martes, 14 de junio de 2016

La astronomía en Roma y sus antecedentes

TEMA 4

Introducción
El imperio romano, no sólo en su época pagana, sino también en la cristiana, no dio un impulso demasiado notable a las ciencias. Más bien, Roma se caracterizaba por poseer una sociedad práctica que, eso sí, respetaba la técnica, pero que, por otro lado, consideraba la ciencia tan poco útil como les podría parecer la poesía o la pintura.
Los conocimientos de astronomía en ese período no aportan nada nuevo a lo que ya se sabía desde la época helenística, esto es, las teorías geocéntricas de Aristóteles, la existencia de los planetas que podían ser vislumbrados a simple vista como Venus, Marte, Júpiter, Saturno e incluso la Luna, nuestro satélite, conocida desde tiempos inmemoriales, y considerada como un dios. No obstante, Lucrecio, un filósofo romano del siglo I a. C, plasma una concepción del Universo, por una parte, cercana a la moderna, por otra, retrógrada en su obra De rerum natura. Este autor defendía que la materia está constituida por átomos que se encuentran permanentemente en movimiento, uniéndose y separándose de manera constante e infinita. Así, forman soles y tierras y los deshacen. Asimismo, creía que nuestro mundo no era único, sino que se trataba de uno solo entre infinitos mundos que coexistían entre sí. Apuntaba que nuestro planeta se creó casualmente por la unión de átomos, de modo que, en el momento en el que éstos se volvieran a separar, la Tierra llegaría a su fin.
Sin embargo, a pesar de estas innovaciones, muy cercanas, como mencionábamos líneas más arriba, a la concepción del Universo moderna, Lucrecio no aceptaba que la Tierra fuera redonda. En su lugar, concebía a nuestro planeta semejante a los demás mundos: planos y contenidos en una esfera celeste.
Ptolomeo nos da, en el libro I de su Almagesto, una definición para el término astronomía. No es más que una doctrina de las estrellas mediante la cual “comprendemos la figuras que en cada momento adoptan los movimientos del Sol, de la Luna y de los astros, entre sí y con respecto a la Tierra”. Por otro lado, en el mismo pasaje de su obra citada nos dice que la astrología lo que hace es estudiar los cambios que producen los movimientos de los cuerpos celestes en los seres humanos. Y es que hasta el siglo II d. C. no se tenía claro cuál era la diferencia entre ambos ámbitos. Además, muy lejos de la concepción actual, Ptolomeo defendía que ambos terrenos giraban en tono a una sola ciencia: la astrología.
Así pues, esta rama de la ciencia surge debido a la admiración que sentían nuestros antepasados al observar el cielo. Parecía que todos los cuerpos celestes poseían una vida propia sobre la que el hombre no tenía potestad, y que, además, tenían que ver con los procesos naturales de nuestro mundo. Por lo tanto, concebían a los astros como dioses, o bien como fruto de la acción divina, de modo que se trataba de una ciencia sagrada puesta en manos, desde su origen, de chamanes, sacerdotes o personas que servían de transmisoras de la deidad en cuestión.
Ya desde la Prehistoria, los primitivos seres humanos se sentían realmente atraídos por la observación del plano celeste, y estaban conectadas en todo momento con las necesidades de hombre, con la preocupación de conservar la vida y con las preguntas que surgirían entonces en torno al misterio de la muerte. En Grecia y Roma se atribuía a los caldeos y a los egipcios la paternidad de esta rama del saber, concretamente, la astrología a los primeros y la astronomía a los segundos. No obstante, gracias a las fuentes y a los hallazgos realizados sobre los textos jeroglíficos y cuneiformes, se sabe con seguridad que proviene de la cultura mesopotámica. Y es que resulta que no solo los egipcios, sino también los babilonios estaban interesados en las leyes de los cielos, tanto por motivos religiosos como para buscar un uso a partir de ellas. El ejemplo está en Egipto, en donde sería bastante útil saber cuál era el movimiento descrito por los cuerpos celestes, con el fin de establecer cuándo crecería el Nilo, aunque más notable fue el hecho de que lograran inventar un calendario solar que llegó a ser bastante semejante a los trescientos sesenta y cinco días nuestros.
Por su parte, los sacerdotes babilonios anotaban sus observaciones y calcularon las fases y movimientos de la Luna, el Sol y los planetas, pues todo ello servía para otorgar a los reyes el momento preciso para llevar a cabo acciones que eran relevantes para toda la sociedad, ya en el plano social, como en el político, económico, político y militar. Babilonia facilitaría el germen de una astronomía que los griegos terminarían de convertir en ciencia exacta. Frente a los egipcios, que solamente se paraban a confeccionar un calendario agrícola y litúrgico a partir de sus observaciones, Mesopotamia, a partir del cómputo sexagesimal, de los cálculos aritméticos dentro del ámbito astronómico elemental, de las coordenadas ortogonales, de las matemáticas, del reconocimiento de los componentes de movimiento de la Luna, de la adecuación de un calendario solar, de las tablas lunares y planetarias para poder predecir los eclipses y de la alusión a los signos del zodíaco, sentó las bases de esta rama de la ciencia que, posteriormente, los griegos desarrollarían.

