TEMA 5
El autor
En este
nuevo tema nos dedicaremos, no solo a contemplar la obra de Lucrecio sino
también la tradición clásica que lleva esta tras de sí. Antes que nada, hemos
de tener en cuenta que no poseemos muchos datos acerca de la vida del autor, y,
la mayoría de veces, son los testimonios de otras personalidades las que nos
facilitan alguna información. Así, San Jerónimo en sus Crónicas,
concretamente en 94a, indica que nació en el año 94 a. C., muriendo con
cuarenta y cuatro años de edad en el 50 a. C. Aun así, hay, tal y como indica
F. Socas en la introducción de De rerum natura (Gredos, p. 7), muchos
estudiosos que sitúan su nacimiento y muerte en otras fechas que no difieren
mucho de las sugeridas por San Jerónimo.
Teniendo
en cuenta, pues, el marco histórico en el que vivió, Tito Lucrecio Caro pudo
presenciar el momento de inestabilidad que produjo la guerra entre Sila y
Mario, por lo que, es posible que a partir de las múltiples matanzas y
proscripciones que abundaba en su época, Lucrecio hablase horrorizado de todos
aquellos que se dedicaban a amasar grandes cantidades de riqueza con la muerte
de los ciudadanos. Algo importante y que marcó su vida fue tener la oportunidad
de tener un maestro tal como Epicuro. No se sabe en qué lugar nació, pero no
parece muy desacertado suponer que se situara en torno a la región de Campania,
pues por estos lugares había numerosos seguidores de la filosofía epicúrea. Sin
embargo, F. Socas (p. 8) sugiere otros lugares como la Galia Cisalpina, de
donde provenían los poetas Ovidio y Catulo, pero subraya, sobre todo, que lo
más probable era que habitara en Roma durante muchísimos años, debido a
bastantes detalles como los entrenamientos de los soldados en el Campo de
Marte, Las procesiones en honor a la diosa Cibeles que tenían carácter
orgiástico o incluso las representaciones de teatro y de escenografía en
palacio, todos ellos propios de esta ciudad de la que hablamos.
En cuanto
a su status social, al igual que con los datos anteriores, únicamente
podemos exponer algunas tesis. Por un lado, teniendo en cuenta que en los
Fastos aparecía la familia de los Lucretii como detentadores de poder
magistral, podemos concluir que era posible que perteneciera a una familia
noble. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, a pesar de que esta gens
poseía un título ilustre y antiguo, también tenía miembros pertenecientes a la plebs.
Por otro, si tomamos su cognomen: Caro, cabe la posibilidad de
relacionarlo con un linaje de origen celta, al cual pertenecían en muchas ocasiones
gran parte de esclavos, llegándose incluso a afirmar que Lucrecio podría haber
sido un liberto (F. Socas, p. 9). Algo que hace posible esta tesis es el hecho
de que en la obra que vamos a comentar estaba dedicada, como podemos ver en el
libro I, a un hombre famoso por su riqueza y poder llamado Memio, aunque las
palabras que le dirige son más bien propias de un amigo o de un maestro a su
discípulo.
En lo que
a formación se refiere, no se sabe con certeza si hizo algún viaje a Grecia
para instruirse, si bien su cognomen aparece en un grupo de seguidores
del epicureísmo en la isla de Rodas. Asimismo, se desconoce si se casó o no,
aunque encontramos algunos versos en el libro IV acerca de peleas matrimoniales
y de prácticas que favorecían a la fecundidad de, literalmente, nostris coniugibus
(IV, 1277). De todos modos, no es un argumento tan sólido como para poder
afirmar que tuviera esposa alguna.
Finalmente,
de su muerte hay una leyenda que secundó San Jerónimo, en el mismo pasaje de su
obra ya citada, que gira en torno a la acción de un filtro de amor que lo había
enloquecido, si bien añadía que, en sus momentos de lucidez, dedicó tiempo a su
obra, que habría sido corregida por el propio Cicerón, pero terminaría por
quitarse la vida en el año 44 a. C. En estos momentos, ya se había producido el
ascenso al poder de César, Pompeyo y Craso, al igual que la conjuración de
Catilina, hechos que Lucrecio no plasmó en su composición. Lo que sí fue
favorable en estos tiempos fue la difusión de la filosofía de Epicuro por el
territorio que comprendía a Grecia y a Roma. Por esta misma razón, debemos
observar De rerum natura como una obra de carácter propagandístico que
funcionaba, a su vez, como poema de tipología didáctica. Cabe destacar dos
elementos que fue capaz de combinar Lucrecio: el de ars e ingens,
algo que era propio del genio filosófico, ya desde la época de Platón.
La obra
·
Fuentes e influencias
Sin lugar a dudas, tenemos que vincular, por encima de todo, la obra
que nos ocupa de Lucrecio con las de Epicuro. No obstante, estas no las hemos
conservado, pero Diógenes Laercio juega un papel muy importante en este
sentido, en tan en cuanto llevó a cabo una biografía epicúrea en la que incluyó
unas opiniones principales de este, así como tres epístolas, la primera
dirigida a Heródoto en la que trata temática física, lo cual se correspondería
con los libros I, II y V de De rerum natura; la segunda a Pitocles, en
donde habla de elementos meteorológicos, como hace Lucrecio en su libro VI; y
la última de eje temático en torno a la ética, que se halla por todo el poema,
cuyo receptor había sido Meneceo.
