TEMA 4
Introducción
El imperio romano, no sólo en su época pagana,
sino también en la cristiana, no dio un impulso demasiado notable a las
ciencias. Más bien, Roma se caracterizaba por poseer una sociedad práctica que,
eso sí, respetaba la técnica, pero que, por otro lado, consideraba la ciencia
tan poco útil como les podría parecer la poesía o la pintura.
Los conocimientos de astronomía en ese período
no aportan nada nuevo a lo que ya se sabía desde la época helenística, esto es,
las teorías geocéntricas de Aristóteles, la existencia de los planetas que
podían ser vislumbrados a simple vista como Venus, Marte, Júpiter, Saturno e
incluso la Luna, nuestro satélite, conocida desde tiempos inmemoriales, y
considerada como un dios. No obstante, Lucrecio, un filósofo romano del siglo I
a. C, plasma una concepción del Universo, por una parte, cercana a la moderna,
por otra, retrógrada en su obra De rerum natura. Este autor defendía que
la materia está constituida por átomos que se encuentran permanentemente en
movimiento, uniéndose y separándose de manera constante e infinita. Así, forman
soles y tierras y los deshacen. Asimismo, creía que nuestro mundo no era único,
sino que se trataba de uno solo entre infinitos mundos que coexistían entre sí.
Apuntaba que nuestro planeta se creó casualmente por la unión de átomos, de
modo que, en el momento en el que éstos se volvieran a separar, la Tierra
llegaría a su fin.
Sin embargo, a pesar de estas innovaciones, muy
cercanas, como mencionábamos líneas más arriba, a la concepción del Universo
moderna, Lucrecio no aceptaba que la Tierra fuera redonda. En su lugar,
concebía a nuestro planeta semejante a los demás mundos: planos y contenidos en
una esfera celeste.
Ptolomeo nos da, en el libro I de su Almagesto,
una definición para el término astronomía. No es más que una doctrina de las
estrellas mediante la cual “comprendemos la figuras que en cada momento adoptan
los movimientos del Sol, de la Luna y de los astros, entre sí y con respecto a
la Tierra”. Por otro lado, en el mismo pasaje de su obra citada nos dice que la
astrología lo que hace es estudiar los cambios que producen los movimientos de
los cuerpos celestes en los seres humanos. Y es que hasta el siglo II d. C. no
se tenía claro cuál era la diferencia entre ambos ámbitos. Además, muy lejos de
la concepción actual, Ptolomeo defendía que ambos terrenos giraban en tono a
una sola ciencia: la astrología.
Así pues, esta rama de la ciencia surge debido
a la admiración que sentían nuestros antepasados al observar el cielo. Parecía
que todos los cuerpos celestes poseían una vida propia sobre la que el hombre
no tenía potestad, y que, además, tenían que ver con los procesos naturales de
nuestro mundo. Por lo tanto, concebían a los astros como dioses, o bien como
fruto de la acción divina, de modo que se trataba de una ciencia sagrada puesta
en manos, desde su origen, de chamanes, sacerdotes o personas que servían de
transmisoras de la deidad en cuestión.
Ya desde la Prehistoria, los primitivos seres
humanos se sentían realmente atraídos por la observación del plano celeste, y
estaban conectadas en todo momento con las necesidades de hombre, con la
preocupación de conservar la vida y con las preguntas que surgirían entonces en
torno al misterio de la muerte. En Grecia y Roma se atribuía a los caldeos y a
los egipcios la paternidad de esta rama del saber, concretamente, la astrología
a los primeros y la astronomía a los segundos. No obstante, gracias a las
fuentes y a los hallazgos realizados sobre los textos jeroglíficos y
cuneiformes, se sabe con seguridad que proviene de la cultura mesopotámica. Y
es que resulta que no solo los egipcios, sino también los babilonios estaban
interesados en las leyes de los cielos, tanto por motivos religiosos como para
buscar un uso a partir de ellas. El ejemplo está en Egipto, en donde sería
bastante útil saber cuál era el movimiento descrito por los cuerpos celestes,
con el fin de establecer cuándo crecería el Nilo, aunque más notable fue el
hecho de que lograran inventar un calendario solar que llegó a ser bastante
semejante a los trescientos sesenta y cinco días nuestros.
Por su parte, los sacerdotes babilonios
anotaban sus observaciones y calcularon las fases y movimientos de la Luna, el
Sol y los planetas, pues todo ello servía para otorgar a los reyes el momento
preciso para llevar a cabo acciones que eran relevantes para toda la sociedad,
ya en el plano social, como en el político, económico, político y militar.
Babilonia facilitaría el germen de una astronomía que los griegos terminarían
de convertir en ciencia exacta. Frente a los egipcios, que solamente se paraban
a confeccionar un calendario agrícola y litúrgico a partir de sus
observaciones, Mesopotamia, a partir del cómputo sexagesimal, de los cálculos
aritméticos dentro del ámbito astronómico elemental, de las coordenadas
ortogonales, de las matemáticas, del reconocimiento de los componentes de
movimiento de la Luna, de la adecuación de un calendario solar, de las tablas
lunares y planetarias para poder predecir los eclipses y de la alusión a los
signos del zodíaco, sentó las bases de esta rama de la ciencia que,
posteriormente, los griegos desarrollarían.