Los antecedentes
A la hora de recopilar información acerca de las ideas que se tenían sobre astronomía en la antigüedad, un historiador se ve ante un problema que se basa en las fuentes. Y es que las que se conservan del último milenio son numerosas, pero las que son anteriores a este período son bastante escasas. Las causas de esto pueden ser varias, bien se han perdido a lo largo del tiempo, o bien no han ocasionado el suficiente interés como para adjuntar su contenido a las obras que se compusieron posteriormente. Por otro lado, encontramos que no nos ha llegado todo lo que el gran observador del cielo de la antigüedad, Hiparco, plasmó, pues fue incorporado al Almagesto de Ptolomeo.
Antes de los griegos, los registros son muy pocos, y los hallamos en pequeñas tablillas de arcilla procedentes de Babilonia, o en techos dorados y demás soportes pertenecientes a la cultura egipcia. Sin embargo, sí podemos concluir en que la astronomía en Egipto y Babilonia era muy limitada. A partir de aquí veremos, de manea sucinta, los antecedentes de lo que había en cuanto a conocimiento de los cielos antes de la cultura romana, siguiendo los artículos de M. Hoskin, de J. L. Calvo y de F. Lisi dentro de la obra de A. Pérez Jiménez: Astronomía y astrología: de los orígenes al Renacimiento (pp. 43-58, 59-86 y 87-110 respectivamente):

·        La astronomía en el antiguo Egipto
Es cierto que no podemos tocar los cuerpos celestes con nuestras propias manos ni estudiarlos como si fuera un objeto de la vida cotidiana, por lo que, inevitablemente, para poder tener un idea elemental de la astronomía, es necesario observar los astros, sus posiciones y los cambios de posición.
En el antiguo Egipto, la noción que había de aritmética y geometría no era la suficiente, todo ello visible en los papiros que nos han llegado. Estas fuentes nos muestran que los egipcios poseían símbolos para señalar el 1, el 10, el 100, etc., y que, al igual que luego harían los romanos, los utilizaban únicamente cuando era preciso. Por esta misma razón era lógico que no se pudiera realizar un estudio astronómico más allá del ámbito trivial.
Por otro lado, la geometría egipcia tampoco era muy destacada, aunque hay que tener en cuenta un aspecto muy relevante dentro del ámbito social: la existencia de un calendario. Y es que plasmar días, meses y años no debería haber sido nada fácil para una cultura tan primitiva, siendo la primera en abarcar este problema. Se sabe que, ante el hecho de que ningún mes está formado por ningún múltiplo entero de días, como ocurre con los meses y el año, ni siquiera hoy en día poseemos meses que duren lo mismo, de hecho hay años bisiestos. Por tanto, es muy destacable que los egipcios hayan logrado establecer un calendario con tan pocos rudimentos.
El porqué de esto ya lo hemos mencionado: interesaba calcular las crecidas del Nilo, ya que la vida en Egipto estaba subordinada por este acontecimiento que se daba cada año. El valle que comprendía este río se veía cubierto anualmente por sus aguas, y, cuando bajaban las aguas, la tierra era lo suficientemente fértil como para emplearla para la siembra, a lo que le sigue otro período de crecimiento con su posterior cosecha. Los egipcios se percataron de que el mes lunar duraba entre veintinueve y treinta días, y de que el tiempo que transcurría entre una crecida del Nilo y otra era de doce meses lunares. Por eso, un año egipcio se dividía en tres estaciones: la de la inundación, la de la bajada y la de la cosecha, durando cada una cuatro meses, a veces cinco.
Asimismo, aunque este calendario resultaba satisfactorio para las festividades religiosas, dada la ardua organización que caracterizó a la cultura egipcia, debería haber sido bastante incómodo tener meses de veintinueve y treinta días, así como años, a veces de doce, a veces de trece meses, todo ello por causa de los cálculos que se realizaban a partir de la estrella Sirio. Así pues, nos dice Hoskin (p. 52) que “un genio desconocido propuso que en cada año hubiera exactamente doce meses y que cada mes constara de treinta días divididos en tres períodos de diez días cada uno”. De este modo, transcurridos los doce meses, para sumar un total de trescientos sesenta y cinco, se le sumaban al año cinco jornadas más.
En cuanto a la datación de este primitivo calendario, probablemente estuviera en torno al tercer milenio antes de Cristo, relacionado además con el religioso que mencionábamos líneas más arriba. Cabe destacar que, por la facilidad que posibilitaba este invento egipcio para calcular el intervalo que había entre dos fechas diferentes, el calendario egipcio fue muy útil en el ámbito de la astronomía incluso hasta la Edad Moderna.