Por otro lado, esta vez una terracota encontrada en 1888 a la cual se
le atribuyó el nombre de Gnomologio Vaticano, contiene ochenta y una
sentencias que tenían que ver con ideas básicas y sencillas que defienden que
lo que conduce al hombre a ir por el mundo exitosamente no son las verdades
absolutas, sino las certezas más simples. Cada una de las sentencias aborda
cuestiones fundamentales de la vida cotidiana del ser humano y Epicuro, a
partir de estas, sugería que hay diferentes tipos de placeres: los que son a la
vez naturales y necesarios, los naturales pero no necesarios, tales como la
riqueza, el lujo, el refinamiento entre otras cosas; y, finalmente, los que no
son ni naturales ni necesarios, como la fama, la gloria o el poder. De este
modo, defiende que se deben cultivar los placeres que expusimos en primer
lugar, siempre y cuando se quisiera alcanzar la felicidad, y se basaban en la
vivienda, la alimentación, el vestido, la amistad, la libertad, el consuelo y
la comodidad, no solo la que nos aporta el uso del pensamiento, sino también el
del poder hablar. Por último, en relación al Gnomologio Vaticano, cabe
destacar los temas que encierra. Entre ellos se encuentran la libertad, en el
sentido de buscar el placer a través del desprendimiento de los placeres
naturales innecesarios y los antinaturales e innecesarios, del abandono de todo
temor hacia los dioses y hacia la muerte. Por otro lado, también forma parte
del eje temático la amistad, la liberación de la política y del negocio, ya que
son una prisión para el hombre; la sabiduría, la virtud y la justicia, en tanto
en cuanto hacen feliz al hombre; y, finalmente, la filosofía como medio por el
cual cada individuo puede alcanzar la felicidad.
Así pues, no cabe duda de que Lucrecio toma la filosofía epicúrea para
su obra, pero no se basa en ningún texto de Epicuro en concreto, ya que su
propósito es condensar y rehacer una obra a partir de sus palabras, tal y como
afirma en el verso 12 del libro III: omnia nos itidemdepascimur aurea dicta.
Por tanto, De rerum natura es un poema en el que se reúne un conjunto de
doctrinas en el que se tiene en cuenta el espacio físico en donde anda
encerrado el hombre, así como las posibilidades, garantías y maneras que tiene
este de poder llegar a ser feliz.
Por otra parte, la composición lucreciana también tiene en cuenta a
los filósofos que precedieron a Sócrates y que, obviamente, se adentraron en el
terreno de la naturaleza. Contemplamos, pues, los hexámetros de Jenófanes,
Parménides y Empédocles, así como a los atomistas Leucipo y Demócrito, sobre
los cuales se asentaron las bases de la física de Epicuro, y los mismos que
sirvieron a Lucrecio para hacer una fusión de la tradición de los presocráticos
con el pensamiento de su propio maestro. No obstante, de todos los anteriores a
Sócrates, fue Empédocles el que más caló en el autor que nos ocupa, y es que
los cincuenta versos que se conservan del Περί φύσεως fueron más que
suficientes para observar la concepción del mundo empedocleo mediante unos
cuantos principios básicos que se sumergían, sobre todo, en la complejidad de
los seres vivos. Es más, podemos establecer una serie de concordancia entre los
versos griegos y los de Lucrecio: en primer lugar está el hecho de la seguridad
que emanaba de Empédocles, la cual, según la opinión de F. Socas (p. 20),
rozaba la fanfarronería. Esto se correspondía con la confianza y el entusiasmo
que mostraba el autor latino en el prólogo de su obra. Por otro lado, el heleno
trataba los límites del concomimiento del hombre y la fugacidad de la vida,
algo muy cercano a lo que llevó a cabo Lucrecio. Más destacables son dos
paralelismos claros: la invocación a la Musa al comienzo del poema y una
persona a quien se dedica la obra junto con la alabanza de otra, en el caso
griego, Pausanias y Pitágoras respectivamente; en el latino, Memio y Epicuro.
Vemos, por tanto, que Empédocles es otro claro antecedente de Lucrecio, con el
cual podríamos enumerar algunas otras correspondencias.
Por otra parte, en Roma también hay otros modelos, como el caso de los
Empedoclea de un Salustio que no ha de ser el mismo historiador, así
como el Carmen Pythagoreum de un censor del siglo IV a. C., Apio
Claudio, de cuya obra no tenemos muchos datos, si bien hay información que
sugiere que se trata de meros aforismos. Otro autor que tradujo una obra acerca
de la naturaleza bajo el título de Epicharmus fue Ennio. Por su parte, Macrobio hace
alusión a un tal Egnacio y a un De
rerum natura; en el libro X de la
biografía de Pompeyo, Plutarco nos habla de una composición místico-filosófica
que estaba inspirada en el estoicismo llevada a cabo por Quinto Valerio Sorano.
Así pues, teniendo en cuenta las fuentes,
podemos concluir que la obra de Lucrecio es todo un reflejo de una larga
tradición literaria que no se sumerge únicamente en el terreno filosófico, sino
también en la épica, la tragedia, la lírica, la historia o la sátira. Y es que
tenía nociones de Homero, Hesíodo, Eurípides, Tucídides, Safo, Calímaco y otros
poetas de época helenística, Ennio, Salustio o Catulo, cuya huella es
perceptible en muchas partes de la composición lucreciana.
·
El epicureísmo en Lucrecio
Por lo que respecta al pensamiento de Epicuro en Roma, ha de quedar
claro que estuvo presente en un tiempo muy temprano, pero fugaz. Así lo
atestiguan Eliano, en su Varia historia (IX, 12) y Ateneo (XII, 547),
que afirman que todos y cada uno de los epicúreos de origen griego que se
encontraban en Roma fueron expulsados, si bien, mediante un senadoconsulto se
prohibió la apertura de una escuela epicúrea en la ciudad. Y es que el siglo I
a. C. en la gran ciudad romana se corresponde con un momento de innovación, en
tanto en cuanto surge el círculo neotérico en el ámbito de la poesía, el
aticismo en la oratoria y el epicureísmo en el terreno filosófico. Más
destacable aún es que las tres corrientes estaban muy ligadas entre sí, de tal
modo que Memio, el destinatario de De rerum natura, tenía relación con
el neotérico Catulo, pues este pertenecía a su cohorte. Es más, el propio
Nepote en su biografía de Ático, concretamente en el pasaje correspondiente al
XII 4, se refiere a Lucrecio y al elegíaco mencionado como los dos mejores
poetas de su época. Otro ejemplo destacable del vínculo de las tres vertientes
artísticas es César, que estaba cercano al pensamiento de Epicuro y al
aticismo; y, sobre todo, Cicerón, que nunca habló en contra de las tres.
