugar a los cuerpos celestes. Hemos de tener en
cuenta, entonces, que estos estarían formados por agua. Durante los dos últimos
días surgió la vida de los animales, las plantas y los hombres, debido a otro
calentamiento, esta vez el de la tierra seca y las aguas inferiores.
Una vez
que hemos repasado grosso modo el comentario de Thierry, vemos que la
intervención de Dios únicamente se encuentra al principio de la creación,
mientras que el resto de procesos que se dan son ocasionados por la naturaleza.
Los cuatro elementos interactúan a su propio modo y, siguiendo el estoicismo
arraigado en la obra de Agustín de Hipona, las causas seminales, es decir, la
esencia de las cosas se desarrollan a su manera, tal y como sucede, por
ejemplo, con el surgimiento de Adán y Eva, quienes, según la versión de
Thierry, nacen sin mediación divina.
Otras
personalidades dignas de mención son Guillermo de Conches, Adelardo de Bath, Honorio
de Autun, Bernardo Silvestre o Clarembald de Arras, muchos de ellos procedentes
de escuelas del norte de Francia. Aunque el pensamiento de todos ellos pudiera
diferir en algunos detalles, lo que sí es cierto es que tienen en común una
nueva concepción de la naturaleza como ente racional que actúa por sí mismo.
“Había una creciente conciencia del orden natural o la ley natural, y la
determinación de averiguar hasta qué punto los principios naturales de
causalidad iban a proporcionar una explicación satisfactoria del mundo”
(Lindberg, p. 253).
Por otro
lado, también hemos de tener en cuenta que, para comprender el siglo XII,
tenemos que posicionarnos en el lugar de aquellos que lo vivieron, rehuyendo
cualquier tipo de consideración moderna que señale que el objetivo en ese
momento consistía meramente en que la teología se introdujera, como si de un
intruso se tratara, en el ámbito de la ciencia.
Asimismo, las
fuentes de la filosofía natural que ya conocemos también concebían al ser
humano como orden natural fijo que estaban a merced de las mismas leyes y
principios. Además, de un modo más recio, se le aplicaba la analogía de
macrocosmos-microcosmos, en tanto en cuanto los hombres pertenecen al cosmos y
participan de este siendo una miniatura de él. De la misma manera que el cosmos
está formado por los cuatro elementos que son alentados por el alma del mundo,
así también el ser humano tiene como materia prima al agua, al fuego, a la
tierra y al aire, así como un alma.
A partir
de aquí, los intelectuales del siglo XII comenzaron a observar al hombre, ya no
concibiéndolos como seres provenientes de la gracia de Dios, sino tratándolos
como un ente natural, dándoles importancia no solo a esta especie en sí misma
sino también a sus capacidades. Así, va surgiendo el pensamiento de que la
razón era el instrumento que se adecuaba a la exploración del universo. Por
esta misma causa, Lindberg apunta a que muchos eruditos hablan de un humanismo
del siglo XII (p. 257).
En lo que
a astrología se refiere, al igual que sucedía con el ser humano, también
existía un lazo estrecho entre este terreno científico y la analogía
microcosmos-macrocosmos. Dada la postura agnóstica de los Padres de la Iglesia
haca esta rama del saber, decayó muchísimo en el período de la Edad Media inicial.
Por s parte, San Agustín achacaba a la astrología que se caracterizaba por ser
una forma de idolatría que iba en contra del libre albedrío, debido a la
tradición que traía consigo en referencia al culto de divinidades planetarias.
No obstante, gracias al influjo de la literatura árabe, plagada de referencias
astrológicas y astronómicas, así como al del platonismo, la astrología fue
resurgiendo de sus cenizas.
Por
último, como lectores y estudiosos modernos que somos, no podemos dejar
desapercibido la manera en la que las matemáticas que giran en torno al
platonismo influyeron en la forma de pensar del siglo XII. Hasta la primera
mitad de este siglo, se empleaban para dar respuesta a preguntas de temática
metafísica y teológica, en lugar de dar número a las leyes naturales o
representar a partir de figuras geométricas los fenómenos de la naturaleza.
Así, autores como Boecio sugerían que la teoría de los números, es decir, la
que establecía una relación entre el número 1 y el resto, servía como método
para poder entender qué correspondencia había entre Dios y la creación. Sin
embargo, con el auge de las traducciones, sobre todo de obras matemáticas
griegas y árabes a finales de siglo, se encontraría una concepción mucho más
amplia.
