sábado, 18 de junio de 2016

Lucrecio y su obra De rerum natura

TEMA 5

El autor
En este nuevo tema nos dedicaremos, no solo a contemplar la obra de Lucrecio sino también la tradición clásica que lleva esta tras de sí. Antes que nada, hemos de tener en cuenta que no poseemos muchos datos acerca de la vida del autor, y, la mayoría de veces, son los testimonios de otras personalidades las que nos facilitan alguna información. Así, San Jerónimo en sus Crónicas, concretamente en 94a, indica que nació en el año 94 a. C., muriendo con cuarenta y cuatro años de edad en el 50 a. C. Aun así, hay, tal y como indica F. Socas en la introducción de De rerum natura (Gredos, p. 7), muchos estudiosos que sitúan su nacimiento y muerte en otras fechas que no difieren mucho de las sugeridas por San Jerónimo.
Teniendo en cuenta, pues, el marco histórico en el que vivió, Tito Lucrecio Caro pudo presenciar el momento de inestabilidad que produjo la guerra entre Sila y Mario, por lo que, es posible que a partir de las múltiples matanzas y proscripciones que abundaba en su época, Lucrecio hablase horrorizado de todos aquellos que se dedicaban a amasar grandes cantidades de riqueza con la muerte de los ciudadanos. Algo importante y que marcó su vida fue tener la oportunidad de tener un maestro tal como Epicuro. No se sabe en qué lugar nació, pero no parece muy desacertado suponer que se situara en torno a la región de Campania, pues por estos lugares había numerosos seguidores de la filosofía epicúrea. Sin embargo, F. Socas (p. 8) sugiere otros lugares como la Galia Cisalpina, de donde provenían los poetas Ovidio y Catulo, pero subraya, sobre todo, que lo más probable era que habitara en Roma durante muchísimos años, debido a bastantes detalles como los entrenamientos de los soldados en el Campo de Marte, Las procesiones en honor a la diosa Cibeles que tenían carácter orgiástico o incluso las representaciones de teatro y de escenografía en palacio, todos ellos propios de esta ciudad de la que hablamos.
En cuanto a su status social, al igual que con los datos anteriores, únicamente podemos exponer algunas tesis. Por un lado, teniendo en cuenta que en los Fastos aparecía la familia de los Lucretii como detentadores de poder magistral, podemos concluir que era posible que perteneciera a una familia noble. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, a pesar de que esta gens poseía un título ilustre y antiguo, también tenía miembros pertenecientes a la plebs. Por otro, si tomamos su cognomen: Caro, cabe la posibilidad de relacionarlo con un linaje de origen celta, al cual pertenecían en muchas ocasiones gran parte de esclavos, llegándose incluso a afirmar que Lucrecio podría haber sido un liberto (F. Socas, p. 9). Algo que hace posible esta tesis es el hecho de que en la obra que vamos a comentar estaba dedicada, como podemos ver en el libro I, a un hombre famoso por su riqueza y poder llamado Memio, aunque las palabras que le dirige son más bien propias de un amigo o de un maestro a su discípulo.
En lo que a formación se refiere, no se sabe con certeza si hizo algún viaje a Grecia para instruirse, si bien su cognomen aparece en un grupo de seguidores del epicureísmo en la isla de Rodas. Asimismo, se desconoce si se casó o no, aunque encontramos algunos versos en el libro IV acerca de peleas matrimoniales y de prácticas que favorecían a la fecundidad de, literalmente, nostris coniugibus (IV, 1277). De todos modos, no es un argumento tan sólido como para poder afirmar que tuviera esposa alguna.
Finalmente, de su muerte hay una leyenda que secundó San Jerónimo, en el mismo pasaje de su obra ya citada, que gira en torno a la acción de un filtro de amor que lo había enloquecido, si bien añadía que, en sus momentos de lucidez, dedicó tiempo a su obra, que habría sido corregida por el propio Cicerón, pero terminaría por quitarse la vida en el año 44 a. C. En estos momentos, ya se había producido el ascenso al poder de César, Pompeyo y Craso, al igual que la conjuración de Catilina, hechos que Lucrecio no plasmó en su composición. Lo que sí fue favorable en estos tiempos fue la difusión de la filosofía de Epicuro por el territorio que comprendía a Grecia y a Roma. Por esta misma razón, debemos observar De rerum natura como una obra de carácter propagandístico que funcionaba, a su vez, como poema de tipología didáctica. Cabe destacar dos elementos que fue capaz de combinar Lucrecio: el de ars e ingens, algo que era propio del genio filosófico, ya desde la época de Platón.