Así pues, hemos de concebir al epicureísmo en la época de Lucrecio
como una filosofía que no solo se basaba en textos, sino que incluso se
mantenía viva con una fuerza tal que el autor de De rerum natura seguía
desarrollando la doctrina de su maestro. Además, esta corriente tendía a
extenderse y, tal y como señala F. Socas (p. 24): “fue la única filosofía
misionera y proselitista que hubo en Grecia”. Esto lo vemos en el hecho de que
buscaba el apego del hombre que se hallaba perdido y sufriente, con el objetivo
de salvarlo y conmover, a su vez, a la sociedad. Y así lo indica el propio
Cicerón en De finibus bonorum et malorum (II, 49): non solum Graecia et Italia, sed etiam omnis barbaria
commota est, añadiendo en sus Quaestiones
Tusculanae (IV, 3, 7) que los epicúreos Italiam totam occupaverunt. En
esta misma obra aseguraba que, dada su facilidad de compresión y por la
seducción del placer, o bien porque era lo que estaba más a mano, la mayor
parte de las personas, fueran de la clase que fuesen, simpatizaban con esta
vertiente filosófica, has tal punto que la única filosofía que se editaba en
aquel entonces no salía fuera delos límites del pensamiento de Epicuro.
Concretamente en
Lucrecio, veremos de qué manera se refleja el epicureísmo: en un primer plano
destaca su amor por la escritura. Al contrario que Sócrates, pone por escrito
sus conocimientos acerca de la naturaleza y las comporte con sus discípulos,
por los que siente un gran apego. Vemos, pues, una tarea que desempeña el autor
a la hora de transmitir por escrito (ya a partir de una traducción hecha por
él, ya por atreverse a componer en latín) una filosofía que había nacido mucho
antes que él y que gozaba de una tradición literaria muy rica.
Por otra parte, al
igual que su maestro Epicuro, Lucrecio esta ajeno a todo dogmatismo, de modo
que presta a tención de manera abierta a las opiniones del resto de
interlocutores. Por esta misma razón, De rerum natura, deja de ser una
obra meramente teórica, para convertirse en un método de persuasión con el fin
de convencer a todo el que acceda a ella, a quien Lucrecio, a modo de apóstol,
tiene como objetivo convertirlo. Por este carácter regenerador que caracteriza
al epicureísmo, muy cercano a ese afán por el mos maiorum, en Roma
adquiere mucho prestigio. Por su parte, el autor de la obra que nos ocupa se
había encargado de hacer ver, sin llegar a decirlo, que esta corriente
filosófica era un instrumento con el cual llegar a curar las enfermedades
sociales que azotaban a la ciudad.
Asimismo, hemos de
dejar claro que la filosofía de Epicuro estaba destinada a todo aquel que
quisiera acogerse a ella, algo que mostraba cierto elitismo a dicha escuela. No
obstante, sí que demostraba una clara oposición hacia el resto de doctrinas
filosóficas, si bien proponía el placer como mecanismo ligado a cualquier acto
moral y desechaba toda idea que señalara a los dioses como entes creadores del
universo e interventores en la historia. Por eso, Lucrecio tiene la misión de
suprimir toda actuación religiosa en el mundo a partir del desvelamiento de los
enigmas de la física, tal y como indica F. Socas (p. 27) y el mismo autor de De
rerum natura: laudis spes magna (I, 923). Con estas palabras muestra
la esperanza que tiene de obtener la gloria, no tanto gracias a sus palabras y
versos, sino, más bien, de la manera que hemos señalado en relación al ámbito
físico.
Finalmente, en
relación al epicureísmo, hemos de establecer una diferencia clara con respecto
al resto de sectae. Por encima de todo, mientras el resto de corrientes
filosóficas estaban abiertas al cambio, el pensamiento de Epicuro, en cambio,
no fue transformado por ninguno de sus seguidores. Y es que el propio Lucrecio
lo exalta como si de una divinidad se tratara, tal y como podemos observar en
diferentes partes de su obra. Le adjunta el apelativo de victor en el
verso 75 del libro I, pater y rerum inventor (III, 9) y en el
verso 19 del quinto libro deus, entre otros ejemplos.
·
Estructura
En este punto pretendemos mostrar que De rerum natura se trata
de una obra que trata el mundo como realidad totalmente objetiva. Se trata de
un todo que presenta unas partes bien marcadas y definidas. Así, es posible
dividir el poema en tres, una para cada par de libros, de manera que el I y el
II se corresponderían con la primera parte, que tocan el tema de los átomos y
el universo como objeto total y único; los libros III y IV se encargan de
explicar la naturaleza del alma y de la mente con sus respectivas acciones; y,
finalmente, los que nos interesa dentro de nuestro bloque son los dos últimos,
el V y el VI, los cuales abordan los movimientos de los cuerpos celestes, la
historia, no solo del mundo, sino también la de la humanidad; los fenómenos
meteorológicos y las epidemias. Cabe destacar que cada una de los tres segmentos
que dividen la composición presenta un final pesimista del mundo, si bien la
primera habla del fin del mundo, la segunda de los desvaríos ocasionados por la
pasión amorosa y la última de la peste que azotó a Atenas.
En lo que respecta a los dos primeros libros, nos encontramos ante una
fisiología del mundo, en tanto en cuanto trata, tal y como afirma F. Socas (p.