Las traducciones
La
revitalización del saber en Occidente surgió con el objetivo de adquirir gran
cantidad de conocimiento y de seguir explotando las fuentes latinas
tradicionales. Pero, a finales del siglo XII, hemos visto como hubo un cambio,
en tanto en cuanto los libros que se habían traducido del árabe y del griego
contenían nuevas ideas mucho más atrayentes. A partir de ese momento, el
continente europeo pasó de luchar para no perder su intelectualidad a intentar
asimilar toda esa oleada de nuevo conocimiento.
Ahora
bien, nos hemos referido a lo largo de estas líneas únicamente a Occidente,
pero por lo que respecta a Oriente, nunca estuvo separado del todo del mundo
occidental, pues desde siempre hubo viajeros y mercaderes, por lo que el
intercambio de ideas y de lengua sería constante. Además no debemos olvidarnos
de las relaciones diplomáticas que mantenían las cortes latinas, musulmanas y
las de Bizancio. Ejemplo de este intercambio lo vimos líneas más arriba con
Gerberto y su peregrinaje al norte de España en el siglo X. En general, parece
que, individualmente, estos acontecimientos no gocen de mucha significancia,
pero, muy lejos de esta afirmación, está el hecho de que, poco a poco, en el
pensamiento del hombre de Occidente se fue formando una imagen de Islam y, en
menor medida, del mundo bizantino. Y es que todo aquel estudioso occidental,
cristiano y latino no tenía más remedio que estrechar lazos de unión con estas
dos otras culturas, en el caso de que tuviera la intención de aumentar su
saber.
Así pues,
las primeras traducciones que se hicieron del árabe fueron sobre el astrolabio
y las matemáticas, como hemos visto anteriormente, concretamente en el siglo X
en España. Un siglo más tarde, un monje benedictino llamado Constantino se
dedicó a traducir del árabe al latín, en Italia, obras médicas, entre las que
se encontraban las de Hipócrates y Galeno, tratados sobre los cuales se
sentarían las bases de la medicina en Occidente hasta la época moderna.
Desde ese
momento, las traducciones fueron el centro de la labor investigadora en la
España de la primera mitad del siglo XII. Esto se debe a la gran cultura árabe
que había en este país para aquel entonces, así como la gran provisión de
libros árabes y pequeños grupos cristianos, denominados mozárabes, a los que se
les permitía practicar libremente su religión. Estas pequeñas comunidades
cristianas tuvieron, por ende, la gran oportunidad de mediar entre dos
culturas. Con la reconquista, todas las fuentes y centros de conocimiento
árabes cayeron en manos del cristianismo. La biblioteca de Toledo cayó en 1085,
y, gracias a los obispos locales, su fondo comenzó a ser explotado.
Entre los
traductores de árabe que eran oriundos de España y que, por lo tanto, conocían
esa lengua desde su infancia, debemos destacar a Juan de Sevilla y sus trabajos
de astrología; Hugo de Santalla, que también tradujo libros de astrología y de
adivinación; y Marco de Toledo, que se encargó de obras médicas de Galeno. En
el caso de los extranjeros, podemos señalar a Robert de Chester, Hermann el
Dálmata o Platón de Tívoli, inglés, eslavo e italiano respectivamente. Esos
tres hombres, en el momento en el que arribaron a España, no tenían noción
alguna de árabe, sino que aprendieron gracias a un maestro.
Sin
embargo, el traductor de árabe a latín más importante en el siglo XII procedía
de Italia, y era Gerardo de Cremona. Su viaje a España se debía a la búsqueda
de una obra de Ptolomeo: el Almagesto, debido a que no la había hallado
en lugar alguno. Tuvo la gran suerte de encontrar una copia en Toledo, por lo
que se quedó allí para aprender la lengua arábiga y la tradujo. Durante treinta
y cuatro años permaneció allí traduciendo, además, otras obras de muy diversa índole.
Así, entre su producción encontramos doce textos de astronomía, entre los
cuales se encuentra el Almagesto; diecisiete de matemáticas y óptica,
tales como los Elementos de Euclides o el Álgebra de al-Jwārizmī;
de lógica y de filosofía natural posee hasta catorce traducciones, de las
cuales podemos poner como ejemplo algunas obas de Aristóteles, como la Física,
Acerca del cielo, los Meteorológicos o Sobre la generación y
la corrupción. Finalmente, hasta veinticuatro de medicina, de las cuales
nueve son tratados de Galeno y, de Avicena, el Canon de medicina. Vemos,
pues, cómo logró el dominio de diversos temas, hasta el punto de llegar a
traducir entre setenta y ochenta libros.
