TEMA 2: LA
CIENCIA EN ROMA
Introducción
Tal y como
ocurría con los griegos, los romanos tuvieron acceso a la civilización
directamente desde la barbarie durante la edad de hierro, aunque, a diferencia
de aquellos, no dejaron de lado las tradiciones de la edad de bronce en tan
gran medida. En el año 510 a. C., cuando el pueblo romano expulsó a los
tarquinos, adoptaron los sistemas astrológicos y de adivinación a partir de los
hígados, propios de los etruscos, que provenían de Asia Menor. Además, no desarrollaron
una civilización de ciudades-estado costeras como Grecia, sino que
constituyeron, al modo de Esparta (la ciudad griega menos intelectual), una
comunidad de guerreros y agrícolas. Mientras los senadores de Roma tenían
prohibido el comercio, los que se dedicaban a ello se veían sometidos a los
valores de la sociedad, por lo que aspiraban a convertirse en propietarios de
cultivo.
Un nuevo tipo de ciencia
Los
romanos eran carentes de la perspectiva cuantitativa y espacial del mercader y
del viajero, por lo que no fueron muy doctos en el ámbito de las matemáticas.
Además, cuando Roma alcanzó el período de su madurez, frente a la ardua
geometría que desarrollaron los griegos, los romanos solamente se limitaban a
contar y a medir. En resumidas cuentas, no aportaron mucho a la ciencia, sino
que destacaron en el dominio de la organización, visible en la formación de un
servicio médico público, en la construcción de carreteras y acueductos, en la
introducción del calendario juliano, y sobre todo, en la promulgación de las
leyes establecidas en el derecho romano que servían para regular sus
organizaciones.
Es
destacable, por otro lado, que los romanos estuvieron en constante contacto con
los griegos del sur de Italia y de Sicilia, por lo que se percataron rápidamente
de la superioridad de la cultura de Grecia frente a la suya propia. Lo que
desencadenó este hecho fue que muchos ciudadanos rechazaran todo lo que
concerniera con el saber griego, como el caso de Catón el Censor o el Varrón,
aunque esto no significa que muchos tuvieran interés en asimilar los
conocimientos de tan erudita civilización. Catón, para intentar demostrar la
supremacía de Roma frente a Grecia, compuso una obra de medicina y de
agricultura que no eran más que fórmulas mágicas y hierbas medicinales. Era uno
de muchos de los que pensaba que en Roma no hacía falta médicos para curar las
enfermedades. Por su parte, Varrón se ocupó de las nueve denominadas artes
liberales, a saber la gramática, la dialéctica, la retórica, la geometría, la
aritmética, la astronomía, la música, la arquitectura y la medicina; en
definitiva, un terreno mucho más amplio. Cabe destacar que, en la Edad Media,
Casiodoro ya había eliminado, de esas nueve, las dos últimas.
Por otro
lado, en cuanto a corrientes filosóficas, el estoicismo alcanzó un gran nivel
de importancia en el mundo romano, pues no se alejaban en absoluto de las
creencias tradicionales que habían adquirido de los etruscos, aunque, eso sí,
mucho más sofisticada. Frente al epicureísmo, la filosofía estoica tuvo su
máximo representante en Roma en la figura de Lucrecio, aunque hemos de tener en
cuenta que su pensamiento carecía de fuerza en la ciudad. Tal y como hizo
Epicuro, Lucrecio solamente conservo el contenido y no el espíritu del antiguo
atomismo, pero sin novedad alguna. Con el uso que le daba a la filosofía
atomista se limitaba únicamente a combatir la religión, en lugar de ir detrás
de la comprensión y del control de la naturaleza por parte del ser humano.
En
definitiva, los romanos no fueron capaces de entender la unidad que existía
entre la teoría y la práctica, sino que adoptaron el contenido sin tener en
cuenta el método, lo que dio lugar a obras fundamentalmente filosóficas, como De
rerum natura de Lucrecio, o empíricas con Natualis historia de Plinio
el Viejo, de las cuales hablaremos más adelante en temas independientes. Lo que
hacía Plinio era dar mayor importancia a la utilidad de las cosas que describía
a lo largo de los treinta y siete libros de su obra, sugiriendo así que la
naturaleza existía para atender las necesidades del ser humano.
