TEMA 7
Antecedentes
Para poder
aludir a los antecedentes de la agricultura en Roma, tenemos que ir muy atrás
en el tiempo y referirnos a la civilización indoeruopea, justo antes de la
separación de los pueblos. Veremos, de este modo, hasta qué grado de cultura
habían llegado las regiones que se correspondían con las naciones
greco-itálicas cuando se escindieron unas de otras.
Es muy
probable, como afirma T. Mommsen, en su Historia de Roma (vol. I, p.
32), que la vida de los indo-germanos se hubiera basado en el pastoreo, sin
haber llegado a conocer demasiado el uso de determinados granos silvestres. No
obstante, por su parte, hay muchas huellas de que los greco-itálicos en ese
mismo momento ya llevaban a cabo el cultivo de cereales y, muy seguramente, de
la vid.
Por otra
parte, numerosos vestigios apuntan a una relación entre la agricultura
indo-germánica y la propia de los chinos, de los arameos y de los egipcios, aunque
es obvio que ninguna de estas culturas no se parezcan en nada en lo que a
rasgos raciales se refiere, a no ser que se hubieran llegado a separar en una
etapa muy anterior a la invención del cultivo de los campos. Nos dice T.
Mommsen (p. 33): “las azas dotadas de cierto ingenio han cambiado entre sí, lo
mismo antes que ahora, los instrumentos y las plantas agrícolas”. Y es que los historiadores o analistas chinos
expresan en sus informes la propagación, ni más ni menos, que de las prácticas
agrícolas primitivas, de manera que señalan la introducción de cinco especies
de cereales nuevas por parte de su rey. Sin embargo, no hay nada que apunte a
una unión originaria de estos pueblos, aunque sí es verdad que poseían una
agricultura común, así como el alfabeto, el uso de los carros de guerra, de la
púrpura, aparte de adornos y utensilios, por lo que llevaban a cabo un comercio
internacional, destacable ya en este momento de la historia.
En
relación con los griegos y los romanos, sabemos que había un lazo de unión muy
estrecho entre ambas culturas, pero eso no quiere decir que los segundos hayan
recibió la moneda, la escritura o la agricultura de los primeros. Aun así,
podemos observar las semejanzas entre algunos términos técnicos, como el caso
del latín ager y el griego ἀγρός; aro, aratrum y ἀρόω, ἄροτρον;
ligo, muy parecido a λαχαίνω; hortus y χόρτος; milium y μελίνη;
u vinum y οἶνος, entre otros numerosos ejemplos. Incluso hay
otro tipo de similitudes, como en el caso del arado y su forma, que aparece muy
igual tanto en la región griega del Ática como en Roma, así como en los
cereales que se cultivaban: el mijo, la cebada y el espelta. Del mismo modo,
ambas culturas hacían uso de la hoz a la hora de la siega, de la trilla una vez
el ganado hubiera pisoteado el grano en las eras. Otras costumbres afines,
visibles nuevamente incluso en los términos acuñados, eran las comidas. Por
ejemplo, puls, πόλτος; pinso, πτίσσω o mola, μύλη. Más
reciente es la cocción del pan en los hornos y, finalmente, los itálicos, a
diferencia de los griegos, presentan en sus rituales la pasta o la torta de
harina. En referencia a la vid, dado que Italia fue la predecesora de los
griegos en lo que respecta a este cultivo, estos denominaban a este país Enotria,
es decir, el país del vino, ya desde sus primeras inmigraciones.
Por otro
lado, lo que sí se sabe a ciencia cierta es que el paso del régimen pastoral
nómada al de la agricultura, o incluso la fusión de ambos, tuvo lugar después
de la separación de la cultura indo-germánica, que es anterior a la de la rama
itálica y griega. Es en esta época cuando hay muchas palabras comunes entre los
romanos, los griegos, los celtas, los eslavos, los lettas y los germanos.
T. Mommsen
(p. 35) señala que es muy complicado establecer una distinción y una separación
entre las costumbres y el lenguaje común a todos los pueblos que hemos
mencionado. En este sentido, la filología juega un papel muy importante. Lo que
sí es cierto es que la agricultura, no solo para los greco-itálicos, sino
también para todos los pueblos, el origen y el punto importante para la vida
pública y privada. Así, la vida doméstica, la casa que construye un agricultor,
y gana terreno a la choza o a cualquier sitio mudable propio de los pastores,
hasta el punto de llegar a formar parte del mundo moral y religioso, en tanto
en cuanto surge la figura de Vesta o la griega Ἐστία, que no es más que
una idealización del hogar que no se encuentra ni siquiera en el panteón de la
cultura indo-germana. Las tradiciones itálicas más antiguas señalan al rey
Ítalo como individuo que propició la sustitución de la vida pastoril por la
agricultura. En esta misma línea, una leyenda que giraba en torno a los
samnitas que decía que “el buey de labor ha conducido las primeras colonias”
(T. Mommsen, p. 36). Asimismo, entre los sobrenombres que se les otorgaba a los
italiotas: siculi o sicani, es decir, segadores; y, por otra
parte, Opsci, como trabajadores del campo.