Los
antecedentes
A la hora de recopilar información acerca de
las ideas que se tenían sobre astronomía en la antigüedad, un historiador se ve
ante un problema que se basa en las fuentes. Y es que las que se conservan del
último milenio son numerosas, pero las que son anteriores a este período son
bastante escasas. Las causas de esto pueden ser varias, bien se han perdido a
lo largo del tiempo, o bien no han ocasionado el suficiente interés como para
adjuntar su contenido a las obras que se compusieron posteriormente. Por otro
lado, encontramos que no nos ha llegado todo lo que el gran observador del
cielo de la antigüedad, Hiparco, plasmó, pues fue incorporado al Almagesto
de Ptolomeo.
Antes de los griegos, los registros son muy
pocos, y los hallamos en pequeñas tablillas de arcilla procedentes de
Babilonia, o en techos dorados y demás soportes pertenecientes a la cultura
egipcia. Sin embargo, sí podemos concluir en que la astronomía en Egipto y
Babilonia era muy limitada. A partir de aquí veremos, de manea sucinta, los antecedentes
de lo que había en cuanto a conocimiento de los cielos antes de la cultura
romana, siguiendo los artículos de M. Hoskin, de J. L. Calvo y de F. Lisi
dentro de la obra de A. Pérez Jiménez: Astronomía y astrología: de los
orígenes al Renacimiento (pp. 43-58, 59-86 y 87-110 respectivamente):
·
La
astronomía en el antiguo Egipto
Es cierto que no podemos tocar los cuerpos
celestes con nuestras propias manos ni estudiarlos como si fuera un objeto de
la vida cotidiana, por lo que, inevitablemente, para poder tener un idea
elemental de la astronomía, es necesario observar los astros, sus posiciones y
los cambios de posición.
En el antiguo Egipto, la noción que había de
aritmética y geometría no era la suficiente, todo ello visible en los papiros
que nos han llegado. Estas fuentes nos muestran que los egipcios poseían
símbolos para señalar el 1, el 10, el 100, etc., y que, al igual que luego
harían los romanos, los utilizaban únicamente cuando era preciso. Por esta
misma razón era lógico que no se pudiera realizar un estudio astronómico más
allá del ámbito trivial.
Por otro lado, la geometría egipcia tampoco era
muy destacada, aunque hay que tener en cuenta un aspecto muy relevante dentro
del ámbito social: la existencia de un calendario. Y es que plasmar días, meses
y años no debería haber sido nada fácil para una cultura tan primitiva, siendo
la primera en abarcar este problema. Se sabe que, ante el hecho de que ningún mes
está formado por ningún múltiplo entero de días, como ocurre con los meses y el
año, ni siquiera hoy en día poseemos meses que duren lo mismo, de hecho hay
años bisiestos. Por tanto, es muy destacable que los egipcios hayan logrado
establecer un calendario con tan pocos rudimentos.
El porqué de esto ya lo hemos mencionado:
interesaba calcular las crecidas del Nilo, ya que la vida en Egipto estaba
subordinada por este acontecimiento que se daba cada año. El valle que
comprendía este río se veía cubierto anualmente por sus aguas, y, cuando
bajaban las aguas, la tierra era lo suficientemente fértil como para emplearla
para la siembra, a lo que le sigue otro período de crecimiento con su posterior
cosecha. Los egipcios se percataron de que el mes lunar duraba entre
veintinueve y treinta días, y de que el tiempo que transcurría entre una
crecida del Nilo y otra era de doce meses lunares. Por eso, un año egipcio se
dividía en tres estaciones: la de la inundación, la de la bajada y la de la
cosecha, durando cada una cuatro meses, a veces cinco.
Asimismo, aunque este calendario resultaba
satisfactorio para las festividades religiosas, dada la ardua organización que
caracterizó a la cultura egipcia, debería haber sido bastante incómodo tener
meses de veintinueve y treinta días, así como años, a veces de doce, a veces de
trece meses, todo ello por causa de los cálculos que se realizaban a partir de
la estrella Sirio. Así pues, nos dice Hoskin (p. 52) que “un genio desconocido
propuso que en cada año hubiera exactamente doce meses y que cada mes constara
de treinta días divididos en tres períodos de diez días cada uno”. De este
modo, transcurridos los doce meses, para sumar un total de trescientos sesenta
y cinco, se le sumaban al año cinco jornadas más.
En cuanto a la datación de este primitivo
calendario, probablemente estuviera en torno al tercer milenio antes de Cristo,
relacionado además con el religioso que mencionábamos líneas más arriba. Cabe
destacar que, por la facilidad que posibilitaba este invento egipcio para
calcular el intervalo que había entre dos fechas diferentes, el calendario
egipcio fue muy útil en el ámbito de la astronomía incluso hasta la Edad
Moderna.