31), “la naturaleza íntima y total de las cosas”, así como los átomos y el
universo. Sin embargo, si ahondamos en estos, observamos afirmaciones importantes
en el terreno del epicureísmo, si bien Lucrecio señala que nada viene de la
nada y nada se vuelve nada, que la materia está compuesta de cuerpos invisibles
que se encuentran en el vacío. Estos son los ya mencionados átomos. De esta
manera, todas las cosas son una combinación de estos y de vacío, siendo el
resto una propiedad o consecuencia de ellos. Asimismo sugiere que los átomos
son infinitos, indivisibles y eternos, así como el universo, que abarca todo,
por lo que no hay nada fuera de él. Una vez que los átomos se mueven, siempre
hacia abajo por su propio peso, producen el mundo y los hombres. Por tanto,
vemos cómo no hay intervención divina en el origen de ambos. Asimismo, estas
partículas que no se pueden dividir carecen de color, olor, sabor o
temperatura, y los hay de muchas clases y formas. El libro II finaliza con la
sugerencia de que hay un número infinito de mundos que se forman y que se
destruyen.
Así, vemos que la primera parte de De rerum natura se encarga
de explicar el mundo en relación a la materia y a su movimiento. Los átomos son
tratados en la obra como semina rerum (I, 59). Asimismo, guardan
relación con el proceso de nacimiento, alimento y muerte de los seres vivos, de
manera que todo se arma y se desarma, no se destruye nada, sino que sufre una
transformación en cuanto a materia se refiere.
A partir de aquí nos vamos a referir a la segunda parte que abarcan,
como ya hemos visto, los libros III y IV. En este punto de la obra, Lucrecio desarrolla
una importante idea que gira en torno a que el hombre está compuesto por anima
y mens (III, 94-417) formadas estas, a su vez, por átomos lisos y
redondeados que facilitan su fluidez. Por un lado, el alma es mortal debido a
que tiene una naturaleza atómica, depende del cuerpo en la hora del nacimiento
del hombre y de su desarrollo y a que los sentidos no pueden actuar por sí
mismos. Además, no el alma no existía antes del nacimiento del cuerpo (III,
418-805).
En esta segunda parte se hace alusión al dolor, a los sentidos como
simulacros que emiten las cosas. Se habla de las causas de la sed y del hambre
(movimientos ocasionados por la pérdida de átomos), de los efectos producidos
por el gusto, el tacto, el oído y la vista, así como las causas del sueño y de
las alucinaciones. De este modo el autor concluye que la muerte es la que acaba
con todo tipo de sensaciones.
Finalmente, hemos de aclarar que los dos últimos libros los
expondremos en el siguiente punto, dado que son los que se corresponden con lo
que nos ocupa en este bloque: el estudio de los astros.
·
La astronomía en De rerum natura
Desde la antigüedad, la cosmología era la ciencia que se encargaba de
la explicación del mundo en su totalidad, si bien la meteorología abordaba los
fenómenos atmosféricos y los astros. Estas dos disciplinas son las que se
encuentran en los libros V y VI, cuya base está asentada en la concepción
atomista del mundo. Y es que el pensamiento epicúreo señalaba que el mundo era mortal
y que el origen de los cuerpos celestes estaba totalmente desligado a intervención
divina alguna. Los argumentos que utiliza Lucrecio para reafirmar esta idea es
que si el universo fuera imperecedero, “guardaría memoria de civilizaciones
incontables, tendría una solidez absoluta, no poseería un espacio exterior
desde donde recibir golpes y no mostraría conflictos entre sus partes y
elementos que presagian su fin” (F. Socas, p. 38).
Así pues, sugiere que el mundo se habría formado a partir de un
aglomerado aleatorio de átomos que se habrían dispuesto en elementos de tierra,
mar, aire y éter a causa de su peso. En lo que concierne a los cuerpos
celestes, al sostenimiento de la tierra en el ámbito espacial, al sol y la
luna, no solo sus dimensiones, sino también lo que atañe a su luz y calor y a
las fases del segundo cuerpo; al día, a la noche y a los eclipses. Todo esto se
contempla en el libro V, concretamente, en los versos que van del 509 al 770.
En relación a la tierra en particular, Lucrecio indica que nacieron
plantas y monstruos de los cuales sobrevivieron los que eran más capaces y
armoniosos. A partir de ella también surge el ser humano que empezó a
organizarse en comunidades primitivas. Estas evolucionaron hasta tal punto que
desarrollaron la articulación del lenguaje, el uso del fuego, las prácticas
religiosas, la metalurgia, los conflictos bélicos, el vestido, la agricultura,
la música y el canto. La raza humana, pues, gozaba de una sencilla felicidad
hasta el momento en el que desarrolló aún más la civilización (V, 925-1457). No
olvidemos que no hubo intervención de ninguna deidad en la creación del ser
humano, así como tampoco la hubo en la de los meteoros. Lucrecio también da
explicaciones no solo para los fenómenos atmosféricos como el trueno, el rayo,
las corrientes de agua, las nubes o la lluvia, sino también para los que se
daban en la tierra, entendiéndose los terremotos, los volcanes, las crecidas de
ríos como el Nilo, las aguas que emanan gases, los pozos y manantiales que al
mismo tiempo que se calientan, se enfrían; el magnetismo y las epidemias.
Epicuro, por su parte, afirmaba que “el estudio y el conocimiento de
la naturaleza no es para el sabio un fin en sí mismo, sino que tiene como meta
el proporcionar sólidos fundamentos a la vida dichosa” (F. Socas, p. 39). Por
eso, Lucrecio no piensa que la naturaleza sea una creación perfecta de los
dioses, sino que se ha creado de manera improvisada a sí misma, de manera que,
tal y como señala en su poema, la naturaleza podría resultar malvada para el
hombre (V, 199), de ahí, que sugiera que esta no nos acoge en el momento de
nuestro nacimiento, sino que, una vez que somos conscientes de que somos como
náufragos que hemos sido arrojados por las fieras olas (V, 222-223), nos
podemos salvar de ella.