Con todo,
hemos de percatarnos que estas leyendas entran en conflicto con la que es común
en torno al origen de Roma, pues las primeras señalan que su fundación estuvo
en manos de un pueblo de pastores y cazadores, lo cual nos hace concluir que
las tradiciones, las creencias religiosas, las leyes y las costumbres nos
sitúan ante una cultura greco-itálica estrechamente vinculada a la agricultura.
Entrando
más de lleno en lo que al ámbito de esta práctica se refiere, dado que tenían
muchos puntos comunes entre sí, del mismo modo poseían unas mismas reglas a la
hora de proceder a limitar y a medir los campos. Así, tenemos, de los oscos y
de los umbríos, el vorsus, que se corresponde con el πλέθρον
griego, lo que viene a ser 100 pies cuadrados. El agrimensor, para realizar su
labor, se orientaba hacia uno de los puntos cardinales y tira dos líneas: una
que fuera del Norte al Sur y otra del Este al Oeste, de manera que, al
colocarse en el punto donde ambas se cortasen (el templum para los
itálicos y el τέμενος para los griegos, empezaría a trazar, de trecho en
trecho, líneas que fueran paralelas entre sí con respecto a las perpendiculares
principales. De esta manera obtenía una división del terreno en rectángulos,
los cuales eran delimitados por estacas (termini, que en inscripciones
sicilianas aparecen como τέρμονες, es decir, los ὅροι del griego
usual. Por su parte, los etruscos, los romanos, los umbríos y los samnitas
también los usan.
En
resumen, hemos visto, aunque de manera sucinta, los antecedentes de la
agricultura en Roma, así como la importancia que tenía, hasta tal punto que su
origen debe enmarcarse en torno a unas pequeñas comunidades que ya llevaban a
cabo estas prácticas. Lo que trataremos en este tercer bloque se sumergirá en
este ámbito, y veremos a diferentes autores que plasmaron en sus obras todo
tipo de consejos y reglas para hacer de la agricultura una labor eficiente para
todo aquel que la realizase.
La agricultura en Roma
Antes que
nada, debemos tener claro que, para los pueblos de Italia, el paso de la vida
pastoral a la agrícola ya se había efectuado antes de su llegada a la península
itálica. El desarrollo de esta práctica fue tan grande que el cultivo de los
campos fue la base de todos y cada uno de los sistemas etruscos, sabélicos y
latinos. Del mismo modo hemos de tener en cuenta, siguiendo las palabras de T.
Mommsen (p. 271), que no se conoce, a lo largo de la historia, pueblos que se
dedicaran únicamente a la vida pastoral, sino que, dependiendo de la zona y de
su naturaleza, estos asociaban su economía pastoril al cultivo. Consideraban
que la agricultura era la base de sus comunidades, de modo que antes de que
comenzasen a realizar cualquier tipo de edificación, trazaban con un surco el
lugar que ocuparían las murallas. Particularmente en Roma, ya que es el lugar
de donde más datos poseemos en relación a este ámbito, el centro de la gravedad
política giraba en torno a la clase rural, por lo que siempre se establecía un
cuadro de los habitantes que ocupaban las tierras. Así, con la reforma de
Severo Tulio, sabemos que los agricultores eran los que realmente constituían
el núcleo del Estado. Con el paso del tiempo, las propiedades agrícolas cayeron
en manos de personas que no eran ciudadanos y que, por ende, carecían de
derechos y de deberes para con la ciudad. Por esta razón, lo que buscaba la
reforma constitucional era erradicar estos hechos, así como evitar cualquier
posible peligros futuros, de manera que dividió regnícolas en proletarios y
propietarios.