Por otra parte, es verdad que el año solar está
formado por trescientos sesenta y cinco días a los que debemos sumar algunas
horas, lo que da lugar a los años bisiestos. Por ello, debemos concluir que el
año estacional estaba desfasado con respecto al calendario administrativo. Por
esta causa, y para no modificar el calendario administrativo, inventaron un
tercero que mantenía lazos de unión con este.
De resto, los egipcios no destacaron mucho más
en el campo que nos ocupa, manteniéndose ligados en todo momento en sus
intereses para con la agricultura.
·
La
astronomía en Babilonia
Por lo que respecta a la cultura babilonia,
como comentábamos más arriba, los únicos documentos que conservamos son
tablillas de arcilla que no superan las dimensiones correspondientes a las
manos de un ser humano, es decir, que se corresponderían con páginas sueltas,
para entendernos mejor. Esto da lugar a que el estudioso tenga que darles el
sentido que sea posible.
Con respecto a las tablillas que están
dedicadas a la astronomía, hemos de diferenciar dos períodos: el primero,
correspondiente con la Antigua Babilonia, alrededor del año 1700 a. C., y el
segundo con un período comprendido entre el 500 a. C. y, en mayor medida, el
300 a. C. en adelante.
De la primera etapa destacan, por encima de las
que se sumergían propiamente en astronomía, las concernientes a las
matemáticas, lo cual demuestra que los babilonios estaban provistos de un gran
instrumento para estudiar los cielos, basado en un sistema de escritura
numérica que hacía mucho más sencillos los complejos cálculos aritméticos. Así
pues, usaban un símbolo para el 1 y otro para el 10, y los empleaban cuantas
veces fuera necesaria, de manera que eran capaces de escribir cifras hasta el
cincuenta y nueve. A partir del 60, volvían a utilizar el mismo símbolo
manejado para el 1. Por tanto, estamos ante un sistema numérico sexagesimal. Es
más, si nos paramos a pensar, en la actualidad seguimos haciendo lo mismo, si
bien, para representar 10 veces 10, utilizamos el 1 de nuevo: 100, de manera
que el 1 indicaría una cifra u otra dependiendo de la posición que ocupase en
la expresión. Por tanto, concluimos que el sistema adoptado por los babilonios
les permitió efectuar operaciones bastante complejas, teniendo en cuenta,
además, que ese mismo método sigue estando presente en nuestra forma de medir
los ángulos y el tiempo.
En lo que al segundo período se refiere, hemos
de decir que es la etapa de la cual mayor número de tablillas astronómicas
conservamos. Dada la fecha a la que se remontan, ya no estamos hablando de una
astronomía anterior a la griega, sino que coexistía con la mayor parte de ella.
Sin embargo, el punto de vista babilonio difería con respecto a las ideas que
defendía Platón en Grecia. Frente a una teoría que giraban más en torno a la
filosofía que rondaba en la Atenas del siglo IV a. C., nos encontramos ante una
astronomía mesopotámica con estrechos lazos con las matemáticas. No se
encargaban de demostrar que habitáramos un cosmos racional, tal y como lo hacía
la filosofía platónica, sino, más bien, de llevar a cabo predicciones
astronómicas y, más concretamente, de confeccionar un calendario para regular
la vida cotidiana de la sociedad de aquel entonces. Así, los babilonios poseían
un sistema de organización de días, meses y años de acuerdo con la Luna, de
manera que un mes daba comienzo después de la observación de la luna nueva.
Para calcular esto, tenían en cuenta que esto se da en el momento en el que el
Sol, la Luna y la Tierra se encuentran en línea recta, por lo que debían observar
los movimientos del Sol y de la Luna, así como calcular cuándo alcanzaría al
Sol la Luna.
Por otro lado, es destacable la pericia de los
babilonios con respecto al movimiento del Sol, pues este no se mueve a una
velocidad uniforme a lo largo del año, sino que, de un modo complejo, la
cambia, alcanzando su velocidad máxima y mínima una vez al año. Pero, como
afirmábamos al comienzo del párrafo, los astrónomos de Babilonia fueron capaces
de buscar solución a este problema, en tanto en cuanto, a partir de sus
habilidades en el terreno de la aritmética, idearon un sol imaginario, cuya
velocidad, tal y como indica Hoskin (p. 56), “aunque sumamente artificial”,
pudo acercarse bastante a la del sol real. Así, fue posible que confeccionaran
un calendario que satisfacía las necesidades de la sociedad de ese momento.
En relación con los griegos, que andaban tras
la búsqueda de la verdad, los babilonios iban detrás de los datos más precisos.
Por esta razón, estamos ante una astronomía más científica, si bien era más
predictiva y cuantitativa, la cual no requería de observaciones cotidianas,
sino de los registros que se habían realizado unos siglos atrás, más
precisamente, hasta el año 700 a. C.