A partir de aquí, el hombre es capaz de reflexionar y de inventar,
aunque no es su ingenio el que lo acerca a la idea de progreso, sino más bien,
el control de los conflictos interiores y la vida moderada. Si aparte de esto, vemos que
Epicuro indica que, en relación a los astros, debe forjarse una opinión basada
en las apariencias, estaremos de acuerdo en que este y sus seguidores conciben
la ciencia como conocimiento puro de las realidades físicas, pero siempre al
servicio de un ideal ético y social. Por eso, el pensamiento epicúreo en boca
de Lucrecio nos dice que es la propia eventualidad del hombre la que debe
hacerlo manso, solidario y dichoso.
Textos que atañen a astronomía
- Las causas que originan el movimiento de los cuerpos celestes (V, 509-533)
Motibus
astrorum nunc quae sit causa canamus.
principio magnus caeli si vortitur
orbis,
ex utraque polum parti premere aëra nobis
dicendum est extraque tenere et claudere utrimque;
inde alium supra fluere atque intendere eodem
quo volvenda micant aeterni sidera mundi;
aut alium supter, contra qui subvehat orbem,
ut fluvios versare rotas atque austra videmus.
est etiam quoque uti possit caelum omne manere
in statione, tamen cum lucida signa ferantur,
sive quod inclusi rapidi sunt aetheris aestus
quaerentesque viam circum versantur et ignes
passim per caeli volvunt summania templa,
sive aliunde fluens alicunde extrinsecus aër
versat agens ignis, sive ipsi serpere possunt,
quo cuiusque cibus vocat atque invitat euntis,
flammea per caelum pascentis corpora passim.
nam quid in hoc mundo sit eorum ponere certum
difficilest; sed quid possit fiatque per omne
in variis mundis varia ratione creatis,
id doceo plurisque sequor disponere causas,
motibus astrorum quae possint esse per omne;
e quibus una tamen sit et haec quoque causa necessest,
quae vegeat motum signis; sed quae sit earum
praecipere haud quaquamst pedetemptim progredientis.
ex utraque polum parti premere aëra nobis
dicendum est extraque tenere et claudere utrimque;
inde alium supra fluere atque intendere eodem
quo volvenda micant aeterni sidera mundi;
aut alium supter, contra qui subvehat orbem,
ut fluvios versare rotas atque austra videmus.
est etiam quoque uti possit caelum omne manere
in statione, tamen cum lucida signa ferantur,
sive quod inclusi rapidi sunt aetheris aestus
quaerentesque viam circum versantur et ignes
passim per caeli volvunt summania templa,
sive aliunde fluens alicunde extrinsecus aër
versat agens ignis, sive ipsi serpere possunt,
quo cuiusque cibus vocat atque invitat euntis,
flammea per caelum pascentis corpora passim.
nam quid in hoc mundo sit eorum ponere certum
difficilest; sed quid possit fiatque per omne
in variis mundis varia ratione creatis,
id doceo plurisque sequor disponere causas,
motibus astrorum quae possint esse per omne;
e quibus una tamen sit et haec quoque causa necessest,
quae vegeat motum signis; sed quae sit earum
praecipere haud quaquamst pedetemptim progredientis.
- La sustentación de la tierra (534-563)
Terraque ut in media mundi regione
quiescat,
evanescere paulatim et decrescere pondus
convenit atque aliam naturam supter habere
ex ineunte aevo coniunctam atque uniter aptam
partibus aëriis mundi, quibus insita vivit.
propterea non est oneri neque deprimit auras,
ut sua cuique homini nullo sunt pondere membra
nec caput est oneri collo nec denique totum
corporis in pedibus pondus sentimus inesse;
at quae cumque foris veniunt inpostaque nobis
pondera sunt laedunt, permulto saepe minora.
usque adeo magni refert quid quaeque queat res.
sic igitur tellus non est aliena repente
allata atque auris aliunde obiecta alienis,
sed pariter prima concepta ab origine mundi
certaque pars eius, quasi nobis membra videntur.
Praeterea grandi tonitru concussa repente
terra supra quae se sunt concutit omnia motu;
quod facere haut ulla posset ratione, nisi esset
partibus aëriis mundi caeloque revincta;
nam communibus inter se radicibus haerent
ex ineunte aevo coniuncta atque uniter aucta.
Nonne vides etiam quam magno pondere nobis
sustineat corpus tenuissima vis animai,
propterea quia tam coniuncta atque uniter apta est?
Denique iam saltu pernici tollere corpus
quid potis est nisi vis animae, quae membra gubernat?
iamne vides quantum tenuis natura valere
possit, ubi est coniuncta gravi cum corpore, ut aër
coniunctus terris et nobis est animi vis?
evanescere paulatim et decrescere pondus
convenit atque aliam naturam supter habere
ex ineunte aevo coniunctam atque uniter aptam
partibus aëriis mundi, quibus insita vivit.
propterea non est oneri neque deprimit auras,
ut sua cuique homini nullo sunt pondere membra
nec caput est oneri collo nec denique totum
corporis in pedibus pondus sentimus inesse;
at quae cumque foris veniunt inpostaque nobis
pondera sunt laedunt, permulto saepe minora.
usque adeo magni refert quid quaeque queat res.
sic igitur tellus non est aliena repente
allata atque auris aliunde obiecta alienis,
sed pariter prima concepta ab origine mundi
certaque pars eius, quasi nobis membra videntur.
Praeterea grandi tonitru concussa repente
terra supra quae se sunt concutit omnia motu;
quod facere haut ulla posset ratione, nisi esset
partibus aëriis mundi caeloque revincta;
nam communibus inter se radicibus haerent
ex ineunte aevo coniuncta atque uniter aucta.
Nonne vides etiam quam magno pondere nobis
sustineat corpus tenuissima vis animai,
propterea quia tam coniuncta atque uniter apta est?