Por otra parte, es verdad que el año solar está formado por trescientos sesenta y cinco días a los que debemos sumar algunas horas, lo que da lugar a los años bisiestos. Por ello, debemos concluir que el año estacional estaba desfasado con respecto al calendario administrativo. Por esta causa, y para no modificar el calendario administrativo, inventaron un tercero que mantenía lazos de unión con este.
De resto, los egipcios no destacaron mucho más en el campo que nos ocupa, manteniéndose ligados en todo momento en sus intereses para con la agricultura.

·        La astronomía en Babilonia
Por lo que respecta a la cultura babilonia, como comentábamos más arriba, los únicos documentos que conservamos son tablillas de arcilla que no superan las dimensiones correspondientes a las manos de un ser humano, es decir, que se corresponderían con páginas sueltas, para entendernos mejor. Esto da lugar a que el estudioso tenga que darles el sentido que sea posible.
Con respecto a las tablillas que están dedicadas a la astronomía, hemos de diferenciar dos períodos: el primero, correspondiente con la Antigua Babilonia, alrededor del año 1700 a. C., y el segundo con un período comprendido entre el 500 a. C. y, en mayor medida, el 300 a. C. en adelante.
De la primera etapa destacan, por encima de las que se sumergían propiamente en astronomía, las concernientes a las matemáticas, lo cual demuestra que los babilonios estaban provistos de un gran instrumento para estudiar los cielos, basado en un sistema de escritura numérica que hacía mucho más sencillos los complejos cálculos aritméticos. Así pues, usaban un símbolo para el 1 y otro para el 10, y los empleaban cuantas veces fuera necesaria, de manera que eran capaces de escribir cifras hasta el cincuenta y nueve. A partir del 60, volvían a utilizar el mismo símbolo manejado para el 1. Por tanto, estamos ante un sistema numérico sexagesimal. Es más, si nos paramos a pensar, en la actualidad seguimos haciendo lo mismo, si bien, para representar 10 veces 10, utilizamos el 1 de nuevo: 100, de manera que el 1 indicaría una cifra u otra dependiendo de la posición que ocupase en la expresión. Por tanto, concluimos que el sistema adoptado por los babilonios les permitió efectuar operaciones bastante complejas, teniendo en cuenta, además, que ese mismo método sigue estando presente en nuestra forma de medir los ángulos y el tiempo.
En lo que al segundo período se refiere, hemos de decir que es la etapa de la cual mayor número de tablillas astronómicas conservamos. Dada la fecha a la que se remontan, ya no estamos hablando de una astronomía anterior a la griega, sino que coexistía con la mayor parte de ella. Sin embargo, el punto de vista babilonio difería con respecto a las ideas que defendía Platón en Grecia. Frente a una teoría que giraban más en torno a la filosofía que rondaba en la Atenas del siglo IV a. C., nos encontramos ante una astronomía mesopotámica con estrechos lazos con las matemáticas. No se encargaban de demostrar que habitáramos un cosmos racional, tal y como lo hacía la filosofía platónica, sino, más bien, de llevar a cabo predicciones astronómicas y, más concretamente, de confeccionar un calendario para regular la vida cotidiana de la sociedad de aquel entonces. Así, los babilonios poseían un sistema de organización de días, meses y años de acuerdo con la Luna, de manera que un mes daba comienzo después de la observación de la luna nueva. Para calcular esto, tenían en cuenta que esto se da en el momento en el que el Sol, la Luna y la Tierra se encuentran en línea recta, por lo que debían observar los movimientos del Sol y de la Luna, así como calcular cuándo alcanzaría al Sol la Luna.
Por otro lado, es destacable la pericia de los babilonios con respecto al movimiento del Sol, pues este no se mueve a una velocidad uniforme a lo largo del año, sino que, de un modo complejo, la cambia, alcanzando su velocidad máxima y mínima una vez al año. Pero, como afirmábamos al comienzo del párrafo, los astrónomos de Babilonia fueron capaces de buscar solución a este problema, en tanto en cuanto, a partir de sus habilidades en el terreno de la aritmética, idearon un sol imaginario, cuya velocidad, tal y como indica Hoskin (p. 56), “aunque sumamente artificial”, pudo acercarse bastante a la del sol real. Así, fue posible que confeccionaran un calendario que satisfacía las necesidades de la sociedad de ese momento.
En relación con los griegos, que andaban tras la búsqueda de la verdad, los babilonios iban detrás de los datos más precisos. Por esta razón, estamos ante una astronomía más científica, si bien era más predictiva y cuantitativa, la cual no requería de observaciones cotidianas, sino de los registros que se habían realizado unos siglos atrás, más precisamente, hasta el año 700 a. C.