Finalmente, es necesario que sepamos que, tras
las conquistas de Alejandro Magno, debido al contacto de la cultura griega con
la de países más orientales, los estudios astronómicos se acercaron más a la
predicción y cuantificación propia de Babilonia. Hiparco y Ptolomeo, gracias a
los registros anteriores, pudieron crear modelos geométricos de los movimientos
planetarios que siguieron siendo útiles incluso hasta el tiempo de Copérnico,
quien las empleó para construir modelos mucho más precisos. Así, vemos de qué
modo influyó la astronomía mesopotámica en el mundo moderno.
·
La
astronomía en Grecia
Tal y como señalábamos en el párrafo anterior,
en el siglo IV, con las conquistas de Alejandro Magno, Grecia pasó de tener una
cultura cerrada en el marco de sus polis para convertirse en otra más
abierta, por lo que estamos ante un mundo griego que vio posibilitada la
extensión de sus costumbres y de su lengua a un territorio mucho más amplio que
ya no daba la espalda los helenos: Oriente. Hay que tener en cuenta que esto no
sucedió de la noche a la mañana, sino que fue un lento y paulatino proceso
cuyas etapas no nos es posible establecer. Además, al contrario que los posteriores
romanos, los griegos mantuvieron lazos de unión con estos pueblos, dando lugar
a un mayor número de hombres y mujeres que compartían genes de ambas culturas.
A partir de aquí, surge una nueva clase social que dio lugar a importantes
instituciones como el gimnasio, el teatro y una escuela en donde se estudiaba
el sincretismo del mundo oriental y griego. Del mismo modo, salieron a la luz
destacados escritores, filósofos y científicos.
En lo que a religión se refiere, ya no nos
encontramos ante la adoración hacia los doce dioses olímpicos, como ocurría en
la Grecia clásica, sino que algunos de estos mismos pasaron a ser divinidades
astrales, otros alcanzaron el rango de deidades superiores, como el caso de
Helios y algunos como Hermes o Dionisio, según José Luis Calvo (p. 63), “cobran
una nueva dimensión”. Como es lógico, muchas de las festividades religiosas
orientales entraron dentro del calendario litúrgico de los griegos de época
helenística. Así, rendían culto a Bendis, Cibeles o Isis ya a finales del siglo
V a. C. Estas fiestas acrecentaron progresivamente el número de fieles, a
medida que iba pasando el tiempo, hasta tal extensión que llegaron a fundirse
con los Misterios propios de los griegos, surgiendo así la mistérica, una
religión que llegó a ser característica del Helenismo tardío.
Por otro lado, es digno de mención el intento
por parte de los egipcios de aunar su religión con la de Grecia. En esta línea,
Ptolomeo Soter creó una nueva divinidad que no era otra cosa más que la fusión
de Zeus con Osiris: Sarapis. Sin embargo, al estar ligada a un culto real y por
el hecho de que era una deidad artificial, no siguió estando vigente tras el
predominio del poder de la dinastía de los Ptolomeos, y es que estamos
refiriéndonos a una época que estaba inclinándose hacia el monoteísmo.
Así pues, hemos de tener en cuenta que a partir
del siglo I d. C., el territorio helenizado poseía, no solo un mismo vehículo
para la comunicación (el griego común o la koiné), sino que había un
sistema común de referencias culturales y religiosas.
En lo que atañe a la cosmología, sabemos que
antes de ña época helenística, los hombres tenían una concepción del mundo que
determinarían al ámbito de la astronomía, en tanto en cuanto no se creía que la
Tierra fuera un disco plano que flotaba sobre el mar o que se encontraba
plantada en un abismo, sino que ocupaba el centro del Universo compartiendo la
forma esférica que presentaban los demás planetas. Ya dentro del Helenismo,
corrientes filosóficas como el neoplatonismo o el estoicismo propició que el
ser humano fuera capaz de mirar más arriba de la Tierra y observara el espacio
que la rodeaba (aer), el mundo lunar donde se sentaban las almas y,
mucho más arriba, las ocho esferas inmortales, de las cuales siete se
correspondían con los planetas y la octava con la de las estrellas fijas, el
mundo de los dioses. Además, por encima de estas se encontraría un dios supremo
que estaría sujeto a otras dos concepciones paralelas: una que indicaba que
este era rector de la maquinaria celeste, y otra de vertiente más metacósmica
que, según José Luis Calvo “es un dios lejano y definitivamente ocioso, siendo
uno de los dioses astrales el que rige el polo, el eje de las esferas y, por lo
tanto, los mecanismos del Destino” (p. 66).
A partir de aquí, el hombre y sus creencias
sufrirían un giro importante, si bien el ser humano se sentiría más pequeño y
subordinado a la fuerza del Destino. Por eso mismo, muchos, ante el terror que
esto suponía, buscarían el refugio necesario en la magia que ofrecerían las
religiones mistéricas de ese momento. En el mismo sentido, ya no cabía pensar
en un mundo subterráneo donde todos aquellos que iban a parar a él sufrían
castigos por las acciones que habían llevado a cabo en vida (tal y como sucede
con la actual concepción del infierno cristiano). El Inframundo quedó reservado
a menciones en pasajes literarios o en ciertos ritos ligados a la magia.