La obra

·        Fuentes e influencias
Sin lugar a dudas, tenemos que vincular, por encima de todo, la obra que nos ocupa de Lucrecio con las de Epicuro. No obstante, estas no las hemos conservado, pero Diógenes Laercio juega un papel muy importante en este sentido, en tan en cuanto llevó a cabo una biografía epicúrea en la que incluyó unas opiniones principales de este, así como tres epístolas, la primera dirigida a Heródoto en la que trata temática física, lo cual se correspondería con los libros I, II y V de De rerum natura; la segunda a Pitocles, en donde habla de elementos meteorológicos, como hace Lucrecio en su libro VI; y la última de eje temático en torno a la ética, que se halla por todo el poema, cuyo receptor había sido Meneceo.
Por otro lado, esta vez una terracota encontrada en 1888 a la cual se le atribuyó el nombre de Gnomologio Vaticano, contiene ochenta y una sentencias que tenían que ver con ideas básicas y sencillas que defienden que lo que conduce al hombre a ir por el mundo exitosamente no son las verdades absolutas, sino las certezas más simples. Cada una de las sentencias aborda cuestiones fundamentales de la vida cotidiana del ser humano y Epicuro, a partir de estas, sugería que hay diferentes tipos de placeres: los que son a la vez naturales y necesarios, los naturales pero no necesarios, tales como la riqueza, el lujo, el refinamiento entre otras cosas; y, finalmente, los que no son ni naturales ni necesarios, como la fama, la gloria o el poder. De este modo, defiende que se deben cultivar los placeres que expusimos en primer lugar, siempre y cuando se quisiera alcanzar la felicidad, y se basaban en la vivienda, la alimentación, el vestido, la amistad, la libertad, el consuelo y la comodidad, no solo la que nos aporta el uso del pensamiento, sino también el del poder hablar. Por último, en relación al Gnomologio Vaticano, cabe destacar los temas que encierra. Entre ellos se encuentran la libertad, en el sentido de buscar el placer a través del desprendimiento de los placeres naturales innecesarios y los antinaturales e innecesarios, del abandono de todo temor hacia los dioses y hacia la muerte. Por otro lado, también forma parte del eje temático la amistad, la liberación de la política y del negocio, ya que son una prisión para el hombre; la sabiduría, la virtud y la justicia, en tanto en cuanto hacen feliz al hombre; y, finalmente, la filosofía como medio por el cual cada individuo puede alcanzar la felicidad.
Así pues, no cabe duda de que Lucrecio toma la filosofía epicúrea para su obra, pero no se basa en ningún texto de Epicuro en concreto, ya que su propósito es condensar y rehacer una obra a partir de sus palabras, tal y como afirma en el verso 12 del libro III: omnia nos itidemdepascimur aurea dicta. Por tanto, De rerum natura es un poema en el que se reúne un conjunto de doctrinas en el que se tiene en cuenta el espacio físico en donde anda encerrado el hombre, así como las posibilidades, garantías y maneras que tiene este de poder llegar a ser feliz.
Por otra parte, la composición lucreciana también tiene en cuenta a los filósofos que precedieron a Sócrates y que, obviamente, se adentraron en el terreno de la naturaleza. Contemplamos, pues, los hexámetros de Jenófanes, Parménides y Empédocles, así como a los atomistas Leucipo y Demócrito, sobre los cuales se asentaron las bases de la física de Epicuro, y los mismos que sirvieron a Lucrecio para hacer una fusión de la tradición de los presocráticos con el pensamiento de su propio maestro. No obstante, de todos los anteriores a Sócrates, fue Empédocles el que más caló en el autor que nos ocupa, y es que los cincuenta versos que se conservan del Περί φύσεως fueron más que suficientes para observar la concepción del mundo empedocleo mediante unos cuantos principios básicos que se sumergían, sobre todo, en la complejidad de los seres vivos. Es más, podemos establecer una serie de concordancia entre los versos griegos y los de Lucrecio: en primer lugar está el hecho de la seguridad que emanaba de Empédocles, la cual, según la opinión de F. Socas (p. 20), rozaba la fanfarronería. Esto se correspondía con la confianza y el entusiasmo que mostraba el autor latino en el prólogo de su obra. Por otro lado, el heleno trataba los límites del concomimiento del hombre y la fugacidad de la vida, algo muy cercano a lo que llevó a cabo Lucrecio. Más destacables son dos paralelismos claros: la invocación a la Musa al comienzo del poema y una persona a quien se dedica la obra junto con la alabanza de otra, en el caso griego, Pausanias y Pitágoras respectivamente; en el latino, Memio y Epicuro. Vemos, por tanto, que Empédocles es otro claro antecedente de Lucrecio, con el cual podríamos enumerar algunas otras correspondencias.
Por otra parte, en Roma también hay otros modelos, como el caso de los Empedoclea de un Salustio que no ha de ser el mismo historiador, así como el Carmen Pythagoreum de un censor del siglo IV a. C., Apio Claudio, de cuya obra no tenemos muchos datos, si bien hay información que sugiere que se trata de meros aforismos. Otro autor que tradujo una obra acerca de la naturaleza bajo el título de Epicharmus fue Ennio. Por su parte, Macrobio hace alusión a un tal Egnacio y a un De rerum natura; en el libro X de la biografía de Pompeyo, Plutarco nos habla de una composición místico-filosófica que estaba inspirada en el estoicismo llevada a cabo por Quinto Valerio Sorano.
Así pues, teniendo en cuenta las fuentes, podemos concluir que la obra de Lucrecio es todo un reflejo de una larga tradición literaria que no se sumerge únicamente en el terreno filosófico, sino también en la épica, la tragedia, la lírica, la historia o la sátira. Y es que tenía nociones de Homero, Hesíodo, Eurípides, Tucídides, Safo, Calímaco y otros poetas de época helenística, Ennio, Salustio o Catulo, cuya huella es perceptible en muchas partes de la composición lucreciana.