Finalmente, es necesario que sepamos que, tras las conquistas de Alejandro Magno, debido al contacto de la cultura griega con la de países más orientales, los estudios astronómicos se acercaron más a la predicción y cuantificación propia de Babilonia. Hiparco y Ptolomeo, gracias a los registros anteriores, pudieron crear modelos geométricos de los movimientos planetarios que siguieron siendo útiles incluso hasta el tiempo de Copérnico, quien las empleó para construir modelos mucho más precisos. Así, vemos de qué modo influyó la astronomía mesopotámica en el mundo moderno.

·        La astronomía en Grecia
Tal y como señalábamos en el párrafo anterior, en el siglo IV, con las conquistas de Alejandro Magno, Grecia pasó de tener una cultura cerrada en el marco de sus polis para convertirse en otra más abierta, por lo que estamos ante un mundo griego que vio posibilitada la extensión de sus costumbres y de su lengua a un territorio mucho más amplio que ya no daba la espalda los helenos: Oriente. Hay que tener en cuenta que esto no sucedió de la noche a la mañana, sino que fue un lento y paulatino proceso cuyas etapas no nos es posible establecer. Además, al contrario que los posteriores romanos, los griegos mantuvieron lazos de unión con estos pueblos, dando lugar a un mayor número de hombres y mujeres que compartían genes de ambas culturas. A partir de aquí, surge una nueva clase social que dio lugar a importantes instituciones como el gimnasio, el teatro y una escuela en donde se estudiaba el sincretismo del mundo oriental y griego. Del mismo modo, salieron a la luz destacados escritores, filósofos y científicos.
En lo que a religión se refiere, ya no nos encontramos ante la adoración hacia los doce dioses olímpicos, como ocurría en la Grecia clásica, sino que algunos de estos mismos pasaron a ser divinidades astrales, otros alcanzaron el rango de deidades superiores, como el caso de Helios y algunos como Hermes o Dionisio, según José Luis Calvo (p. 63), “cobran una nueva dimensión”. Como es lógico, muchas de las festividades religiosas orientales entraron dentro del calendario litúrgico de los griegos de época helenística. Así, rendían culto a Bendis, Cibeles o Isis ya a finales del siglo V a. C. Estas fiestas acrecentaron progresivamente el número de fieles, a medida que iba pasando el tiempo, hasta tal extensión que llegaron a fundirse con los Misterios propios de los griegos, surgiendo así la mistérica, una religión que llegó a ser característica del Helenismo tardío.
Por otro lado, es digno de mención el intento por parte de los egipcios de aunar su religión con la de Grecia. En esta línea, Ptolomeo Soter creó una nueva divinidad que no era otra cosa más que la fusión de Zeus con Osiris: Sarapis. Sin embargo, al estar ligada a un culto real y por el hecho de que era una deidad artificial, no siguió estando vigente tras el predominio del poder de la dinastía de los Ptolomeos, y es que estamos refiriéndonos a una época que estaba inclinándose hacia el monoteísmo.
Así pues, hemos de tener en cuenta que a partir del siglo I d. C., el territorio helenizado poseía, no solo un mismo vehículo para la comunicación (el griego común o la koiné), sino que había un sistema común de referencias culturales y religiosas.
En lo que atañe a la cosmología, sabemos que antes de ña época helenística, los hombres tenían una concepción del mundo que determinarían al ámbito de la astronomía, en tanto en cuanto no se creía que la Tierra fuera un disco plano que flotaba sobre el mar o que se encontraba plantada en un abismo, sino que ocupaba el centro del Universo compartiendo la forma esférica que presentaban los demás planetas. Ya dentro del Helenismo, corrientes filosóficas como el neoplatonismo o el estoicismo propició que el ser humano fuera capaz de mirar más arriba de la Tierra y observara el espacio que la rodeaba (aer), el mundo lunar donde se sentaban las almas y, mucho más arriba, las ocho esferas inmortales, de las cuales siete se correspondían con los planetas y la octava con la de las estrellas fijas, el mundo de los dioses. Además, por encima de estas se encontraría un dios supremo que estaría sujeto a otras dos concepciones paralelas: una que indicaba que este era rector de la maquinaria celeste, y otra de vertiente más metacósmica que, según José Luis Calvo “es un dios lejano y definitivamente ocioso, siendo uno de los dioses astrales el que rige el polo, el eje de las esferas y, por lo tanto, los mecanismos del Destino” (p. 66).