Finalmente, dentro de esta nueva concepción del mundo, los dioses sufrieron una
reestructuración, si bien pasaron a ser idénticos al hombre en cuanto a
carácter y naturaleza. Al ser capaces de mirar al plano celeste, las
divinidades, tal y como señalábamos antes, adquirieron la categoría de
estrellas o planetas y estaban bajo el dominio de una deidad suprema. Si
indagásemos más en esta nueva manera de ver el Universo, nos percataríamos aún
más del influjo oriental, como sucede con Helios, que habría dejado de ser un
titán para identificarse con Samas o Baalsamin, los que tenían el poder del
cielo en las religiones de Oriente.
Por último, dentro de este punto, no debemos
dejar de lado la concepción astronómica de Platón, prototípica en toda en toda
la Grecia antigua. Sabemos que surge en torno al movimiento de los planetas y
esto, así como la mayor parte de la teoría platónica, la observamos en el
diálogo de la República, en donde se lleva a cabo toda una descripción
del sistema celestial. Se trata de una cosmología relacionada, según F. Lisi,
“con el aspecto astrológico ético” (p. 93). Está insertado dentro de un marco
mitológico, ya que tiene que representar los porqués de los destinos que poseen
las almas en el panorama del orden universal. Asimismo, esta descripción nos
permite observar un mundo de forma esférica que gira sobre sí mismo, y que
tiene como epicentro la Tierra, la cual, desde el punto de vista terrestre,
está fija, mientras que sigue, en comparación con el universo, un movimiento de
rotación al igual que este. No obstante, el resto de planetas describen un
movimiento contrario al conjunto del universo, y cada uno de ellos rota
excéntricamente con respecto al eje de rotación del cosmos.
Otra obra de referencia dentro de la teoría del
movimiento de los planetas de Platón es el Timeo, diálogo en el que los
cuerpos celestes aparecen como entes mediadores y creadores del tiempo. Aparece
el Demiurgo, la fuerza constructora del mundo a partir de los cuatro elementos,
a saber el fuego, el aire, el agua y la tierra. Le da forma esférica y fija
para él el movimiento de rotación, tal y como observábamos en la República.
Platón se ocupa en este caso de explicar cómo se mueven la Luna, Marte, el Sol
y Venus.
Finalmente, junto al Timeo y la República,
para hablar de astronomía platónica, no podemos obviar la última obra de latón:
las Leyes. Estas tres composiciones muestran la teoría de la formación
del alma del hombre desde diferentes puntos de vista, pero guardando
correlaciones entre sí. Los cuerpos celestes, dentro de la epistemología
platónica de las ideas, eran la primera mediación con el mundo sensible, por lo
que al observarlos, se podría obtener una visión mucho más amplia del universo.
No cabe duda de que los estudios astronómicos
de Platón giraban en torno a la ética, en tanto eran doctrinas que conducían al
alma a la justicia y al equilibrio necesario: el mundo surge a partir de una
unidad.
Otros autores que destacaron por sus estudios
de astronomía en Grecia fueron Tales de Mileto, que estudio en Mesopotamia y
pudo, por tanto, aportar al saber griego las ideas astronómicas de babilonios y
egipcios. Como ambas culturas, sugería que la Tierra era plana y que flotaba en
el agua como si de un tronco se tratase. Un hecho de gran renombre fue que,
gracias a sus conocimientos, fue capaz de detener una batalla entre medos y
lidios, a causa de la predicción de un eclipse de Sol, concretamente el 28 de
mayo del año 585 a. C.
Por su parte, Aristóteles, al contrario que
Tales, afirmaba que nuestro planeta es de forma redonda, y no lo dice sin más,
sino que da tres argumentos para reafirmar esta tesis: en primer lugar defiende
que los eclipses lunares muestran que la proyección de la sombra de la Tierra
sobre la luna tiene forma de arco de circunferencia. Además, la posición
aparente que ocupa la Estrella Polar es diferente en relación a Grecia y
Egipto, haciendo posible incluso que realizara un cálculo aproximado terrestre
en 400.000 estadios, es decir, 80.000 km, casi el doble del valor real.
Finalmente, y más próximo a la vista del hombre está el hecho de que, cuando
aparece un barco en el horizonte, primeramente aparecen las velas y luego el
casco del barco. Por otro lado, fue capaz de establecer, aunque erróneamente,
que la Tierra permanecía quieta, mientras que, alrededor de ella y a una
velocidad uniforme y siguiendo una trayectoria circular, giraban los planetas,
las estrellas, el Sol y la Luna. Y es que ya hemos visto que Aristóteles era
uno de los pensadores que sugerían que el movimiento circular era el más
perfecto de todos. Todas estas afirmaciones le llevaron a concluir que la
condición y la posición terrestre no eran simplemente el resultado del
movimiento celeste, si bien hemos de tener en cuenta que la circunferencia de
un círculo definen las propiedades de su centro, así mismo el cosmos, al ser
una esfera, la Tierra debía presentar la misma forma. Finalmente al igual que Tales,
seguía un modelo geocéntrico del Universo.