Denique iam saltu pernici tollere corpus
quid potis est nisi vis animae, quae membra gubernat?
iamne vides quantum tenuis natura valere
possit, ubi est coniuncta gravi cum corpore, ut aër
coniunctus terris et nobis est animi vis?
- Dimensiones solares y lunares (564-591)
Nec nimio solis maior rota nec minor
ardor
esse potest, nostris quam sensibus esse videtur.
nam quibus e spatiis cumque ignes lumina possunt
adiicere et calidum membris adflare vaporem,
nil magnis intervallis de corpore libant
flammarum, nihil ad speciem est contractior ignis.
proinde, calor quoniam solis lumenque profusum
perveniunt nostros ad sensus et loca fulgent,
forma quoque hinc solis debet filumque videri,
nil adeo ut possis plus aut minus addere vere.
[perveniunt nostros ad sensus et loca fulgent]
lunaque sive notho fertur loca lumine lustrans,
sive suam proprio iactat de corpore lucem,
quidquid id est, nihilo fertur maiore figura
quam, nostris oculis qua cernimus, esse videtur.
nam prius omnia, quae longe semota tuemur
aëra per multum, specie confusa videntur
quam minui filum. quapropter luna necesse est,
quandoquidem claram speciem certamque figuram
praebet, ut est oris extremis cumque notata,
quanta quoquest, tanta hinc nobis videatur in alto.
postremo quos cumque vides hinc aetheris ignes,
scire licet perquam pauxillo posse minores
esse vel exigua maioris parte brevique.
esse potest, nostris quam sensibus esse videtur.
nam quibus e spatiis cumque ignes lumina possunt
adiicere et calidum membris adflare vaporem,
nil magnis intervallis de corpore libant
flammarum, nihil ad speciem est contractior ignis.
proinde, calor quoniam solis lumenque profusum
perveniunt nostros ad sensus et loca fulgent,
forma quoque hinc solis debet filumque videri,
nil adeo ut possis plus aut minus addere vere.
[perveniunt nostros ad sensus et loca fulgent]
lunaque sive notho fertur loca lumine lustrans,
sive suam proprio iactat de corpore lucem,
quidquid id est, nihilo fertur maiore figura
quam, nostris oculis qua cernimus, esse videtur.
nam prius omnia, quae longe semota tuemur
aëra per multum, specie confusa videntur
quam minui filum. quapropter luna necesse est,
quandoquidem claram speciem certamque figuram
praebet, ut est oris extremis cumque notata,
quanta quoquest, tanta hinc nobis videatur in alto.
postremo quos cumque vides hinc aetheris ignes,
scire licet perquam pauxillo posse minores
esse vel exigua maioris parte brevique.
- El sol: su luz y su calor (592-613)
Illud item non est mirandum,
qua ratione
tantulus ille queat tantum sol mittere lumen,
quod maria ac terras omnis caelumque rigando
compleat et calido perfundat cuncta vapore.
[quanta quoquest tanta hinc nobis videatur in alto]
nam licet hinc mundi patefactum totius unum
largifluum fontem scatere atque erumpere lumen,
ex omni mundo quia sic elementa vaporis
undique conveniunt et sic coniectus eorum
confluit, ex uno capite hic ut profluat ardor.
nonne vides etiam quam late parvus aquai
prata riget fons inter dum campisque redundet?
est etiam quoque uti non magno solis ab igni
aëra percipiat calidis fervoribus ardor,
opportunus ita est si forte et idoneus aër,
ut queat accendi parvis ardoribus ictus;
quod genus inter dum segetes stipulamque videmus
accidere ex una scintilla incendia passim.
forsitan et rosea sol alte lampade lucens
possideat multum caecis fervoribus ignem
circum se, nullo qui sit fulgore notatus,
aestifer ut tantum radiorum exaugeat ictum.
tantulus ille queat tantum sol mittere lumen,
quod maria ac terras omnis caelumque rigando
compleat et calido perfundat cuncta vapore.
[quanta quoquest tanta hinc nobis videatur in alto]
nam licet hinc mundi patefactum totius unum
largifluum fontem scatere atque erumpere lumen,
ex omni mundo quia sic elementa vaporis
undique conveniunt et sic coniectus eorum
confluit, ex uno capite hic ut profluat ardor.
nonne vides etiam quam late parvus aquai
prata riget fons inter dum campisque redundet?
est etiam quoque uti non magno solis ab igni
aëra percipiat calidis fervoribus ardor,
opportunus ita est si forte et idoneus aër,
ut queat accendi parvis ardoribus ictus;
quod genus inter dum segetes stipulamque videmus
accidere ex una scintilla incendia passim.
forsitan et rosea sol alte lampade lucens
possideat multum caecis fervoribus ignem
circum se, nullo qui sit fulgore notatus,
aestifer ut tantum radiorum exaugeat ictum.
- Las órbitas de los cuerpos celestes (614-649)
Nec ratio solis simplex [et] recta
patescit,
quo pacto aestivis e partibus aegocerotis
brumalis adeat flexus atque inde revertens
canceris ut vertat metas ad solstitialis,
lunaque mensibus id spatium videatur obire,
annua sol in quo consumit tempora cursu.
non, inquam, simplex his rebus reddita causast.
nam fieri vel cum primis id posse videtur,
Democriti quod sancta viri sententia ponit,
quanto quaeque magis sint terram sidera propter,
tanto posse minus cum caeli turbine ferri;
evanescere enim rapidas illius et acris
imminui supter viris, ideoque relinqui
paulatim solem cum posterioribus signis,
inferior multo quod sit quam fervida signa.
et magis hoc lunam: quanto demissior eius
cursus abest procul a caelo terrisque propinquat,
tanto posse minus cum signis tendere cursum.
flaccidiore etiam quanto iam turbine fertur
inferior quam sol, tanto magis omnia signa
hanc adipiscuntur circum praeterque feruntur.
propterea fit ut haec ad signum quodque reverti
mobilius videatur, ad hanc quia signa revisunt.