Sin
embargo, aunque los romanos absorbieron diferentes campos de la ciencia griega,
no lo asimilaron todo. Tal es el caso de las matemáticas, por las cuales no
sentían ningún tipo de atracción, o de la astronomía. Aun así, podemos destacar
a un geógrafo importante que se basó en las ideas de la geografía de
Eratóstenes, Pompeyo Mela, aunque evitó en todo momento alusión alguna a las
matemáticas y a las mediciones. A partir de aquí la geografía en Roma entra en una
profunda decadencia. Personalidades de la talla de Isidoro de Sevilla,
representaba al mundo que se conocía como un círculo que estaba dividido por
una T, de modo que Asia estaba representada por un semicírculo, mientras que
Europa y África mediante dos cuadrantes con el mar al medio y todo en derredor.
En lo que
a medicina se refiere, los romanos la asimilaron mucho más, seguramente por el
uso práctico que suponía dicha arte. El primer maestro digno de mención fue
Asclepíades de Bitinia, el mismo que fundó una escuela de medicina en Roma.
Discípulo suyo fue Celso, quien escribió un tratado que contenía un gran
compendio de fuentes griegas: De medicina. Con el emperador Vespasiano,
la enseñanza de este ámbito de la ciencia se extendió mucho más, orientada en
ese momento a la cirugía militar. No obstante, y sin lugar a dudas, Galeno fue
el último de los médicos de la antigüedad y el más ilustre. Llegó a ser el
médico personal de los emperadores Marco Aurelio y Lucio Vero. Llevó a cabo disecciones
e investigaciones con animales tanto vivos como muertos, pero no se atrevió a
realizar dichas prácticas con humanos. En su lugar, lo hizo con el mono de
Berbería, que era bastante similar a un hombre, aunque lo suficientemente
distinto como para ocasionar la confusión en los estudios posteriores. Así, su
fisiología del ser humano no se alejó mucho del que había propuesto
anteriormente Erisístrato, si bien añadió la teoría hipocrática que giraba en
torno a los cuatro humores y las ideas
propias de Aristóteles acerca de la naturaleza humana. Con respecto a esto
último que acabamos de señalar, Galeno sugería que las almas vegetativa,
sensitiva y racional propias del hombre se encontraban en unos órganos
determinados que estaban conectados entre sí mediante una fuente vital: el pneuma.
Es más, los estoicos afirmaban que el aire era el aliento y el alma del
macrocosmos, es decir, el universo, y que era lo que servía para mantener con
vida a los seres humanos, microcosmos. De este modo, a partir de la respiración,
el hombre entraba en conexión con el espíritu cósmico y renovaba sus
actividades vitales gracias al penuma, que era mitad aire y mitad fuego.
Como vemos
en la imagen, Galeno situó las tres actividades vitales del hombre en los
sistemas digestivo, respiratorio y nervioso. Sabía que las válvulas del corazón
permitían la entrada de la sangre a la cámara derecha y no la dejaba salir,
sino que propiciaban el paso de la sangre de la cámara izquierda a las
arterias, nunca al contrario. Así, del mismo modo, defendía que pasaba lo mismo
con los pulmones. Se traía el aire desde estos hasta la válvula izquierda, en
donde el penuma se separaba y se enviaba directamente a la sangre como
espíritu vital.
Aunque
estuvo muy acertado en muchos aspectos, también cometió algunos errores, si
bien hay que tener en cuenta que sostenía que el movimiento de la tierra era
rectilíneo, así como que había dos tipos de sangre con una función
independiente cada una, motor propio y sistema de distribución particular. No
obstante, a pesar de eso, las ideas de Galeno influyeron en gran medida y
fueron teorías dominantes hasta la época moderna, llegándose a conservar hasta
ochenta y tres de sus obras de las más de cien que había compuesto. Además,
otro factor que benefició la preservación de sus obras frente a otras, como las
astronómicas y geográficas de Ptolomeo, fue el sentimiento religioso que las
inundaba, totalmente aceptado por la Iglesia medieval y los eruditos islámicos.
Con
respecto a la astronomía, aunque trataremos un tema específicamente de este,
ámbito de la ciencia, cabe mencionar algunos rasgos característicos. Autores
como Gérmino se encargaron de este campo desde un punto de vista escéptico, en
tanto en cuanto concebía un sistema astronómico basado en preceptos
matemáticos, en lugar de representarlo a través de teorías físicas.