·        El epicureísmo en Lucrecio
Por lo que respecta al pensamiento de Epicuro en Roma, ha de quedar claro que estuvo presente en un tiempo muy temprano, pero fugaz. Así lo atestiguan Eliano, en su Varia historia (IX, 12) y Ateneo (XII, 547), que afirman que todos y cada uno de los epicúreos de origen griego que se encontraban en Roma fueron expulsados, si bien, mediante un senadoconsulto se prohibió la apertura de una escuela epicúrea en la ciudad. Y es que el siglo I a. C. en la gran ciudad romana se corresponde con un momento de innovación, en tanto en cuanto surge el círculo neotérico en el ámbito de la poesía, el aticismo en la oratoria y el epicureísmo en el terreno filosófico. Más destacable aún es que las tres corrientes estaban muy ligadas entre sí, de tal modo que Memio, el destinatario de De rerum natura, tenía relación con el neotérico Catulo, pues este pertenecía a su cohorte. Es más, el propio Nepote en su biografía de Ático, concretamente en el pasaje correspondiente al XII 4, se refiere a Lucrecio y al elegíaco mencionado como los dos mejores poetas de su época. Otro ejemplo destacable del vínculo de las tres vertientes artísticas es César, que estaba cercano al pensamiento de Epicuro y al aticismo; y, sobre todo, Cicerón, que nunca habló en contra de las tres.
Así pues, hemos de concebir al epicureísmo en la época de Lucrecio como una filosofía que no solo se basaba en textos, sino que incluso se mantenía viva con una fuerza tal que el autor de De rerum natura seguía desarrollando la doctrina de su maestro. Además, esta corriente tendía a extenderse y, tal y como señala F. Socas (p. 24): “fue la única filosofía misionera y proselitista que hubo en Grecia”. Esto lo vemos en el hecho de que buscaba el apego del hombre que se hallaba perdido y sufriente, con el objetivo de salvarlo y conmover, a su vez, a la sociedad. Y así lo indica el propio Cicerón en De finibus bonorum et malorum (II, 49): non solum Graecia et Italia, sed etiam omnis barbaria commota est, añadiendo en sus Quaestiones Tusculanae (IV, 3, 7) que los epicúreos Italiam totam occupaverunt. En esta misma obra aseguraba que, dada su facilidad de compresión y por la seducción del placer, o bien porque era lo que estaba más a mano, la mayor parte de las personas, fueran de la clase que fuesen, simpatizaban con esta vertiente filosófica, has tal punto que la única filosofía que se editaba en aquel entonces no salía fuera delos límites del pensamiento de Epicuro.
Concretamente en Lucrecio, veremos de qué manera se refleja el epicureísmo: en un primer plano destaca su amor por la escritura. Al contrario que Sócrates, pone por escrito sus conocimientos acerca de la naturaleza y las comporte con sus discípulos, por los que siente un gran apego. Vemos, pues, una tarea que desempeña el autor a la hora de transmitir por escrito (ya a partir de una traducción hecha por él, ya por atreverse a componer en latín) una filosofía que había nacido mucho antes que él y que gozaba de una tradición literaria muy rica.
Por otra parte, al igual que su maestro Epicuro, Lucrecio esta ajeno a todo dogmatismo, de modo que presta a tención de manera abierta a las opiniones del resto de interlocutores. Por esta misma razón, De rerum natura, deja de ser una obra meramente teórica, para convertirse en un método de persuasión con el fin de convencer a todo el que acceda a ella, a quien Lucrecio, a modo de apóstol, tiene como objetivo convertirlo. Por este carácter regenerador que caracteriza al epicureísmo, muy cercano a ese afán por el mos maiorum, en Roma adquiere mucho prestigio. Por su parte, el autor de la obra que nos ocupa se había encargado de hacer ver, sin llegar a decirlo, que esta corriente filosófica era un instrumento con el cual llegar a curar las enfermedades sociales que azotaban a la ciudad.
Asimismo, hemos de dejar claro que la filosofía de Epicuro estaba destinada a todo aquel que quisiera acogerse a ella, algo que mostraba cierto elitismo a dicha escuela. No obstante, sí que demostraba una clara oposición hacia el resto de doctrinas filosóficas, si bien proponía el placer como mecanismo ligado a cualquier acto moral y desechaba toda idea que señalara a los dioses como entes creadores del universo e interventores en la historia. Por eso, Lucrecio tiene la misión de suprimir toda actuación religiosa en el mundo a partir del desvelamiento de los enigmas de la física, tal y como indica F. Socas (p. 27) y el mismo autor de De rerum natura: laudis spes magna (I, 923). Con estas palabras muestra la esperanza que tiene de obtener la gloria, no tanto gracias a sus palabras y versos, sino, más bien, de la manera que hemos señalado en relación al ámbito físico.