fit quoque ut e mundi transversis partibus aër
alternis certo fluere alter tempore possit,
qui queat aestivis solem detrudere signis
brumalis usque ad flexus gelidumque rigorem,
et qui reiciat gelidis a frigoris umbris
aestiferas usque in partis et fervida signa.
et ratione pari lunam stellasque putandumst,
quae volvunt magnos in magnis orbibus annos,
aëribus posse alternis e partibus ire.
nonne vides etiam diversis nubila ventis
diversas ire in partis inferna supernis?
qui minus illa queant per magnos aetheris orbis
aestibus inter se diversis sidera ferri?
quo pacto aestivis e partibus aegocerotis
brumalis adeat flexus atque inde revertens
canceris ut vertat metas ad solstitialis,
lunaque mensibus id spatium videatur obire,
annua sol in quo consumit tempora cursu.
non, inquam, simplex his rebus reddita causast.
nam fieri vel cum primis id posse videtur,
Democriti quod sancta viri sententia ponit,
quanto quaeque magis sint terram sidera propter,
tanto posse minus cum caeli turbine ferri;
evanescere enim rapidas illius et acris
imminui supter viris, ideoque relinqui
paulatim solem cum posterioribus signis,
inferior multo quod sit quam fervida signa.
et magis hoc lunam: quanto demissior eius
cursus abest procul a caelo terrisque propinquat,
tanto posse minus cum signis tendere cursum.
flaccidiore etiam quanto iam turbine fertur
inferior quam sol, tanto magis omnia signa
hanc adipiscuntur circum praeterque feruntur.
propterea fit ut haec ad signum quodque reverti
mobilius videatur, ad hanc quia signa revisunt.
fit quoque ut e mundi transversis partibus aër
alternis certo fluere alter tempore possit,
qui queat aestivis solem detrudere signis
brumalis usque ad flexus gelidumque rigorem,
et qui reiciat gelidis a frigoris umbris
aestiferas usque in partis et fervida signa.
et ratione pari lunam stellasque putandumst,
quae volvunt magnos in magnis orbibus annos,
aëribus posse alternis e partibus ire.
nonne vides etiam diversis nubila ventis
diversas ire in partis inferna supernis?
qui minus illa queant per magnos aetheris orbis
aestibus inter se diversis sidera ferri?
·
El día y la noche (650-704)
At nox obruit ingenti caligine terras,
aut ubi de longo cursu sol ultima caeli
impulit atque suos efflavit languidus ignis
concussos itere et labefactos aëre multo,
aut quia sub terras cursum convortere cogit
vis eadem, supra quae terras pertulit orbem.
Tempore item certo roseam Matuta per oras
aetheris auroram differt et lumina pandit,
aut quia sol idem, sub terras ille revertens,
anticipat caelum radiis accendere temptans,
aut quia conveniunt ignes et semina multa
confluere ardoris consuerunt tempore certo,
quae faciunt solis nova semper lumina gigni;
quod genus Idaeis fama est e montibus altis
dispersos ignis orienti lumine cerni,
inde coire globum quasi in unum et conficere orbem.
nec tamen illud in his rebus mirabile debet
esse, quod haec ignis tam certo tempore possint
semina confluere et solis reparare nitorem.
multa videmus enim, certo quae tempore fiunt
omnibus in rebus. florescunt tempore certo
arbusta et certo dimittunt tempore florem.
nec minus in certo dentes cadere imperat aetas
tempore et inpubem molli pubescere veste
et pariter mollem malis demittere barbam.
fulmina postremo nix imbres nubila venti
non nimis incertis fiunt in partibus anni.
namque ubi sic fuerunt causarum exordia prima
atque ita res mundi cecidere ab origine prima,
conseque quoque iam redeunt ex ordine certo.
Crescere itemque dies licet et tabescere noctes,
et minui luces, cum sumant augmina noctis,
aut quia sol idem sub terras atque superne
imparibus currens amfractibus aetheris oras
partit et in partis non aequas dividit orbem,
et quod ab alterutra detraxit parte, reponit
eius in adversa tanto plus parte relatus,
donec ad id signum caeli pervenit, ubi anni
nodus nocturnas exaequat lucibus umbras;
nam medio cursu flatus aquilonis et austri
distinet aequato caelum discrimine metas
propter signiferi posituram totius orbis,
annua sol in quo concludit tempora serpens,
obliquo terras et caelum lumine lustrans,
ut ratio declarat eorum qui loca caeli
omnia dispositis signis ornata notarunt.
aut quia crassior est certis in partibus aër,
sub terris ideo tremulum iubar haesitat ignis
nec penetrare potest facile atque emergere ad ortus;
propterea noctes hiberno tempore longae
cessant, dum veniat radiatum insigne diei.
aut etiam, quia sic alternis partibus anni
tardius et citius consuerunt confluere ignes,
qui faciunt solem certa de surgere parte,
propterea fit uti videantur dicere verum.
- Las fases de la luna (705-750)
Luna potest solis radiis percussa
nitere
inque dies magis [id] lumen convertere nobis
ad speciem, quantum solis secedit ab orbi,
donique eum contra pleno bene lumine fulsit
atque oriens obitus eius super edita vidit;
inde minutatim retro quasi condere lumen
debet item, quanto propius iam solis ad ignem
labitur ex alia signorum parte per orbem;
ut faciunt, lunam qui fingunt esse pilai
consimilem cursusque viam sub sole tenere.
est etiam quare proprio cum lumine possit
volvier et varias splendoris reddere formas;
corpus enim licet esse aliud, quod fertur et una
labitur omnimodis occursans officiensque,
nec potis est cerni, quia cassum lumine fertur.