La
astronomía en Roma
A la hora de hablar de teorías astronómicas en
Roma, podemos concluir en que no es cosa fácil, pues, dentro de la ciencia
romana, nunca llegó a existir la astronomía. Asimismo, hasta nuestros días no
han llegado noticias algunas acerca de ningún estudioso en este terreno
científico tan importante como para concebirlo como astrónomo, dado que tampoco
nos ha llegado ninguna obra acerca de ello. Quizá podamos aceptar que Fírmico
Materno tocara en parte esta disciplina en el proemio de su Matheseos libri
VIII, aunque, simplemente, nos ofrece elementos de una astrología ligada a
la superstición.
A pesar de todo, es imposible afirmar que en la
antigua Roma no hubiera interés en asuntos astronómicos, pues dentro de la
cultura romana había muchas realidades que atañían a esta rama del saber.
Nos dice José Martínez Gázquez en la obra que
hemos citado al principio (p.144) que “la astronomía en Roma estableció
estrechos contactos y relación de mayor elevación científica con tres
vertientes distintas del conocimiento”, de tal manera que Quintiliano, en el
ámbito de la literatura latina, afirmaba que nadie podría comprender a los
poetas, si no era conocedor de las estrellas, y así como sucede con este autor,
ocurría con otros muchos pasajes de la tradición literaria de los latinos. En
segundo lugar, estaba unida a la filosofía, pues desde el principio hemos visto
cómo la astronomía se encargaba de explicar los fenómenos celestes, al igual
que hacían otras ciencias diferentes. Para ello buscaba el respaldo en terrenos
como la física o la cosmología que eran propias de la filosofía, teniendo en
cuenta cada una de las corrientes y etapas en las que se desarrollaron las
distintas ideas.
No obstante, la rama de la ciencia que más
contacto tenía con la que nos ocupa fue la astrología, cuyos objetos de estudio
conformaban la clave dentro del proceso del conocimiento de la evolución y del
desarrollo del mundo y de los hombres. Un argumento de peso para reafirmar
nuestra tesis acerca de la estrecha relación entre astronomía y astrología es
que, hasta la época de Quintiliano, los autores no presentaban diferencia
alguna entre ambos campos. En este sentido, y por consiguiente, la agronomía
también estaba ligada a ellas, pues, como bien sabemos, los romanos buscaban
por encima de todo el pragmatismo en sus estudios científicos. Y es que la
naturaleza era la madre de todo sustento para los hombres y para el mundo, y
sobre la tierra inciden de manera directa los fenómenos terrestres y los
esfuerzos humanos sobre los cuales recaen los efectos de los cuerpos celestes.
De este modo, para que el hombre pudiera dominar los fenómenos que se daban en
la Tierra, era totalmente necesario que tuviera nociones acerca de las leyes
que rigen el cielo. Por esto mismo, autores como Columela o Varrón, que veremos
más adelante en los temas concernientes a la agricultura, establecen en sus
obras un lazo de unión directo entre astronomía, astrología y agronomía, así
como Plinio el Viejo y su De naturalis historia.
Por otra parte, el mismo Plinio nos da
testimonios, en su obra ya citada, concretamente en 18, 57, 211-212, de
personalidades que se encargaron de la astronomía en la antigua Roma. Fue el
caso de Quitno Tuberón, quien, en la época de Varrón, se dedicó a observar el
cielo hasta tal punto de denominar a una estrella con el nombre de “real”. Por
su parte, César se preocupó del movimiento de los cuerpos celestes, influido
por ideas egipcias y caldeas y con la ayuda de Sosígenes, un astrónomo
alejandrino, con el fin de confeccionar un calendario reformado a partir del
movimiento del Sol. Ello nos induce a pensar que su Liber fastorum
tuviera que ver con esto mismo.
Por tanto, la literatura juega un papel muy importante
a la hora de la transmisión de los conocimientos de astronomía de los romanos.
A lo largo de muchos versos de diferentes obras, autores como Plauto, en su Rudens,
en la que el papel de prólogo está desempeñado por la estrella Arturo; Arato y
sus versiones de Cicerón, Manilio y otros innumerables poetas se han referido,
de una u otra forma, al plano celestial. Sin embargo, sí es cierto que, aunque
pertenecía a las artes liberales, la astronomía no estuve presente en los
textos científicos romanos. No se buscó el conocimiento de esta rama del saber
en sí misma, sino que se utilizó en función de otros intereses. Hay referencias
literarias en relación al conocimiento de las constelaciones, en tanto en
cuanto estas servían de ilustración y soporte a los mitos en los que se hacía a
alusión a ellas.
Sabiendo, pues, cuáles son nuestras
limitaciones a la hora de hablar de astronomía romana, podeos enumerar autores y obras que hablan de esta, aunque en los dos
temas restantes dedicados a esta rama del saber nos ocuparemos concretamente de
Plinio el Viejo y de Lucrecio.