Finalmente, en relación al epicureísmo, hemos de establecer una diferencia clara con respecto al resto de sectae. Por encima de todo, mientras el resto de corrientes filosóficas estaban abiertas al cambio, el pensamiento de Epicuro, en cambio, no fue transformado por ninguno de sus seguidores. Y es que el propio Lucrecio lo exalta como si de una divinidad se tratara, tal y como podemos observar en diferentes partes de su obra. Le adjunta el apelativo de victor en el verso 75 del libro I, pater y rerum inventor (III, 9) y en el verso 19 del quinto libro deus, entre otros ejemplos.
·        Estructura
En este punto pretendemos mostrar que De rerum natura se trata de una obra que trata el mundo como realidad totalmente objetiva. Se trata de un todo que presenta unas partes bien marcadas y definidas. Así, es posible dividir el poema en tres, una para cada par de libros, de manera que el I y el II se corresponderían con la primera parte, que tocan el tema de los átomos y el universo como objeto total y único; los libros III y IV se encargan de explicar la naturaleza del alma y de la mente con sus respectivas acciones; y, finalmente, los que nos interesa dentro de nuestro bloque son los dos últimos, el V y el VI, los cuales abordan los movimientos de los cuerpos celestes, la historia, no solo del mundo, sino también la de la humanidad; los fenómenos meteorológicos y las epidemias. Cabe destacar que cada una de los tres segmentos que dividen la composición presenta un final pesimista del mundo, si bien la primera habla del fin del mundo, la segunda de los desvaríos ocasionados por la pasión amorosa y la última de la peste que azotó a Atenas.
En lo que respecta a los dos primeros libros, nos encontramos ante una fisiología del mundo, en tanto en cuanto trata, tal y como afirma F. Socas (p. 31), “la naturaleza íntima y total de las cosas”, así como los átomos y el universo. Sin embargo, si ahondamos en estos, observamos afirmaciones importantes en el terreno del epicureísmo, si bien Lucrecio señala que nada viene de la nada y nada se vuelve nada, que la materia está compuesta de cuerpos invisibles que se encuentran en el vacío. Estos son los ya mencionados átomos. De esta manera, todas las cosas son una combinación de estos y de vacío, siendo el resto una propiedad o consecuencia de ellos. Asimismo sugiere que los átomos son infinitos, indivisibles y eternos, así como el universo, que abarca todo, por lo que no hay nada fuera de él. Una vez que los átomos se mueven, siempre hacia abajo por su propio peso, producen el mundo y los hombres. Por tanto, vemos cómo no hay intervención divina en el origen de ambos. Asimismo, estas partículas que no se pueden dividir carecen de color, olor, sabor o temperatura, y los hay de muchas clases y formas. El libro II finaliza con la sugerencia de que hay un número infinito de mundos que se forman y que se destruyen.
Así, vemos que la primera parte de De rerum natura se encarga de explicar el mundo en relación a la materia y a su movimiento. Los átomos son tratados en la obra como semina rerum (I, 59). Asimismo, guardan relación con el proceso de nacimiento, alimento y muerte de los seres vivos, de manera que todo se arma y se desarma, no se destruye nada, sino que sufre una transformación en cuanto a materia se refiere.
A partir de aquí nos vamos a referir a la segunda parte que abarcan, como ya hemos visto, los libros III y IV. En este punto de la obra, Lucrecio desarrolla una importante idea que gira en torno a que el hombre está compuesto por anima y mens (III, 94-417) formadas estas, a su vez, por átomos lisos y redondeados que facilitan su fluidez. Por un lado, el alma es mortal debido a que tiene una naturaleza atómica, depende del cuerpo en la hora del nacimiento del hombre y de su desarrollo y a que los sentidos no pueden actuar por sí mismos. Además, no el alma no existía antes del nacimiento del cuerpo (III, 418-805).
En esta segunda parte se hace alusión al dolor, a los sentidos como simulacros que emiten las cosas. Se habla de las causas de la sed y del hambre (movimientos ocasionados por la pérdida de átomos), de los efectos producidos por el gusto, el tacto, el oído y la vista, así como las causas del sueño y de las alucinaciones. De este modo el autor concluye que la muerte es la que acaba con todo tipo de sensaciones.
Finalmente, hemos de aclarar que los dos últimos libros los expondremos en el siguiente punto, dado que son los que se corresponden con lo que nos ocupa en este bloque: el estudio de los astros.