En cuanto
a la traducción del griego, sabemos la dedicación de Boecio y de Erigena, de
los siglos VI y IX respectivamente, pero, a partir del XII, observamos un
aumento considerable, sobre todo en el sur de Italia, dado que existían aún
comunidades de grecoparlantes, así como abundantes existencias de libros
griegos en sus bibliotecas. Gracias al contacto que mantuvo con filósofos
bizantinos, Jacobo de Venecia fue capaz de traducir una gran cantidad de obras
aristotélicas. Asimismo, fueron surgiendo nuevas composiciones dedicada a las
matemáticas, como los Elementos, la Óptica y la Catóptrica,
todas ellas de Euclides. Otro traductor importante, pero del siglo siguiente,
fue Guillermo de Moerbeke, que dedicó su producción a obras astronómicas y
matemáticas, con autores como Platón, Aristóteles o Arquímedes.
En
resumen, durante los siglos X y XI, la mayor parte de tratados que fueron
traducidos fueron los de medicina, astrología y astronomía, basadas, en todo
momento, en bases filosóficas. Ya en los dos siglos siguientes, adquieren
protagonismo las traducciones de obras físicas y metafísicas. A partir de ahí
se empezó a tener conciencia del enorme alcance que suponían las obras de
Aristóteles, si bien podían ser aplicadas a un extensa variedad de temas de
investigación. Todo esto hizo factible una revolución en lo que respecta a la
educación.
El nacimiento de las universidades
Las
escuelas sufrieron un cambio sobremanera del siglo IX al XI. En el año 1000
eran pequeñas y apenas había un profesor para un número de alumnos que iba de
diez a veinte por cada una. A partir de 1200, crecieron de un modo
considerable, tanto en tamaño como en número de discentes, teniendo en cuenta
que en lugares destacables como París, Oxford o Bolonia se podían contar más de
un centenar de ellos y, concretamente en la ciudad inglesa, entre los siglos XI
y XII había más de setenta maestros. Además, la riqueza que estaba gozando
Europa, así como las oportunidades que se les presentaban a las personas cultas
del momento y el entusiasmo intelectual de figuras como Pedro Abelardo,
propiciaron que surgiera una nueva institución que jugó un papel muy importante
para el desarrollo de la ciencias naturales: la universidad.
A pesar de
que no hay documentación suficiente para tener datos completos acerca del
surgimiento de las universidades, sí es cierto que, no contentos con la
educación elemental que habían recibido (en torno al canto, la gramática
latina, y la aritmética básica), los intelectuales terminaron pidiendo estudios
superiores, tal y como afirma Lindberg (p. 263).Así, ciudades como las que
nombramos unas líneas más arriba empezaron a sobresalir debido a los estudios
relacionados con las artes liberales, medicina, teología y derechos, materias
por las que, rápidamente, tanto enseñantes como aprendices, se sintieron
enormemente atraídos. Cabe destacar que por aquel entonces, el maestro era el
que proporcionaba el espacio donde desarrollaba sus clases, organizadas bien en
grupos o de manera individual.
Por otro
lado, debemos aludir a lo que el término universitas significaba en su
origen, y es que se trataba de una asociación de personas que, iban tras un
interés común, algo que, como vemos, no estaba cien por cien relacionado con
una actividad meramente intelectual. Esto viene a que el crecimiento de
alumnos, maestros y escuelas, trajo consigo la necesidad de llevar a cabo una
regulación que garantizase los derechos, los privilegios y la protección de
todos, con el fin de establecer un bienestar para los usuarios. Por eso mismo,
se organizaron al modo de los gremios que coexistían en ese momento. A
continuación observemos un mapa donde constan las universidades que existían en
la Edad Media:
En
definitiva, hemos de percatarnos de que las universidades medievales no eran lo
que hoy concebimos como tal: un conjunto de edificios, estatutos o grupo de
tierras, sino, más bien, una asociación de maestros o estudiantes que no tenía
una sede fijada. Fueron consiguiendo de manera gradual el mecenazgo de papas,
reyes y emperadores, los mismos que les garantizaban poseer privilegios de
inmunidad jurídica y económica. De esta manera, tenían el poder de decidir
quién estudiaba y quién no, de fijar los honorarios y los grados, así como el curriculum.