A partir de aquí, el hombre y sus creencias sufrirían un giro importante, si bien el ser humano se sentiría más pequeño y subordinado a la fuerza del Destino. Por eso mismo, muchos, ante el terror que esto suponía, buscarían el refugio necesario en la magia que ofrecerían las religiones mistéricas de ese momento. En el mismo sentido, ya no cabía pensar en un mundo subterráneo donde todos aquellos que iban a parar a él sufrían castigos por las acciones que habían llevado a cabo en vida (tal y como sucede con la actual concepción del infierno cristiano). El Inframundo quedó reservado a menciones en pasajes literarios o en ciertos ritos ligados a la magia. Finalmente, dentro de esta nueva concepción del mundo, los dioses sufrieron una reestructuración, si bien pasaron a ser idénticos al hombre en cuanto a carácter y naturaleza. Al ser capaces de mirar al plano celeste, las divinidades, tal y como señalábamos antes, adquirieron la categoría de estrellas o planetas y estaban bajo el dominio de una deidad suprema. Si indagásemos más en esta nueva manera de ver el Universo, nos percataríamos aún más del influjo oriental, como sucede con Helios, que habría dejado de ser un titán para identificarse con Samas o Baalsamin, los que tenían el poder del cielo en las religiones de Oriente.
Por último, dentro de este punto, no debemos dejar de lado la concepción astronómica de Platón, prototípica en toda en toda la Grecia antigua. Sabemos que surge en torno al movimiento de los planetas y esto, así como la mayor parte de la teoría platónica, la observamos en el diálogo de la República, en donde se lleva a cabo toda una descripción del sistema celestial. Se trata de una cosmología relacionada, según F. Lisi, “con el aspecto astrológico ético” (p. 93). Está insertado dentro de un marco mitológico, ya que tiene que representar los porqués de los destinos que poseen las almas en el panorama del orden universal. Asimismo, esta descripción nos permite observar un mundo de forma esférica que gira sobre sí mismo, y que tiene como epicentro la Tierra, la cual, desde el punto de vista terrestre, está fija, mientras que sigue, en comparación con el universo, un movimiento de rotación al igual que este. No obstante, el resto de planetas describen un movimiento contrario al conjunto del universo, y cada uno de ellos rota excéntricamente con respecto al eje de rotación del cosmos.
Otra obra de referencia dentro de la teoría del movimiento de los planetas de Platón es el Timeo, diálogo en el que los cuerpos celestes aparecen como entes mediadores y creadores del tiempo. Aparece el Demiurgo, la fuerza constructora del mundo a partir de los cuatro elementos, a saber el fuego, el aire, el agua y la tierra. Le da forma esférica y fija para él el movimiento de rotación, tal y como observábamos en la República. Platón se ocupa en este caso de explicar cómo se mueven la Luna, Marte, el Sol y Venus.
Finalmente, junto al Timeo y la República, para hablar de astronomía platónica, no podemos obviar la última obra de latón: las Leyes. Estas tres composiciones muestran la teoría de la formación del alma del hombre desde diferentes puntos de vista, pero guardando correlaciones entre sí. Los cuerpos celestes, dentro de la epistemología platónica de las ideas, eran la primera mediación con el mundo sensible, por lo que al observarlos, se podría obtener una visión mucho más amplia del universo.
No cabe duda de que los estudios astronómicos de Platón giraban en torno a la ética, en tanto eran doctrinas que conducían al alma a la justicia y al equilibrio necesario: el mundo surge a partir de una unidad.
Otros autores que destacaron por sus estudios de astronomía en Grecia fueron Tales de Mileto, que estudio en Mesopotamia y pudo, por tanto, aportar al saber griego las ideas astronómicas de babilonios y egipcios. Como ambas culturas, sugería que la Tierra era plana y que flotaba en el agua como si de un tronco se tratase. Un hecho de gran renombre fue que, gracias a sus conocimientos, fue capaz de detener una batalla entre medos y lidios, a causa de la predicción de un eclipse de Sol, concretamente el 28 de mayo del año 585 a. C.
Por su parte, Aristóteles, al contrario que Tales, afirmaba que nuestro planeta es de forma redonda, y no lo dice sin más, sino que da tres argumentos para reafirmar esta tesis: en primer lugar defiende que los eclipses lunares muestran que la proyección de la sombra de la Tierra sobre la luna tiene forma de arco de circunferencia. Además, la posición aparente que ocupa la Estrella Polar es diferente en relación a Grecia y Egipto, haciendo posible incluso que realizara un cálculo aproximado terrestre en 400.000 estadios, es decir, 80.000 km, casi el doble del valor real. Finalmente, y más próximo a la vista del hombre está el hecho de que, cuando aparece un barco en el horizonte, primeramente aparecen las velas y luego el casco del barco. Por otro lado, fue capaz de establecer, aunque erróneamente, que la Tierra permanecía quieta, mientras que, alrededor de ella y a una velocidad uniforme y siguiendo una trayectoria circular, giraban los planetas, las estrellas, el Sol y la Luna. Y es que ya hemos visto que Aristóteles era uno de los pensadores que sugerían que el movimiento circular era el más perfecto de todos. Todas estas afirmaciones le llevaron a concluir que la condición y la posición terrestre no eran simplemente el resultado del movimiento celeste, si bien hemos de tener en cuenta que la circunferencia de un círculo definen las propiedades de su centro, así mismo el cosmos, al ser una esfera, la Tierra debía presentar la misma forma. Finalmente al igual que Tales, seguía un modelo geocéntrico del Universo.