·        La astronomía en De rerum natura
Desde la antigüedad, la cosmología era la ciencia que se encargaba de la explicación del mundo en su totalidad, si bien la meteorología abordaba los fenómenos atmosféricos y los astros. Estas dos disciplinas son las que se encuentran en los libros V y VI, cuya base está asentada en la concepción atomista del mundo. Y es que el pensamiento epicúreo señalaba que el mundo era mortal y que el origen de los cuerpos celestes estaba totalmente desligado a intervención divina alguna. Los argumentos que utiliza Lucrecio para reafirmar esta idea es que si el universo fuera imperecedero, “guardaría memoria de civilizaciones incontables, tendría una solidez absoluta, no poseería un espacio exterior desde donde recibir golpes y no mostraría conflictos entre sus partes y elementos que presagian su fin” (F. Socas, p. 38).
Así pues, sugiere que el mundo se habría formado a partir de un aglomerado aleatorio de átomos que se habrían dispuesto en elementos de tierra, mar, aire y éter a causa de su peso. En lo que concierne a los cuerpos celestes, al sostenimiento de la tierra en el ámbito espacial, al sol y la luna, no solo sus dimensiones, sino también lo que atañe a su luz y calor y a las fases del segundo cuerpo; al día, a la noche y a los eclipses. Todo esto se contempla en el libro V, concretamente, en los versos que van del 509 al 770.
En relación a la tierra en particular, Lucrecio indica que nacieron plantas y monstruos de los cuales sobrevivieron los que eran más capaces y armoniosos. A partir de ella también surge el ser humano que empezó a organizarse en comunidades primitivas. Estas evolucionaron hasta tal punto que desarrollaron la articulación del lenguaje, el uso del fuego, las prácticas religiosas, la metalurgia, los conflictos bélicos, el vestido, la agricultura, la música y el canto. La raza humana, pues, gozaba de una sencilla felicidad hasta el momento en el que desarrolló aún más la civilización (V, 925-1457). No olvidemos que no hubo intervención de ninguna deidad en la creación del ser humano, así como tampoco la hubo en la de los meteoros. Lucrecio también da explicaciones no solo para los fenómenos atmosféricos como el trueno, el rayo, las corrientes de agua, las nubes o la lluvia, sino también para los que se daban en la tierra, entendiéndose los terremotos, los volcanes, las crecidas de ríos como el Nilo, las aguas que emanan gases, los pozos y manantiales que al mismo tiempo que se calientan, se enfrían; el magnetismo y las epidemias.
Epicuro, por su parte, afirmaba que “el estudio y el conocimiento de la naturaleza no es para el sabio un fin en sí mismo, sino que tiene como meta el proporcionar sólidos fundamentos a la vida dichosa” (F. Socas, p. 39). Por eso, Lucrecio no piensa que la naturaleza sea una creación perfecta de los dioses, sino que se ha creado de manera improvisada a sí misma, de manera que, tal y como señala en su poema, la naturaleza podría resultar malvada para el hombre (V, 199), de ahí, que sugiera que esta no nos acoge en el momento de nuestro nacimiento, sino que, una vez que somos conscientes de que somos como náufragos que hemos sido arrojados por las fieras olas (V, 222-223), nos podemos salvar de ella.
A partir de aquí, el hombre es capaz de reflexionar y de inventar, aunque no es su ingenio el que lo acerca a la idea de progreso, sino más bien, el control de los conflictos interiores y la vida  moderada. Si aparte de esto, vemos que Epicuro indica que, en relación a los astros, debe forjarse una opinión basada en las apariencias, estaremos de acuerdo en que este y sus seguidores conciben la ciencia como conocimiento puro de las realidades físicas, pero siempre al servicio de un ideal ético y social. Por eso, el pensamiento epicúreo en boca de Lucrecio nos dice que es la propia eventualidad del hombre la que debe hacerlo manso, solidario y dichoso.