Posteriormente,
se halló la necesidad de adornar a la astronomía con tintes religiosas por el
influjo de la religión. No obstante, las ideas religiosas tuvieron un impacto
aún mayor en el terreno científico de la química desde los alquimistas
alejandrinos, en torno al siglo II d. C. Y es que con anterioridad los griegos
no habían prestado demasiada atención a esta disciplina, dado que su filosofía
la concebía como un arte degradante. Aun así había excepciones, como los
primeros filósofos jonios y los discípulos de Aristóteles Teofrasto y Estratón,
de modo que la única obra griega conocida que trate temas de alquimia es el IV
libro de la Meteorología del corpus aristotélico.
Grecia y Roma
Tal y como
decíamos líneas más arriba, Roma causa una gran influencia en las tierras
griegas, y, concretamente, tras la muerte de Julio César en el 44 a. C., la urbs
detentaba todo el poder de la cuenca del Mediterráneo (entiéndase Grecia, Asia
Menor y el norte de África, tal cual muestra la siguiente imagen):
El propio
Horacio en sus Epistulas (II, 1, 156) afirma que mientras Roma tomó
Grecia en cuanto a poder militar y político se refiere, los griegos
conquistaron a los romanos artística e intelectualmente. Es más, mientras más
crecía el auge del poder romano y la prosperidad de la ciudad, las clases más
pudientes iban apreciando cada vez más los logros que los griegos habían
alcanzado en terrenos como el arte, la literatura, la filosofía y la política, de
modo que cualquier habitante de Roma que quisiera obtener un resultado refinado
en estas materias, solamente podía limitarse a imitar a sus antecedentes
griegos. Ni siquiera la lengua fue una barrera que imposibilitara la
comunicación y la transmisión de una cultura a otra, ya que era común en Italia
saber leer y escribir griego.
Ya por el
siglo II a. C. nos encontramos con una Roma en la que había comunidades griegas
y que poseía una clase social alta con ciertas dotes de bilingüismo. Para más
inri, intelectuales griegos llegaban cada vez más a la ciudad, bien siendo
obligados como esclavos, bien de manera voluntaria, por lo que no era difícil
hallar maestros provenientes de Grecia que estaban totalmente dispuestos a
instruir en literatura y filosofía. Del mismo modo, cabía otra opción que
consistía en viajar a Atenas, Rodas o Alejandría para formarse. Así, estamos
hablando de una Roma que había logrado tener un círculo de eruditos griegos y
romanos que no dejaban de estar en contacto con Grecia. Incluso grandes obras
de autores helenos fueron traducidas al latín.
Ejemplo de
ello es Cicerón, que estudió con maestros griegos en una primera instancia en
Roma, más adelante en Rodas, donde aprendió la lengua y la filosofía estoica.
Además, las teorías del conocimiento desarrollada por la escuela platónica del
siglo III a. C. ejerció en él una gran influencia, y tradujo, del griego al
latín, el Timeo de Platón.
Al
principio, solamente las clases altas tenían acceso a la cultura. Dedicaban su
tiempo libre a la lectura y a las discusiones sobre temas elevados. Incluso
podrían ser dueños de una biblioteca. No obstante, existían esclavos cultos
grecoparlantes que tenían como misión aconsejar o acompañar intelectualmente a
su amo, o simplemente cuidar de la biblioteca. Otras veces se encargarían de
instruir a los hijos de su patrón.
A la hora
de dirigirse a un público culto, el discurso variaba: si se tenía la intención
de tratar temas de temas elevados, debía hacerse en griego, y solamente se
usaba el latín ante ciertas limitaciones lingüísticas.
De este
modo, la ciencia romana no era más que una versión limitada y divulgativa de
todo lo que habían conseguido los griegos. Tal y como afirma David C. Lindberg
en Los inicios de la ciencia occidental (p. 183): “ a menudo se ha dicho
que los romanos simplemente no tenían mentes teóricas, aunque después
inmediatamente se añade que compensaban esta deficiencia con talento
administrativo y con la ingeniería”. Debemos tener en cuenta que la
aristocracia romana veía al conocimiento como algo propio del tiempo libre, a
excepción de las materias que eran utilitarias. Por esta misma razón, los
romanos tomaron de los griegos todo aquello que les era útil, mientras
desecharon el resto.
BIBLIOGRAFÍA
Lindberg, D. (2002). Los inicios de la ciencia
occidental, Barcelona: Paidós.
Mason, S. (1984). Historia de las ciencias.
1. La ciencia antigua, la ciencia en Oriente y en la Europa medieval, Madrid:
Alianza.
Serres, M. (1991). Historia de las ciencias,
Madrid: Cátedra.
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