·
Varrón: como enciclopedista que era, tenía
puesto todo su interés en diferentes ámbitos del saber, aunque, en lo que a
astronomía se refiere, se ocupó de analizar cómo incidían los astros en la vida
de los hombres, sobre todo, en lo que atañía con la agricultura, de manera que
fue capaz de establecer, nos dice Martínez Gázquez (p. 146) todo un “parapegma
latino, cuya influencia concreta se detecta en épocas posteriores en De
agricultura de Columela y en De naturalis historia de Plinio, entre
otros”.
·
Lucrecio, por su parte, desde otro punto de
vista, llevó a cabo diferentes alusiones a fenómenos astronómicos partiendo de
la base de la física de Epicuro, llegando a componer la primera obra filosófica
latina: De rerum natura. En ella hace una descripción del mundo, de la
naturaleza, del movimiento de los astros, así como de fenómenos atmosféricos y
terrestres.
·
Cicerón es importante en el campo que nos ocupa
porque tradujo, el primero de todos, a Arato, además de aportar abundante y
rico lenguaje alusivo a esta rama de la ciencia que no existía en aquel
momento, tal y como hizo con otras áreas del saber. Así, en el Somnium
Scipionis, que estaba sumergido en la filosofía pitagórica y platónica,
pone ya de manifiesto diferentes cuestiones sobre astronomía. Por otro lado, e
influido por Panecio, su De divinatione va en contra de toda
supersitición dentro del campo de la astrología.
·
El tema del sentido del hombre en la tierra
inunda la obra de Virgilio, así como la influencia de los astros y del destino
en el ser humano, en los animales y en sus actividades. Así plasma dicha
preocupación en sus Georgica, más inclinadas hacia el ámbito agrícola.
Además, tal y como señala Martínez Gázquez (p. 147), tenía como objetivo, una
vez acabada su Aeneis, dedicarse plenamente a estudiar el cielo y los
cuerpos celestes, algo que la muerte no hizo posible.
·
Un autor que terminó siendo condenado al
destierro a causa de una acusación que giraba en torno a la magia fue Nigidio
Fígulo. De él y de sus obras solamente tenemos una idea, pues todo lo que a
este escritor concierne lo hemos perdido. Sabemos que se ocupó de la
adivinación y de la propagación de la astrología en Roma y en la literatura
latina. Su producción estaba influida por la filosofía de Pitágoras, una se
encargaba de aspectos astronómicos, otra era de temática astrológica. Tenemos
nociones también de una Sphaera Graecanica Sphaera Graecanica y de una Sphaera Barbarica, aparte de
otros tratados que abordaban las ciencias naturales.
·
Por su parte, Ovidio, en sus Metamorphoses,
realiza todo un compendio de las más famosas tradiciones que tienen que ver con
las constelaciones y con el mundo de la astronomía, abordando cada mito desde
el punto de vista romano. Además, nos dice Martínez Gázquez (p. 148) que tuvo
la intención escribir una redacción más del poema de Arato dentro de sus Phaenomena.
·
Germánico también era el autor de una obra
homónima a esta última del autor sulmonense, para la cual siguió un patrón
romano a la hora de adaptar la obra de Arato, de tal modo que, a diferencia de
todos los que abordaron a este autor, llegó a hacer una reelaboración ampliada,
haciendo uso de comentarios de época helenística. Destacó por innovar aportando
nuevos estudios y experiencias que había tenido él mismo. Así, en lugar de
conformarse comentando al ya mencionado Arato, quien se basaba en pronósticos,
se dedicó más bien a consideraciones experimentales y de carácter
meteorológicas.
·
Higinio, por otro lado, al igual que muchos de
los que hemos nombrado, pretendía en sus Astronomica completar la teoría
aratea, por lo que expone ideas elementales de cosmografía, así como mitología
en relación a los cielos, descripciones de las constelaciones con sus
correspondientes mitos, el número de estrellas y su posición en el plano
celeste. De esta manera, fue incluso capaz de elaborar un catálogo de
estrellas, estrechando un lazo de unión entre estas y la filosofía pitagórica
en tanto en cuanto a la importancia del número en el cosmos. Por tanto, no es
más que la plasmación de las nociones de astronomía que había ya desde la época
helenística, pero en lengua latina.
·
Otro autor es Manilio, el mismo que compuso una
obra que comparte el mismo título con la de Higinio, solamente que, en este
caso, su obra está comprendida en cinco libros, cuya temática gira en torno,
más a la astrología, que a la astronomía. Cabe destacar que no solo le dio importancia
científica sino también se ocupó de que fuera un poema fruto de su entrega
total como escritor.
·
Vitrubio hace referencia a la astrología y a la
importancia práctica que tiene la astronomía en la vida cotidiana del hombre y,
en concreto, en el terreno de la arquitectura en el libro IX de su De
architectura.