Textos que atañen a astronomía
  • Las causas que originan el movimiento de los cuerpos celestes (V, 509-533)
Motibus astrorum nunc quae sit causa canamus.
principio magnus caeli si vortitur orbis,
ex utraque polum parti premere aëra nobis
dicendum est extraque tenere et claudere utrimque;
inde alium supra fluere atque intendere eodem
quo volvenda micant aeterni sidera mundi;
aut alium supter, contra qui subvehat orbem,
ut fluvios versare rotas atque austra videmus.
est etiam quoque uti possit caelum omne manere
in statione, tamen cum lucida signa ferantur,
sive quod inclusi rapidi sunt aetheris aestus
quaerentesque viam circum versantur et ignes
passim per caeli volvunt summania templa,
sive aliunde fluens alicunde extrinsecus aër
versat agens ignis, sive ipsi serpere possunt,
quo cuiusque cibus vocat atque invitat euntis,
flammea per caelum pascentis corpora passim.
nam quid in hoc mundo sit eorum ponere certum
difficilest; sed quid possit fiatque per omne
in variis mundis varia ratione creatis,
id doceo plurisque sequor disponere causas,
motibus astrorum quae possint esse per omne;
e quibus una tamen sit et haec quoque causa necessest,
quae vegeat motum signis; sed quae sit earum
praecipere haud quaquamst pedetemptim progredientis.
  •         La sustentación de la tierra (534-563)
Terraque ut in media mundi regione quiescat,
evanescere paulatim et decrescere pondus
convenit atque aliam naturam supter habere
ex ineunte aevo coniunctam atque uniter aptam
partibus aëriis mundi, quibus insita vivit.
propterea non est oneri neque deprimit auras,
ut sua cuique homini nullo sunt pondere membra
nec caput est oneri collo nec denique totum
corporis in pedibus pondus sentimus inesse;
at quae cumque foris veniunt inpostaque nobis
pondera sunt laedunt, permulto saepe minora.
usque adeo magni refert quid quaeque queat res.
sic igitur tellus non est aliena repente
allata atque auris aliunde obiecta alienis,
sed pariter prima concepta ab origine mundi
certaque pars eius, quasi nobis membra videntur.
Praeterea grandi tonitru concussa repente
terra supra quae se sunt concutit omnia motu;
quod facere haut ulla posset ratione, nisi esset
partibus aëriis mundi caeloque revincta;
nam communibus inter se radicibus haerent
ex ineunte aevo coniuncta atque uniter aucta.
Nonne vides etiam quam magno pondere nobis
sustineat corpus tenuissima vis animai,
propterea quia tam coniuncta atque uniter apta est?
Denique iam saltu pernici tollere corpus
quid potis est nisi vis animae, quae membra gubernat?
iamne vides quantum tenuis natura valere
possit, ubi est coniuncta gravi cum corpore, ut aër
coniunctus terris et nobis est animi vis?