La astronomía en Roma
A la hora de hablar de teorías astronómicas en Roma, podemos concluir en que no es cosa fácil, pues, dentro de la ciencia romana, nunca llegó a existir la astronomía. Asimismo, hasta nuestros días no han llegado noticias algunas acerca de ningún estudioso en este terreno científico tan importante como para concebirlo como astrónomo, dado que tampoco nos ha llegado ninguna obra acerca de ello. Quizá podamos aceptar que Fírmico Materno tocara en parte esta disciplina en el proemio de su Matheseos libri VIII, aunque, simplemente, nos ofrece elementos de una astrología ligada a la superstición.
A pesar de todo, es imposible afirmar que en la antigua Roma no hubiera interés en asuntos astronómicos, pues dentro de la cultura romana había muchas realidades que atañían a esta rama del saber.
Nos dice José Martínez Gázquez en la obra que hemos citado al principio (p.144) que “la astronomía en Roma estableció estrechos contactos y relación de mayor elevación científica con tres vertientes distintas del conocimiento”, de tal manera que Quintiliano, en el ámbito de la literatura latina, afirmaba que nadie podría comprender a los poetas, si no era conocedor de las estrellas, y así como sucede con este autor, ocurría con otros muchos pasajes de la tradición literaria de los latinos. En segundo lugar, estaba unida a la filosofía, pues desde el principio hemos visto cómo la astronomía se encargaba de explicar los fenómenos celestes, al igual que hacían otras ciencias diferentes. Para ello buscaba el respaldo en terrenos como la física o la cosmología que eran propias de la filosofía, teniendo en cuenta cada una de las corrientes y etapas en las que se desarrollaron las distintas ideas.
No obstante, la rama de la ciencia que más contacto tenía con la que nos ocupa fue la astrología, cuyos objetos de estudio conformaban la clave dentro del proceso del conocimiento de la evolución y del desarrollo del mundo y de los hombres. Un argumento de peso para reafirmar nuestra tesis acerca de la estrecha relación entre astronomía y astrología es que, hasta la época de Quintiliano, los autores no presentaban diferencia alguna entre ambos campos. En este sentido, y por consiguiente, la agronomía también estaba ligada a ellas, pues, como bien sabemos, los romanos buscaban por encima de todo el pragmatismo en sus estudios científicos. Y es que la naturaleza era la madre de todo sustento para los hombres y para el mundo, y sobre la tierra inciden de manera directa los fenómenos terrestres y los esfuerzos humanos sobre los cuales recaen los efectos de los cuerpos celestes. De este modo, para que el hombre pudiera dominar los fenómenos que se daban en la Tierra, era totalmente necesario que tuviera nociones acerca de las leyes que rigen el cielo. Por esto mismo, autores como Columela o Varrón, que veremos más adelante en los temas concernientes a la agricultura, establecen en sus obras un lazo de unión directo entre astronomía, astrología y agronomía, así como Plinio el Viejo y su De naturalis historia.
Por otra parte, el mismo Plinio nos da testimonios, en su obra ya citada, concretamente en 18, 57, 211-212, de personalidades que se encargaron de la astronomía en la antigua Roma. Fue el caso de Quitno Tuberón, quien, en la época de Varrón, se dedicó a observar el cielo hasta tal punto de denominar a una estrella con el nombre de “real”. Por su parte, César se preocupó del movimiento de los cuerpos celestes, influido por ideas egipcias y caldeas y con la ayuda de Sosígenes, un astrónomo alejandrino, con el fin de confeccionar un calendario reformado a partir del movimiento del Sol. Ello nos induce a pensar que su Liber fastorum tuviera que ver con esto mismo.
Por tanto, la literatura juega un papel muy importante a la hora de la transmisión de los conocimientos de astronomía de los romanos. A lo largo de muchos versos de diferentes obras, autores como Plauto, en su Rudens, en la que el papel de prólogo está desempeñado por la estrella Arturo; Arato y sus versiones de Cicerón, Manilio y otros innumerables poetas se han referido, de una u otra forma, al plano celestial. Sin embargo, sí es cierto que, aunque pertenecía a las artes liberales, la astronomía no estuve presente en los textos científicos romanos. No se buscó el conocimiento de esta rama del saber en sí misma, sino que se utilizó en función de otros intereses. Hay referencias literarias en relación al conocimiento de las constelaciones, en tanto en cuanto estas servían de ilustración y soporte a los mitos en los que se hacía a alusión a  ellas.
Sabiendo, pues, cuáles son nuestras limitaciones a la hora de hablar de astronomía romana, podeos enumerar autores  y obras que hablan de esta, aunque en los dos temas restantes dedicados a esta rama del saber nos ocuparemos concretamente de Plinio el Viejo y de Lucrecio.