Por otro
lado, la política de guerra y conquistadora de Roma se apoyaba en la propiedad
territorial, y es que dentro del Estado a los únicos a los que se tenían en
cuenta eran a los propietarios, por lo que la guerra tenía como uno de sus
principales objetivos aumentar el número de estos. Así, una vez que habían
conquistado un lugar, sus habitantes pasaban directamente a formar parte de la
clase rural. Si escapaban de esta medida, era gracias al pago, no de un tributo
de guerra, sino de otro mucho más costoso. Además, la tercera parte del
territorio se correspondería con el área sobre el cual se levantarían fincas de
los agricultores romanos. En definitiva, como señala T. Mommsen (p. 272), el
pueblo romano, tras apropiarse de las tierras, las regaban “con el sudor de su
frente después de la victoria, y conquistaban por segunda vez con el arado lo
que había ganado con la espada”. El agricultor defendía su terreno muy
encarecidamente, pues el dominio del suelo constituía la fuerza del hombre y la
del propio Estado.
En lo que
a cultivos se refiere, debemos tener en cuenta, dada su localización
geográfica, que los productos giraban en torno a la trilogía mediterránea: los
cereales, la vid y el olivo. El primero de todos era el principal, sobre todo
el trigo y la espelta o far, lo cual no significa que despreciaran las
legumbres o cultivos igualmente útiles.
Por otro lado, no se sabe si la viña la
introdujeron los griegos o ya la conocían los pueblos itálicos desde su origen.
Apoyando a esta última idea, T. Mommsen (p. 276) saca a la luz una festividad
que se celebraba después de lo que se correspondería con el 23 de abril, las vinalia,
que estaban dedicadas a Júpiter en lugar del dios del vino. Debido a esta
vinculación religiosa, los sacerdotes jugaban un papel muy importante, hasta
tal punto que, en Roma, hasta que el sacerdote de Júpiter no diese el visto
bueno, no podían dar comienzo las vendimias, siendo él mismo el que cogía los
primeros racimos con sus propias manos. En la misma línea, tampoco estaba
permitida la venta de vino hasta el momento en el que este dictaminase solemne
y públicamente la apertura de las tinajas. Veamos también otros usos del vino
en las libaciones y en sacrificios.
Por su
parte, el olivo, que fue un producto que procedía muy probablemente de Grecia.
Aunque también aparece en determinados ritos, sus ramas y sus frutos no
desempeñan un papel tan importante como los de la vid, cuyo cultivo era
anterior que la de este. Se le daba relevancia en lugares como el foro,
concretamente en el centro, en donde, cerca de la fuente de Curcio, se
encontraban plantados un olivo y una vid.
Asimismo,
debemos dar importancia a un árbol frutal que, por encima de los demás, era muy
útil y nutritivo. Estamos hablando de la higuera, cuya presencia inunda muchas
leyendas, como la que indica su existencia en lugares como el Palatino y en el
foro, precisamente en la puerta del templo de Saturno había una, la cual
robaron en el siglo III a. C.
Finalmente,
hemos de hacer referencia al modo de cultivo de las tierras. El agricultor, en
primer lugar, araba la tierra con la ayuda de sus hijos, si bien no se sabe con
exactitud si recurría a la ayuda de jornaleros o esclavos. El trabajo con
animales como el buey o la vaca era muy importante, pues estos eran los que
tiraban del arado, mientras que otros como la mula, el caballo o el asno
servían como animales de carga. El labrador podía poseer también un rebaño que
se encargaba de apacentar el terreno, así como cerdos, gansos y aves caseras. Al
contrario que en la actualidad, el ámbito de la agricultura no contemplaba, por
lo menos en la época de las comunidades, la producción de ganados para obtener
carne, leche y otros productos.
Sin duda,
la labor del agricultor era esencial para el desarrollo de un buen cultivo,
pues era el responsable de que los surcos estuvieran lo suficientemente
cerrados como para hacer útil el tableo. No obstante, esto no significa que
fuera una forma de trabajo perfecta, ya que el arado era más bien mediano, y la
trilla y la siega se elaboraban diferentes los unos de otros, de una manera
imperfecta. Por esta misma razón, y siendo fieles a su modo utilitarista de
vida, los pueblos itálicos comenzaros, ya desde épocas muy tempranas, a
renovar, mejorar o inventar nuevos medios con el fin de mejorar el cultivo de
las plantas y el riego de los prados, y fue el momento en el que aparecieron
las primeras obras literarias didácticas acerca de la labor agraria como la de
Catón, gracias al cual conocemos muchas costumbres de los que habitaban la
península itálica.
Este tema,
breve y claro, sirve como introducción a los cuatro autores que trataremos, sus
obras sobre agricultura y la información que nos aportan acerca de esta
práctica. Así pues, veremos a Catón, Varrón, Columela y Paladio.
BIBLIOGRAFÍA
Mommsen, T. (1983). Historia de Roma,
Madrid: Turner, v. I-VIII.



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