  •          Dimensiones solares y lunares (564-591)
Nec nimio solis maior rota nec minor ardor
esse potest, nostris quam sensibus esse videtur.
nam quibus e spatiis cumque ignes lumina possunt
adiicere et calidum membris adflare vaporem,
nil magnis intervallis de corpore libant
flammarum, nihil ad speciem est contractior ignis.
proinde, calor quoniam solis lumenque profusum
perveniunt nostros ad sensus et loca fulgent,
forma quoque hinc solis debet filumque videri,
nil adeo ut possis plus aut minus addere vere.
[perveniunt nostros ad sensus et loca fulgent]
lunaque sive notho fertur loca lumine lustrans,
sive suam proprio iactat de corpore lucem,
quidquid id est, nihilo fertur maiore figura
quam, nostris oculis qua cernimus, esse videtur.
nam prius omnia, quae longe semota tuemur
aëra per multum, specie confusa videntur
quam minui filum. quapropter luna necesse est,
quandoquidem claram speciem certamque figuram
praebet, ut est oris extremis cumque notata,
quanta quoquest, tanta hinc nobis videatur in alto.
postremo quos cumque vides hinc aetheris ignes,
scire licet perquam pauxillo posse minores
esse vel exigua maioris parte brevique.

  •           El sol: su luz y su calor (592-613)
 Illud item non est mirandum, qua ratione
tantulus ille queat tantum sol mittere lumen,
quod maria ac terras omnis caelumque rigando
compleat et calido perfundat cuncta vapore.
[quanta quoquest tanta hinc nobis videatur in alto]
nam licet hinc mundi patefactum totius unum
largifluum fontem scatere atque erumpere lumen,
ex omni mundo quia sic elementa vaporis
undique conveniunt et sic coniectus eorum
confluit, ex uno capite hic ut profluat ardor.
nonne vides etiam quam late parvus aquai
prata riget fons inter dum campisque redundet?
est etiam quoque uti non magno solis ab igni
aëra percipiat calidis fervoribus ardor,
opportunus ita est si forte et idoneus aër,
ut queat accendi parvis ardoribus ictus;
quod genus inter dum segetes stipulamque videmus
accidere ex una scintilla incendia passim.
forsitan et rosea sol alte lampade lucens
possideat multum caecis fervoribus ignem
circum se, nullo qui sit fulgore notatus,
aestifer ut tantum radiorum exaugeat ictum.

  •            Las órbitas de los cuerpos celestes (614-649)
Nec ratio solis simplex [et] recta patescit,
quo pacto aestivis e partibus aegocerotis
brumalis adeat flexus atque inde revertens
canceris ut vertat metas ad solstitialis,
lunaque mensibus id spatium videatur obire,
annua sol in quo consumit tempora cursu.
non, inquam, simplex his rebus reddita causast.
nam fieri vel cum primis id posse videtur,
Democriti quod sancta viri sententia ponit,
quanto quaeque magis sint terram sidera propter,
tanto posse minus cum caeli turbine ferri;
evanescere enim rapidas illius et acris
imminui supter viris, ideoque relinqui
paulatim solem cum posterioribus signis,
inferior multo quod sit quam fervida signa.
et magis hoc lunam: quanto demissior eius
cursus abest procul a caelo terrisque propinquat,
tanto posse minus cum signis tendere cursum.
flaccidiore etiam quanto iam turbine fertur
inferior quam sol, tanto magis omnia signa
hanc adipiscuntur circum praeterque feruntur.
propterea fit ut haec ad signum quodque reverti
mobilius videatur, ad hanc quia signa revisunt.
fit quoque ut e mundi transversis partibus aër
alternis certo fluere alter tempore possit,
qui queat aestivis solem detrudere signis
brumalis usque ad flexus gelidumque rigorem,
et qui reiciat gelidis a frigoris umbris
aestiferas usque in partis et fervida signa.
et ratione pari lunam stellasque putandumst,
quae volvunt magnos in magnis orbibus annos,
aëribus posse alternis e partibus ire.
nonne vides etiam diversis nubila ventis
diversas ire in partis inferna supernis?
qui minus illa queant per magnos aetheris orbis
aestibus inter se diversis sidera ferri?

·        El día y la noche (650-704)

At nox obruit ingenti caligine terras,
aut ubi de longo cursu sol ultima caeli
impulit atque suos efflavit languidus ignis
concussos itere et labefactos aëre multo,
aut quia sub terras cursum convortere cogit
vis eadem, supra quae terras pertulit orbem.
Tempore item certo roseam Matuta per oras
aetheris auroram differt et lumina pandit,
aut quia sol idem, sub terras ille revertens,
anticipat caelum radiis accendere temptans,
aut quia conveniunt ignes et semina multa
confluere ardoris consuerunt tempore certo,
quae faciunt solis nova semper lumina gigni;
quod genus Idaeis fama est e montibus altis
dispersos ignis orienti lumine cerni,
inde coire globum quasi in unum et conficere orbem.
nec tamen illud in his rebus mirabile debet
esse, quod haec ignis tam certo tempore possint
semina confluere et solis reparare nitorem.
multa videmus enim, certo quae tempore fiunt
omnibus in rebus. florescunt tempore certo
arbusta et certo dimittunt tempore florem.
nec minus in certo dentes cadere imperat aetas
tempore et inpubem molli pubescere veste
et pariter mollem malis demittere barbam.
fulmina postremo nix imbres nubila venti
non nimis incertis fiunt in partibus anni.
namque ubi sic fuerunt causarum exordia prima
atque ita res mundi cecidere ab origine prima,
conseque quoque iam redeunt ex ordine certo.
Crescere itemque dies licet et tabescere noctes,
et minui luces, cum sumant augmina noctis,
aut quia sol idem sub terras atque superne
imparibus currens amfractibus aetheris oras
partit et in partis non aequas dividit orbem,
et quod ab alterutra detraxit parte, reponit
eius in adversa tanto plus parte relatus,
donec ad id signum caeli pervenit, ubi anni
nodus nocturnas exaequat lucibus umbras;
nam medio cursu flatus aquilonis et austri
distinet aequato caelum discrimine metas
propter signiferi posituram totius orbis,
annua sol in quo concludit tempora serpens,
obliquo terras et caelum lumine lustrans,
ut ratio declarat eorum qui loca caeli
omnia dispositis signis ornata notarunt.
aut quia crassior est certis in partibus aër,
sub terris ideo tremulum iubar haesitat ignis
nec penetrare potest facile atque emergere ad ortus;
propterea noctes hiberno tempore longae
cessant, dum veniat radiatum insigne diei.
aut etiam, quia sic alternis partibus anni
tardius et citius consuerunt confluere ignes,
qui faciunt solem certa de surgere parte,
propterea fit uti videantur dicere verum.