·
Por otro lado, un autor que, junto a Lucrecio,
trataremos con más detenimiento, es Plinio el Viejo. Su De naturalis
historia es de vital importancia para el campo de la astronomía, pues ya en
la introducción presenta su visión del universo y una teoría acerca del
movimiento planetario, concretamente, hallamos esto en el libro II. No
obstante, en otros libros es posible encontrar materia alusiva a conceptos
astronómicos. Sugiere que los fenómenos que tienen que ver con los cuerpos
celestes son los que hacen posible la existencia de unas leyes que gobiernan la
naturaleza. Estas leyes son muy importantes para el ser humano y están ligadas
a la astrología, que no es más ni menos que la ciencia que le es propicia al
hombre para poder predecir las posiciones e influencias de los astros y de los
planetas para con los asuntos humanos. Al igual que Cicerón, Plinio creó nuevo
vocabulario para la rama de la ciencia que nos ocupa.
·
Dentro de sus Naturales quaestiones, precisamente
en el libro IX, Séneca aborda el tema de la astronomía, haciendo alusión a
fenómenos como la crecida del Nilo o la Vía Láctea. Además se atreve a exponer
ideas acerca de los cometas, así como a someter a juicio a las teorías antiguas
que tenían que ver con esto mismo, si bien es cierto que este autor defendía
que la naturaleza de los cuerpos celestes estaba regida por leyes físicas.
·
Censorino, por su parte, se encargó únicamente
de la astrología en su De die natali.
·
Fírmico Materno, en cambio, seguía la misma línea
de Nigidio Fígulo, y eso que este último se remontaba al siglo I a. C.,
mientras que aquel vivió en el III d. C. Compuso un manual que no es más que
una recopilación de manera sintética de todo lo que los antiguos habían concluido
en lo que a terreno astronómico se refiere. El mérito está en que fue el propio
Fírmico el que investigo todas estas teorías. Así, aporta nueva información,
como el análisis de las nueve esferas, las cinco zonas (las dos cálidas, las
dos frías y la zona tropical) con su correspondiente naturaleza, los doce
signos del zodiaco, los movimientos planetarios y, sobre todo, los del Sol y la
Luna, la Vía Láctea y, entre otras muchas cosas, los eclipses solares y lunares.
De esta manera, pudo transmitir todo cuanto los egipcios, babilonios y griegos
habían estudiado y observado en el cielo.
·
Avieno, en cambio, no destacó tanto como el
autor anterior, y es que llevó a cabo una completa y nueva traducción del poema
de Arato, pero en la que podemos observar la decadencia de la lengua latina,
propia de la el decaimiento del final del Imperio, en el siglo IV d. C.
·
Atendiendo a los Comentarios del Sominum
Scipinis de Cicerón, Macrobio demostró el gran conocimiento que poseía en
torno a la astronomía antigua. Fue capaz de componer toda una síntesis del
punto de vista que tenían los romanos en el terreno de los cuerpos celestes sin
dejar de lado los elementos que atañían a la cultura griega y oriental.
·
Fnalemente, en esta enumeración, tenemos a Marciano
Capella, a quien hemos nombrado en temas anteriores, que fue el que dio paso
los estudios medievales sobre esta rama del saber, que se basaban en compendios
y redundancias dentro de la astronomía antigua. En su De nuptiis Mercurii,
concretamente en el libro VIII hace alusión a las ideas de Varrón o de Plinio,
entre otros. Gracias a él y a la obra que acabamos de mencionar, la astronomía
llegó a formar parte del quadrivium de la Edad Media.
En resumen, a partir de todo un abanico de
autores, llegamos a la conclusión de que no son más que integrante de una misma
ciencia que responde, como señala Martínez Gázquez (p. 151) a “una misma visión
unitaria”. Se plasma a la Tierra como centro de la gran esfera del Universo,
que está encerrado por otra figura esférica más, la de las estrellas fijas.
Esta esfera gira alrededor de un eje cuyos dos extremos atraviesas la bóveda
del cielo con dos polos, uno que se ve y otro invisible. Después de la Tierra
se encontraría la Luna, y, tras ella, el resto de planetas, cada uno de ellos
en unas esferas menores unidas entre sí. Por encima de todas ellas se encuentra
la de las estrellas fijas y, envolviéndolas a todas, está la novena esfera.
Finalmente, hagamos alusión a los elementos que
establecieron algunos autores latinos en relación a esta última figura esférica
que rodeaba todas las demás: por un lado tenemos al ecuador, a los dos trópicos
entre los que se encuentra la trayectoria aparente del Sol; el círculo ártico y
el antártico, los círculos meridianos que pasan por los puntos que se
corresponden con los solsticios y los equinoccios, denominados coluros; el
meridiano, el horizonte y la Vía Láctea, la cual se correspondía con el último
gran círculo en los estudios de Arato, sino que, incluso, fue objeto de
curiosidad de autores como Séneca, Manilio o Macrobio.
BIBLIOGRAFÍA
Pérez Jiménez, A. (1994). Astronomía y Astrología de los
orígenes al Renacimiento, Madrid: Ediciones Clásicas.
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