versarique potest, globus ut, si forte, pilai
dimidia ex parti candenti lumine tinctus,
versandoque globum variantis edere formas,
donique eam partem, quae cumque est ignibus aucta,
ad speciem vertit nobis oculosque patentis;
inde minutatim retro contorquet et aufert
luciferam partem glomeraminis atque pilai;
ut Babylonica Chaldaeum doctrina refutans
astrologorum artem contra convincere tendit,
proinde quasi id fieri nequeat quod pugnat uterque
aut minus hoc illo sit cur amplectier ausis.
denique cur nequeat semper nova luna creari
ordine formarum certo certisque figuris
inque dies privos aborisci quaeque creata
atque alia illius reparari in parte locoque,
difficilest ratione docere et vincere verbis,
ordine cum [videas] tam certo multa creari.
it Ver et Venus et Veneris praenuntius ante
pennatus graditur, Zephyri vestigia propter
Flora quibus mater praespargens ante viai
cuncta coloribus egregiis et odoribus opplet.
inde loci sequitur Calor aridus et comes una
pulverulenta Ceres [et] etesia flabra aquilonum.
inde Autumnus adit, graditur simul Euhius Euan.
inde aliae tempestates ventique secuntur,
altitonans Volturnus et Auster fulmine pollens.
tandem Bruma nives adfert pigrumque rigorem
reddit. Hiemps sequitur crepitans hanc dentibus algu.
quo minus est mirum, si certo tempore luna
gignitur et certo deletur tempore rusus,
cum fieri possint tam certo tempore multa.
inque dies magis [id] lumen convertere nobis
ad speciem, quantum solis secedit ab orbi,
donique eum contra pleno bene lumine fulsit
atque oriens obitus eius super edita vidit;
inde minutatim retro quasi condere lumen
debet item, quanto propius iam solis ad ignem
labitur ex alia signorum parte per orbem;
ut faciunt, lunam qui fingunt esse pilai
consimilem cursusque viam sub sole tenere.
est etiam quare proprio cum lumine possit
volvier et varias splendoris reddere formas;
corpus enim licet esse aliud, quod fertur et una
labitur omnimodis occursans officiensque,
nec potis est cerni, quia cassum lumine fertur.
versarique potest, globus ut, si forte, pilai
dimidia ex parti candenti lumine tinctus,
versandoque globum variantis edere formas,
donique eam partem, quae cumque est ignibus aucta,
ad speciem vertit nobis oculosque patentis;
inde minutatim retro contorquet et aufert
luciferam partem glomeraminis atque pilai;
ut Babylonica Chaldaeum doctrina refutans
astrologorum artem contra convincere tendit,
proinde quasi id fieri nequeat quod pugnat uterque
aut minus hoc illo sit cur amplectier ausis.
denique cur nequeat semper nova luna creari
ordine formarum certo certisque figuris
inque dies privos aborisci quaeque creata
atque alia illius reparari in parte locoque,
difficilest ratione docere et vincere verbis,
ordine cum [videas] tam certo multa creari.
it Ver et Venus et Veneris praenuntius ante
pennatus graditur, Zephyri vestigia propter
Flora quibus mater praespargens ante viai
cuncta coloribus egregiis et odoribus opplet.
inde loci sequitur Calor aridus et comes una
pulverulenta Ceres [et] etesia flabra aquilonum.
inde Autumnus adit, graditur simul Euhius Euan.
inde aliae tempestates ventique secuntur,
altitonans Volturnus et Auster fulmine pollens.
tandem Bruma nives adfert pigrumque rigorem
reddit. Hiemps sequitur crepitans hanc dentibus algu.
quo minus est mirum, si certo tempore luna
gignitur et certo deletur tempore rusus,
cum fieri possint tam certo tempore multa.
- Los eclipses (751-770)
Solis item quoque defectus lunaeque
latebras
pluribus e causis fieri tibi posse putandumst.
nam cur luna queat terram secludere solis
lumine et a terris altum caput obstruere ei,
obiciens caecum radiis ardentibus orbem,
tempore eodem aliut facere id non posse putetur
corpus, quod cassum labatur lumine semper?
solque suos etiam dimittere languidus ignis
tempore cur certo nequeat recreareque lumen,
cum loca praeteriit flammis infesta per auras,
quae faciunt ignis interstingui atque perire?
et cur terra queat lunam spoliare vicissim
lumine et oppressum solem super ipsa tenere,
menstrua dum rigidas coni perlabitur umbras,
tempore eodem aliud nequeat succurrere lunae
corpus vel supra solis perlabier orbem,
quod radios inter rumpat lumenque profusum?
et tamen ipsa suo si fulget luna nitore,
cur nequeat certa mundi languescere parte,
dum loca luminibus propriis inimica per exit?
pluribus e causis fieri tibi posse putandumst.
nam cur luna queat terram secludere solis
lumine et a terris altum caput obstruere ei,
obiciens caecum radiis ardentibus orbem,
tempore eodem aliut facere id non posse putetur
corpus, quod cassum labatur lumine semper?
solque suos etiam dimittere languidus ignis
tempore cur certo nequeat recreareque lumen,
cum loca praeteriit flammis infesta per auras,
quae faciunt ignis interstingui atque perire?
et cur terra queat lunam spoliare vicissim
lumine et oppressum solem super ipsa tenere,
menstrua dum rigidas coni perlabitur umbras,
tempore eodem aliud nequeat succurrere lunae
corpus vel supra solis perlabier orbem,
quod radios inter rumpat lumenque profusum?
et tamen ipsa suo si fulget luna nitore,
cur nequeat certa mundi languescere parte,
dum loca luminibus propriis inimica per exit?
BIBLIOGRAFÍA
The Latin library: recurso en línea con
dirección http://www.thelatinlibrary.com/ Todos los textos en latín han sido
tomados de esta página.
Bonifaz Nuño, R. (2013). Lucrecio. De la natura de
las cosas, Universidad Nacional Autónoma de México.
Codoñer, C. (1997). Historia de la literatura
latina, Madrid: Cátedra.
Socas, F. (2003). Lucrecio. La naturaleza,
Madrid: Gredos.
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