·        Varrón: como enciclopedista que era, tenía puesto todo su interés en diferentes ámbitos del saber, aunque, en lo que a astronomía se refiere, se ocupó de analizar cómo incidían los astros en la vida de los hombres, sobre todo, en lo que atañía con la agricultura, de manera que fue capaz de establecer, nos dice Martínez Gázquez (p. 146) todo un “parapegma latino, cuya influencia concreta se detecta en épocas posteriores en De agricultura de Columela y en De naturalis historia de Plinio, entre otros”.
·        Lucrecio, por su parte, desde otro punto de vista, llevó a cabo diferentes alusiones a fenómenos astronómicos partiendo de la base de la física de Epicuro, llegando a componer la primera obra filosófica latina: De rerum natura. En ella hace una descripción del mundo, de la naturaleza, del movimiento de los astros, así como de fenómenos atmosféricos y terrestres.
·        Cicerón es importante en el campo que nos ocupa porque tradujo, el primero de todos, a Arato, además de aportar abundante y rico lenguaje alusivo a esta rama de la ciencia que no existía en aquel momento, tal y como hizo con otras áreas del saber. Así, en el Somnium Scipionis, que estaba sumergido en la filosofía pitagórica y platónica, pone ya de manifiesto diferentes cuestiones sobre astronomía. Por otro lado, e influido por Panecio, su De divinatione va en contra de toda supersitición dentro del campo de la astrología.
·        El tema del sentido del hombre en la tierra inunda la obra de Virgilio, así como la influencia de los astros y del destino en el ser humano, en los animales y en sus actividades. Así plasma dicha preocupación en sus Georgica, más inclinadas hacia el ámbito agrícola. Además, tal y como señala Martínez Gázquez (p. 147), tenía como objetivo, una vez acabada su Aeneis, dedicarse plenamente a estudiar el cielo y los cuerpos celestes, algo que la muerte no hizo posible.
·        Un autor que terminó siendo condenado al destierro a causa de una acusación que giraba en torno a la magia fue Nigidio Fígulo. De él y de sus obras solamente tenemos una idea, pues todo lo que a este escritor concierne lo hemos perdido. Sabemos que se ocupó de la adivinación y de la propagación de la astrología en Roma y en la literatura latina. Su producción estaba influida por la filosofía de Pitágoras, una se encargaba de aspectos astronómicos, otra era de temática astrológica. Tenemos nociones también de una Sphaera Graecanica Sphaera Graecanica  y de una Sphaera Barbarica, aparte de otros tratados que abordaban las ciencias naturales.
·        Por su parte, Ovidio, en sus Metamorphoses, realiza todo un compendio de las más famosas tradiciones que tienen que ver con las constelaciones y con el mundo de la astronomía, abordando cada mito desde el punto de vista romano. Además, nos dice Martínez Gázquez (p. 148) que tuvo la intención escribir una redacción más del poema de Arato dentro de sus Phaenomena.
·        Germánico también era el autor de una obra homónima a esta última del autor sulmonense, para la cual siguió un patrón romano a la hora de adaptar la obra de Arato, de tal modo que, a diferencia de todos los que abordaron a este autor, llegó a hacer una reelaboración ampliada, haciendo uso de comentarios de época helenística. Destacó por innovar aportando nuevos estudios y experiencias que había tenido él mismo. Así, en lugar de conformarse comentando al ya mencionado Arato, quien se basaba en pronósticos, se dedicó más bien a consideraciones experimentales y de carácter meteorológicas.
·        Higinio, por otro lado, al igual que muchos de los que hemos nombrado, pretendía en sus Astronomica completar la teoría aratea, por lo que expone ideas elementales de cosmografía, así como mitología en relación a los cielos, descripciones de las constelaciones con sus correspondientes mitos, el número de estrellas y su posición en el plano celeste. De esta manera, fue incluso capaz de elaborar un catálogo de estrellas, estrechando un lazo de unión entre estas y la filosofía pitagórica en tanto en cuanto a la importancia del número en el cosmos. Por tanto, no es más que la plasmación de las nociones de astronomía que había ya desde la época helenística, pero en lengua latina.
·        Otro autor es Manilio, el mismo que compuso una obra que comparte el mismo título con la de Higinio, solamente que, en este caso, su obra está comprendida en cinco libros, cuya temática gira en torno, más a la astrología, que a la astronomía. Cabe destacar que no solo le dio importancia científica sino también se ocupó de que fuera un poema fruto de su entrega total como escritor.
·        Vitrubio hace referencia a la astrología y a la importancia práctica que tiene la astronomía en la vida cotidiana del hombre y, en concreto, en el terreno de la arquitectura en el libro IX de su De architectura.