En algunas ocasiones la Iglesia tenía la última palabra en cuanto a decisiones,
pero muchas veces la mayoría de universidades se aseguraban el mecenazgo y la
protección sin que nadie se interpusiera.
Asimismo,
se fue haciendo necesaria el establecimiento de una organización interna debido
al aumento de su tamaño. El ejemplo más claro es París, la universidad más
relevante del norte de Europa, en la que llegó a haber hasta cuatro facultades:
la de mayores dimensiones fue la de artes liberales, seguida de la de derecho,
teología y medicina, siendo estas tres últimas superiores. ¿Qué quiere decir
esto? Que un estudiante, para poder acceder a ellas, primero debía haber
terminado su instrucción en las artes liberales. Por esto mismo, debido a que
eran mayoría, los profesores de esta facultad consiguieron hacerse con el
control de la institución (Lindberg, p. 266).
Más
concretamente, cuando un joven iniciaba sus estudios universitarios de la Edad
Media, contaba ya con catorce años y con un gran conocimiento de gramática
latina en su escuela correspondiente. A partir de aquí, hemos de tener en
cuenta que en el norte de Europa las universidades estaban bajo la potestad de
y la protección de la Iglesia, por lo que también gozaban de sus privilegios.
Durante un período de tres o cuatro años, el alumno recibía de un maestro en
concreto una preparación, antes de realizar el examen propio del grado bachiller. Una vez que
aprobaba esta prueba, podía ejercer como maestro, acompañado en todo momento
por un superior, al mismo tiempo que seguía en el camino de su instrucción.
Así, a la edad de veintiún años, el discípulo habría podido adquirir saberes de
diferentes materias, con el fin de realizar otro examen para obtener el título
de maestro en artes. De este modo, el individuo en cuestión estaría capacitado
para enseñar todo lo que concernía al curriculum de artes en la facultad
pertinente.
Si nos
paramos a comparar las universidades actuales con las de la Edad Media,
seguiríamos dándonos cuenta de que hoy las superan en tamaño, pero también es
cierto que la cantidad de alumnos no era menor de doscientos, pero tampoco
llegaba al millar. Sin embargo, había excepciones, pues, tal y como nos indica
Lindberg (p. 266), la universidad de Oxford albergaba entre 1.000 y 1.500
alumnos, casi la misma cantidad que la de Bolonia; mientras que la de París
alcanzó una cifra que oscilaba entre los 2.500 y 2.700 discentes. Sin duda, era
una cuantía bastante pequeña en relación a la población que había en ese
momento, si bien hay que tener en cuenta que muchos de ellos no llegaban a
acabar sus estudios, ya fuera por dinero, por desistir de su actividad
académica o por la alta tasa de mortalidad que caracterizó al período medieval.
No obstante, no debemos olvidarnos de que todos ellos fueron los que
configuraron la cultura de Europa occidental.
En cuanto
al curriculum propiamente dicho, se llegó a la conclusión de que las
siete artes liberales que contemplamos unas líneas más arriba no eran las
adecuadas para los objetivos que perseguían las escuelas. Y es que, poco a
poco, la relevancia de la gramática se fue perdiendo, mientras que la lógica
fue ganando terreno. Dentro del quadrivium, las matemáticas mantuvieron
el mismo perfil, y las ramas de la filosofía que siguieron al orden del día
fueron la moral, la natural y la metafísica. Finalmente, dado que las
facultades de teología, medicina y derecho eran las superiores, nunca perdieron
su status.
Retomando
el tema del campo filosófico, hemos de aclarar que la que ocupó el centro del curriculum
medieval, fue la filosofía natural de Aristóteles, hasta tal punto que ningún
alumno terminaba sus estudios sin una base bastante sustentada en metafísica,
física, psicología, meteorología e historia natural aristotélica.
Algo que
realmente debemos destacar es el hecho de que, por vez primera en la historia,
había una educación de alcance internacional, gracias a las traducciones del
griego y del árabe que inundaron las bibliotecas, así como la capacidad de
movilidad no solo de los maestros sino también de los discentes. Esto daba
lugar a que cualquier alumno que se hubiera formado en una universidad, podría
impartir clases en cualquier otra. Se pudo llevar a cabo una educación basada
en las tradiciones intelectuales antiguas sin ningún tipo de subordinación
política o religiosa.
BIBLIOGRAFÍA
Lindberg, D. (2002). Los inicios de la
ciencia occidental, Barcelona: Paidós.
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