  •           Las fases de la luna (705-750)
Luna potest solis radiis percussa nitere
inque dies magis [id] lumen convertere nobis
ad speciem, quantum solis secedit ab orbi,
donique eum contra pleno bene lumine fulsit
atque oriens obitus eius super edita vidit;
inde minutatim retro quasi condere lumen
debet item, quanto propius iam solis ad ignem
labitur ex alia signorum parte per orbem;
ut faciunt, lunam qui fingunt esse pilai
consimilem cursusque viam sub sole tenere.
est etiam quare proprio cum lumine possit
volvier et varias splendoris reddere formas;
corpus enim licet esse aliud, quod fertur et una
labitur omnimodis occursans officiensque,
nec potis est cerni, quia cassum lumine fertur.
versarique potest, globus ut, si forte, pilai
dimidia ex parti candenti lumine tinctus,
versandoque globum variantis edere formas,
donique eam partem, quae cumque est ignibus aucta,
ad speciem vertit nobis oculosque patentis;
inde minutatim retro contorquet et aufert
luciferam partem glomeraminis atque pilai;
ut Babylonica Chaldaeum doctrina refutans
astrologorum artem contra convincere tendit,
proinde quasi id fieri nequeat quod pugnat uterque
aut minus hoc illo sit cur amplectier ausis.
denique cur nequeat semper nova luna creari
ordine formarum certo certisque figuris
inque dies privos aborisci quaeque creata
atque alia illius reparari in parte locoque,
difficilest ratione docere et vincere verbis,
ordine cum [videas] tam certo multa creari.
it Ver et Venus et Veneris praenuntius ante
pennatus graditur, Zephyri vestigia propter
Flora quibus mater praespargens ante viai
cuncta coloribus egregiis et odoribus opplet.
inde loci sequitur Calor aridus et comes una
pulverulenta Ceres [et] etesia flabra aquilonum.
inde Autumnus adit, graditur simul Euhius Euan.
inde aliae tempestates ventique secuntur,
altitonans Volturnus et Auster fulmine pollens.
tandem Bruma nives adfert pigrumque rigorem
reddit. Hiemps sequitur crepitans hanc dentibus algu.
quo minus est mirum, si certo tempore luna
gignitur et certo deletur tempore rusus,
cum fieri possint tam certo tempore multa.

  •           Los eclipses (751-770)
Solis item quoque defectus lunaeque latebras
pluribus e causis fieri tibi posse putandumst.
nam cur luna queat terram secludere solis
lumine et a terris altum caput obstruere ei,
obiciens caecum radiis ardentibus orbem,
tempore eodem aliut facere id non posse putetur
corpus, quod cassum labatur lumine semper?
solque suos etiam dimittere languidus ignis
tempore cur certo nequeat recreareque lumen,
cum loca praeteriit flammis infesta per auras,
quae faciunt ignis interstingui atque perire?
et cur terra queat lunam spoliare vicissim
lumine et oppressum solem super ipsa tenere,
menstrua dum rigidas coni perlabitur umbras,
tempore eodem aliud nequeat succurrere lunae
corpus vel supra solis perlabier orbem,
quod radios inter rumpat lumenque profusum?
et tamen ipsa suo si fulget luna nitore,
cur nequeat certa mundi languescere parte,
dum loca luminibus propriis inimica per exit?


BIBLIOGRAFÍA
The Latin library: recurso en línea con dirección http://www.thelatinlibrary.com/ Todos los textos en latín han sido tomados de esta página.
Bonifaz Nuño, R. (2013). Lucrecio. De la natura de las cosas, Universidad Nacional Autónoma de México.
Codoñer, C. (1997). Historia de la literatura latina, Madrid: Cátedra.
Socas, F. (2003). Lucrecio. La naturaleza, Madrid: Gredos.



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