·        Por otro lado, un autor que, junto a Lucrecio, trataremos con más detenimiento, es Plinio el Viejo. Su De naturalis historia es de vital importancia para el campo de la astronomía, pues ya en la introducción presenta su visión del universo y una teoría acerca del movimiento planetario, concretamente, hallamos esto en el libro II. No obstante, en otros libros es posible encontrar materia alusiva a conceptos astronómicos. Sugiere que los fenómenos que tienen que ver con los cuerpos celestes son los que hacen posible la existencia de unas leyes que gobiernan la naturaleza. Estas leyes son muy importantes para el ser humano y están ligadas a la astrología, que no es más ni menos que la ciencia que le es propicia al hombre para poder predecir las posiciones e influencias de los astros y de los planetas para con los asuntos humanos. Al igual que Cicerón, Plinio creó nuevo vocabulario para la rama de la ciencia que nos ocupa.
·        Dentro de sus Naturales quaestiones, precisamente en el libro IX, Séneca aborda el tema de la astronomía, haciendo alusión a fenómenos como la crecida del Nilo o la Vía Láctea. Además se atreve a exponer ideas acerca de los cometas, así como a someter a juicio a las teorías antiguas que tenían que ver con esto mismo, si bien es cierto que este autor defendía que la naturaleza de los cuerpos celestes estaba regida por leyes físicas.
·        Censorino, por su parte, se encargó únicamente de la astrología en su De die natali.
·        Fírmico Materno, en cambio, seguía la misma línea de Nigidio Fígulo, y eso que este último se remontaba al siglo I a. C., mientras que aquel vivió en el III d. C. Compuso un manual que no es más que una recopilación de manera sintética de todo lo que los antiguos habían concluido en lo que a terreno astronómico se refiere. El mérito está en que fue el propio Fírmico el que investigo todas estas teorías. Así, aporta nueva información, como el análisis de las nueve esferas, las cinco zonas (las dos cálidas, las dos frías y la zona tropical) con su correspondiente naturaleza, los doce signos del zodiaco, los movimientos planetarios y, sobre todo, los del Sol y la Luna, la Vía Láctea y, entre otras muchas cosas, los eclipses solares y lunares. De esta manera, pudo transmitir todo cuanto los egipcios, babilonios y griegos habían estudiado y observado en el cielo.
·        Avieno, en cambio, no destacó tanto como el autor anterior, y es que llevó a cabo una completa y nueva traducción del poema de Arato, pero en la que podemos observar la decadencia de la lengua latina, propia de la el decaimiento del final del Imperio, en el siglo IV d. C.
·        Atendiendo a los Comentarios del Sominum Scipinis de Cicerón, Macrobio demostró el gran conocimiento que poseía en torno a la astronomía antigua. Fue capaz de componer toda una síntesis del punto de vista que tenían los romanos en el terreno de los cuerpos celestes sin dejar de lado los elementos que atañían a la cultura griega y oriental.
·        Fnalemente, en esta enumeración, tenemos a Marciano Capella, a quien hemos nombrado en temas anteriores, que fue el que dio paso los estudios medievales sobre esta rama del saber, que se basaban en compendios y redundancias dentro de la astronomía antigua. En su De nuptiis Mercurii, concretamente en el libro VIII hace alusión a las ideas de Varrón o de Plinio, entre otros. Gracias a él y a la obra que acabamos de mencionar, la astronomía llegó a formar parte del quadrivium de la Edad Media.
En resumen, a partir de todo un abanico de autores, llegamos a la conclusión de que no son más que integrante de una misma ciencia que responde, como señala Martínez Gázquez (p. 151) a “una misma visión unitaria”. Se plasma a la Tierra como centro de la gran esfera del Universo, que está encerrado por otra figura esférica más, la de las estrellas fijas. Esta esfera gira alrededor de un eje cuyos dos extremos atraviesas la bóveda del cielo con dos polos, uno que se ve y otro invisible. Después de la Tierra se encontraría la Luna, y, tras ella, el resto de planetas, cada uno de ellos en unas esferas menores unidas entre sí. Por encima de todas ellas se encuentra la de las estrellas fijas y, envolviéndolas a todas, está la novena esfera.
Finalmente, hagamos alusión a los elementos que establecieron algunos autores latinos en relación a esta última figura esférica que rodeaba todas las demás: por un lado tenemos al ecuador, a los dos trópicos entre los que se encuentra la trayectoria aparente del Sol; el círculo ártico y el antártico, los círculos meridianos que pasan por los puntos que se corresponden con los solsticios y los equinoccios, denominados coluros; el meridiano, el horizonte y la Vía Láctea, la cual se correspondía con el último gran círculo en los estudios de Arato, sino que, incluso, fue objeto de curiosidad de autores como Séneca, Manilio o Macrobio.

BIBLIOGRAFÍA

Pérez Jiménez, A. (1994). Astronomía y Astrología de los orígenes al Renacimiento, Madrid: Ediciones Clásicas.

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